José Luis Turina, compositor, musicólogo y pedagogo

Por José Antonio Llorente

(Entrevista publicada en la revista Escritura pública, mayo-junio de 2020)



“La JONDE, sin decir que es mejor que las orquestas profesionales de primera línea, no tiene nada que envidiarlas”


EL madrileño José Luis Turina, compositor, musicólogo, pedagogo y conferenciante como su abuelo Joaquín –referente del Nacionalismo Musical junto a Falla y Esplá– tras su etapa docente y después de fijar las bases musicales de la Logse, ha dirigido la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE) hasta su reciente jubilación. Hoy emplea el tiempo en componer y ordenar sus creaciones, desde pequeñas piezas de juventud a las de gran formato. Como su ópera D.Q. , estrenada hace 20 años en el Liceu barcelonés en una deslumbrante propuesta de Fura dels Baus.


–Se anota el haber sido quien más tiempo ha estado al frente de la JONDE. ¿Ha disfrutado esta larga etapa?

–Mucho. Me considero afortunado. Ha sido un trabajo muy bonito, en el que he disfrutado con todo lo que he hecho. Aunque no esté diagnosticado, debo de ser bipolar, como en alguna medida, muchos lo somos. Lo digo porque, siendo mi vocación componer, siempre me ha gustado la enseñanza, que es la que me ha dado de comer.

–La JONDE es buena atalaya para otear el momento de las nuevas generaciones de músicos.
–Un observatorio maravilloso, viendo llegar curso tras curso, durante 19 años, alumnos de todos los conservatorios superiores del Estado. Comprobando cuáles funcionan y cuáles no; dónde se responde mejor a los nuevos requisitos de esa enseñanza superior, que hubo que sacar de la nada en que se encontraba y ponerla al nivel de lo que estaba pasando, si no en el resto del mundo, al menos de esa Europa a la que pertenecíamos desde hacía unos cuantos años.

–¿En qué punto la ha dejado?
–Cuando llegué, formaba parte de los tribunales para seleccionar músicos españoles para las dos principales agrupaciones jóvenes de Europa –la Joven Orquesta de la Unión Europea y la Gustav Mahler–, y como mucho participaban dos o tres. Hoy España no es sólo el país donde más participantes acuden para esas audiciones, sino del que más gente hay seleccionada para formar parte de esas dos importantísimas orquestas. Entre la quinta y la cuarta parte de sus integrantes proceden de aquí. El cambio ha sido grande, y prueba que no lo hemos hecho mal del todo. Me ha resultado muy gratificante poder comprobarlo, viéndolo de primera mano en la JONDE que, sin decir que es mejor que las orquestas profesionales de primera línea, no tiene nada que envidiarlas.

–Qué hay en un nombre, escribe Shakespeare. El apellido Turina, ¿imprime carácter?
–Sobre todo si lo llevas como primero. Estoy muy orgulloso de ser nieto de quien soy, y de su apellido, que me ha abierto muchas puertas. Aunque en ocasiones me ha pesado también como una losa. Por la música de mi abuelo, a quien considero un compositor excelente, me estoy partiendo “los cuernos” desde que empecé la carrera musical. A comienzos de los 80 se programó en el Teatro de la Zarzuela su ópera Jardín de Oriente y, al no existir la partitura, me comprometí a rehacerla con los materiales de orquesta que custodiaba la SGAE. Durante tres meses no hice prácticamente otra cosa. Al no contar entonces con ordenadores y programas edición como hoy, tuve que pasar a mano aquel montón de metro y medio de particellas, hasta rematar una partitura de casi 200 páginas. Fue un trabajón impresionante, pero aprendí muchísimo. Desde entonces he estado siempre con algo de mi abuelo entre manos: concluir la orquestación del Poema de una Sanluqueña, del que solo había terminado los dos primeros números; la edición crítica de la Primera Sonata para violín y piano, Española, que descatalogó; de La Oración del Torero tengo algo así como seis versiones para distintos grupos que me las han ido pidiendo… Hace ahora un año Azahar Ensemble presentaba un disco con arreglos míos para quinteto de viento de obras pianísticas suyas, lo que prueba que ser nieto de Turina obliga a ser responsable del apellido.

–Tanto trabajo sobre su legado podría haber viciado su propia obra.
–Creo que no se pueden detectar rastros de mi abuelo en mi escritura. De haber nacido algunos años antes, tal vez. Pero era más difícil con la distancia por medio y la formación adquirida tras pasar por García Abril, Rodolfo Halffter o Bernaola, y de asistir en Italia a las clases de Donatoni. Sin un cambio de estética tan radical, del primer cuarto del siglo XX al último, a lo mejor me hubiera influenciado de forma más directa, pero el cambio estilístico fue enorme.

–Ahora que nadie parece hablar de generaciones o escuelas, ¿se ve integrado en alguna?
–Al llegar muy tarde a la composición no tuve la sensación ni la necesidad de militar en ninguna corriente. Los alumnos de la JONDE tienen entre 18 y 24 años, porque están cursando el grado superior. Empecé a estudiar música con 18. Me matriculé en la Universidad de Filosofía y Letras de Barcelona, donde vivía y, como me gustaba mucho la música, que había descubierto en el coro del instituto, decidí hacerlo simultáneamente en el Conservatorio Municipal de la calle Bruch. A los tres meses había dejado la Filosofía para dedicarme solo a la música, quemando etapas para recuperar el tiempo perdido, porque iba con diez años de retraso respecto a los niños que estudiaban conmigo. Cada año fui haciendo dos cursos, presentándome en junio como oficial y en septiembre como libre. Liquidé el solfeo en dos años y también la armonía. Terminé los estudios de composición más o menos con la misma edad de mis compañeros del Conservatorio de Madrid, como José Ramón Encinar, Paco Guerrero o Alfredo Aracil, que llevaban mucho tiempo componiendo. Yo, que empecé a escribir música con 28 ó 29 años, no me sentía de su generación, aunque fuéramos coetáneos.

–Y tampoco de la de los más jóvenes, que empezaban a componer con 20 ó 21, cuando usted tenía 30…
–… por eso siempre me he sentido como una especie de lobo estepario, que no estaba ni en un sitio ni en otro, yendo siempre por libre. Eso unido a que pronto tuve un trabajo con sueldo fijo todos los meses, me permitía componer lo que quisiera sin tenerme que vincular a nadie. Lo mismo que mi padre, un magnífico pintor que, habiendo pasado por una inimaginable variedad de estilos dominados a la perfección, al tener que mantener a una mujer y cinco hijos, no se preocupó de su pintura, convencido de que no iba a poder vivir de ella. Haber tenido la vida resuelta de funcionario nos ha liberado de la servidumbre de estar pendientes de vender cuadