Las jóvenes orquestas y la formación musical de carácter profesional

(Artículo publicado en el nº 118 de ADE, revista de la Asociación de Directores de Escena de España. Madrid, noviembre-diciembre de 2007.
Publicado asimismo en la revista Neuma, de la Escuela de Música de la Universidad de Talca (Chile), 2008)



Mucho ha llovido en el mundo de la música española desde la publicación, el 28 de octubre de 1983 en el “Boletín Oficial del Estado”, de la Orden del día 17 del mismo mes y año, de creación de la Joven Orquesta Nacional de España. Desde entonces se ha desarrollado una red impresionante de auditorios y, lo que es más importante, se han creado un gran número de orquestas sinfónicas que les dan sentido, garantizado la continuidad de la vida musical de los más importantes. Cualquiera que recuerde el páramo sinfónico de este país hasta bien entrada la década de los 80, en que bastaban los dedos de una mano para contar las que verdaderamente eran “audibles”, tendrá a la fuerza que reconocer que el esfuerzo ha sido enorme, como enorme ha sido y es el desembolso económico que permitió su creación y posibilita su sostenimiento.
De este modo, en cuestión de poco más de una década fuimos asistiendo a la creación de un gran número de orquestas profesionales, la mayor parte de ellas sostenidas con fondos públicos, que en la actualidad se dan cita en la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas (AEOS), integrada por 28 formaciones procedentes de casi todas las Comunidades Autónomas: desde las tres que tienen sede en Madrid (Nacional, RTVE, Comunidad de Madrid y Sinfónica) hasta las cuatro andaluzas (Sevilla, Málaga, Córdoba y Granada), pasando por Canarias (Las Palmas y Tenerife), Baleares (Ciutat de Palma), Galicia (La Coruña y Santiago), Euskadi (Bilbao y San Sebastián), Cataluña (Barcelona, Liceo, Cadaqués y El Vallés), Extremadura (Badajoz), Castilla y León (Valladolid), Navarra (Pamplona), Murcia, Valencia (Comunidad y Municipal) y Asturias (Principado y Ciudad de Oviedo).
Todo ello permite que el panorama sinfónico español esté debidamente atendido en la práctica totalidad de las comunidades autónomas, aunque todavía quedan algunas, como Aragón o La Rioja, en la que la actividad orquestal propia sigue siendo una asignatura pendiente. Y a todas las orquestas profesionales citadas se unen en la AEOS, hasta totalizar las 28 citadas, dos más, que suponen el punto de contacto entre la etapa de formación y el mundo profesional de las restantes: la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE) y la Jove Orquestra Nacional de Catalunya (JONC).

La creación de la JONDE y, con ello, el despego generalizado de las jóvenes orquestas, supuso el punto de partida de una nueva forma de entender la formación musical en nuestro país, sumida durante largas décadas en una profunda y aparentemente irresoluble crisis que, si bien ampliamente advertida y denunciada por todos los sectores afectados, no parecía encontrar ni en éstos ni en la administración el camino adecuado para su solución correcta y definitiva.
Como es sabido, la prácticamente nula atención de los poderes públicos hacia la educación musical, tanto amateur como especializada, sostenida durante decenios, se puso en evidencia con la creación generalizada de auditorios y orquestas arriba mencionada, que obligó a importar masivamente instrumentistas extranjeros para paliar por esa vía la escandalosa ineficacia de nuestro sistema de enseñanza para formar profesionales con la necesaria cualificación y en número suficiente.
Dado que los problemas derivados de las escasas soluciones aportadas por el entonces Ministerio de Educación y Ciencia para poner fin a tal estado de cosas eran sufridos directamente por el Ministerio de Cultura, responsable directo de la mayor parte de la vida musical en el Estado anterior al de las autonomías, no es de extrañar que se buscara en el ámbito propio de este último Departamento una solución que, sin interferir en las competencias educativas del primero, sirviera para paliar en lo posible sus múltiples deficiencias.
En ese sentido, la Joven Orquesta Nacional de España fue un a modo de diplomático aviso por parte de los poderes públicos responsables de la cultura, que sirvió para indicar a los de la educación de hacia dónde tenía que apuntar lo que debía alcanzarse en las aulas. Y no fue hasta bastantes años después, ya bien entrada la década de los 90, que el Ministerio de Educación y Ciencia no se decidió a “sanear” la enseñanza musical, regulándola conforme a criterios académicos que habían demostrado ser óptimos tras su aplicación en el resto del mundo, dando un gran impulso a la presencia de la música en la enseñanza general y clarificando el sentido de los centros, quedando a los conservatorios encomendada únicamente la enseñanza profesional.
Por todas esas razones, no es de extrañar que la creación de la Joven Orquesta Nacional de España despertase en los diferentes sectores culturales y educativos un enorme interés, plenamente satisfecho en la presentación pública, unos pocos meses después, del trabajo realizado durante sus primeros encuentros. Si algo estaba claro en aquellos años todavía oscuros, era que aquellos jóvenes que integraban la primera promoción de la orquesta estaban protagonizando una nueva manera de entender la música en nuestro país, a través de una experiencia profesionalizadora de una magnitud desconocida en la penuria musical del momento.

La creación de la JONDE vino marcada, desde sus orígenes, por la finalidad de alcanzar los siguientes objetivos:

a) Fomentar la vocación artística del músico profesional;
b) estimular a los jóvenes españoles que demuestren inclinación por el cultivo de la música; y
c) promover la creación de orquestas similares en toda España.

Casi veinticinco años después los tres objetivos han sido cumplidos con creces, pues a lo indiscutible de los resultados obtenidos en lo que se refiere a los dos primeros se une el hecho de que, en paralelo a la asociación de orquestas profesionales, desarrolla su actividad desde hace unos pocos años la Asociación Española de Jóvenes Orquestas (AEJO), de la que forman parte hasta la fecha, además de JONDE y la JONC, ya citadas como miembros de pleno derecho de aquélla, las orquestas juveniles de Galicia, Murcia, Madrid, Gran Canaria, Tenerife, Comunidad Valenciana, Asturias, Soria, Euskadi, Extremadura y Castilla y León, todas ellas de carácter público, así como una orquesta madrileña enteramente autogestionaria, la Orquesta Sinfónica Iuventas. Otras, como la de Andalucía, no figuran en la relación anterior porque todavía no han dado el paso de darse de alta en la Asociación, si bien viene realizando una intensa labor desde hace bastantes años.
Para conseguir el objetivo profesionalizador de sus integrantes, la práctica totalidad de las jóvenes orquestas sigue un esquema de funcionamiento que puede resumirse en los siguientes puntos:

- Selección rigurosa de candidatos
- Actividad concentrada en encuentros periódicos
- Gira de conciertos al término de cada encuentro
- Grabaciones

Con respecto al primer punto, los requisitos exigidos varían considerablemente de unas orquestas a otras, pues mientras la JONDE selecciona a sus integrantes exclusivamente entre aquellos que realizan o han concluido ya los estudios superiores de su instrumento, y por ello son todos mayores de edad, la mayor parte de las restantes se ocupa no sólo de estos, sino de los de grado medio, contando por esa razón con un gran número de menores que obligan a adoptar algunas medidas de organización apropiadas a esa particularidad.
Por lo que se refiere al segundo punto, la fórmula denominada Encuentro se ha mostrado ideal para el desarrollo de la actividad pedagógica y artística de las jóvenes orquestas, y por ello no es de extrañar que se trate del modelo generalizado en este tipo de agrupaciones. Los encuentros se celebran regularmente coincidiendo con períodos vacacionales, debido a la condición de estudiantes que, en razón de su juventud, mantiene la mayor parte de sus integrantes: Navidad, Semana Santa y verano son, por lo tanto, las épocas más apropiadas para la celebración de los encuentros que, con una extensión variable de entre dos y tres semanas, se articulan en torno a las siguientes fases:

- Primera fase, de unos cuatro o cinco días de duración, consistente en la preparación por secciones del repertorio (que con antelación ha sido remitido a los integrantes para su estudio) bajo la tutela de un equipo de profesores (normalmente uno por cada especialidad orquestal), contando para ello con los mejores especialistas españoles y extranjeros.
- Segunda fase, de duración similar, en la que el director asume los ensayos de conjunto del repertorio programado; y
- Tercera fase, consistente normalmente en una gira de conciertos cuyo número oscila en función de las circunstancias (el promedio es de tres o cuatro conciertos, aunque hay encuentros con uno sólo y otros con cinco o más).

Con respecto a lo anterior, resulta procedente hacer ver que, si bien las fases segunda y tercera son idénticas a la de cualquier orquesta profesional, la presencia de una primera de preparación en ensayos parciales del repertorio es lo que caracteriza a este tipo de orquestas, cuyos integrantes, como es obvio, carecen por el momento de los recursos del músico profesional para montar un repertorio con la rapidez necesaria para ofrecer en cada semana un programa diferente. Es precisamente en esa práctica en la que más se pone el énfasis en las jóvenes orquestas, de modo que quienes hayan pasado por ellas se encuentren, a su llegada al mundo profesional, con gran parte del camino ya recorrido.
También es frecuente que las jóvenes orquestas presten atención a otras figuras profesionales distintas de los instrumentistas. En concreto, son tratados con interés especial los jóvenes directores, que suelen colaborar en calidad de asistentes del director invitado, así como los jóvenes compositores, a los que con frecuencia se brinda una magnífica oportunidad de conocer la sonoridad de la orquesta “desde dentro”, al mismo tiempo que pueden escuchar sus obras interpretadas con un trabajo previo del que raramente podrán disfrutar posteriormente en el mundo profesional, cuyos plazos de preparación e interpretación son forzosamente mucho más cortos.
En cuanto a los objetivos artísticos y pedagógicos, las jóvenes orquestas no deben perder nunca de vista que deben ocupar un espacio pre-profesional, dada la edad de sus integrantes y el nivel de estudios en el que se encuentran, y que dicho espacio debe atender al menos a su formación como instrumentistas en tres aspectos diferentes, pero complementarios:

- El aspecto técnico musical, en todo aquello que se refiere a mejorar el nivel de los instrumentistas no sólo en lo meramente técnico, sino también en cuanto a su formación musical integral. Por eso es muy importante que el trabajo no gire exclusivamente alrededor de la preparación práctica de un repertorio concreto determinado para cada encuentro (cuya envergadura va bastante más allá del que puede atenderse en los conservatorios), sino que se vea complementado por una información analítica, histórica y crítica sobre el mismo, a cargo de un profesorado cualificado (compositores -especialmente en el caso de que se trabajen obras contemporáneas de autores vivos, lo que por otra parte tiene un alto componente didáctico en cuanto a generar interés entre los jóvenes por la creación actual-, musicólogos, etc.).
- La práctica de la música de cámara, porque aunque en principio puede parecer que el objetivo de una joven orquesta es el cultivo del repertorio sinfónico, es necesaria una elevada dosis de práctica camerística para desarrollar, en instrumentistas que por su edad y su nivel instrumental no han podido hacerlo previamente, una conciencia correcta del propio papel dentro de un conjunto.
- El aspecto laboral, es decir, el de poner en contacto al joven instrumentista con aquellas situaciones laborales con las que pueda encontrarse en su vida profesional. Así, si la permanencia de los miembros en una joven orquesta oscila entre dos y tres años, debe planificarse la actividad de tal forma que en ese espacio de tiempo cada participante haya intervenido tanto en la preparación de conciertos sinfónicos convencionales (en agrupaciones de tamaño variable –desde gran orquesta a orquesta clásica-, incluyendo música de cámara y banda sinfónica en sus diferentes formaciones), como en la práctica de orquesta de foso (ópera y ballet), conciertos didácticos, grabaciones discográficas en estudio, grabaciones de bandas sonoras para cine y televisión, etc.

Con esos tres supuestos básicos como punto de partida es posible la determinación posterior de los restantes aspectos organizativos y de programación. En este sentido, es necesario seleccionar cuidadosamente al director musical y al profesorado de cada encuentro, según la especificidad del mismo, así como establecer un repertorio que no sólo sea adecuado al nivel técnico de los integrantes, sino que sea tanto formativo en lo musical como equilibrado en lo estilístico.
Mención aparte merece el repertorio contemporáneo, en el que se procura integrar de forma especial obras de compositores españoles vivos, tanto jóvenes como consagrados, que puedan asistir a las sesiones de trabajo y participar de forma activa en su preparación.

Naturalmente, todas estas actividades formativas son sólo una parte, la que podríamos llamar técnica en un sentido amplio, de las capacidades con que una joven orquesta se propone contribuir al desarrollo musical de sus integrantes. Hay un aspecto más que a los que nos ocupamos de estas agrupaciones nos preocupa de forma principal, por cuanto incide directamente en la fluidez futura de la actividad profesional, tanto en la relación entre los propios intérpretes como entre éstos y su público y los diferentes sectores de la sociedad. Me estoy refiriendo al aspecto que podríamos llamar “ético” del instrumentista, sin el que es imposible dar un sentido completo, global, a su formación, pues ésta debe referirse tanto al intérprete como a la persona, en tanto componente de un entorno social que, en el caso de la música, es indisociable de la actividad profesional.
Las jóvenes orquestas, como núcleo formativo de máxima densidad, constituyen un marco ideal para desarrollar al máximo todas aquellas actitudes positivas que deben inspirar el trabajo musical de conjunto: desde el compañerismo y el sentido de cooperación con los demás, hasta la humildad, el respeto y la receptividad como principios básicos del comportamiento social y vehículos idóneos, por tanto, para alcanzar el alto grado de responsabilidad que debe suponérsele a todo miembro de una agrupación sinfónica o camerística.
Que ello se alcance es posible, en buena medida, gracias al tipo de convivencia estrecha en el que se enmarcan los encuentros. Debe tenerse en cuenta que durante un periodo que oscila entre quince y veinte días, tanto los integrantes de la orquesta como el equipo técnico y artístico, incluido en éste el director invitado y los profesores, desarrollan unas intensas jornadas de trabajo que comienzan a una hora temprana de la mañana y se prolongan, ya de forma lúdica, hasta bien entrada la noche. Para que un tipo de relación tan estrecha funcione correctamente es necesario que todas y cada una de las partes sepan asumir su papel en el conjunto tanto orquestal como humano, lo que obliga a dejar a un lado divismos y arrogancias que, además de ser inútiles, harían imposible la convivencia, tanto artística como social, durante un periodo de aislamiento tan intensivo como prolongado.
Si a todas esas razones, eminentemente formativas, se unen las que se derivan de la propia práctica musical y de la forma periódica en que el trabajo realizado es mostrado públicamente, encontraremos fácilmente la explicación del por qué la fórmula que inspiró en su momento la creación de este tipo de orquestas tuviera y siga teniendo tanto éxito y, lo que es igual de importante, por qué puede ser adaptada a cualquier otra actividad artística en la que tarde o temprano resulte inevitable el contacto entre el mundo académico y el mundo profesional

José Luis Turina
Director artístico de la JONDE y Presidente de la AEJO
Madrid, octubre de 2007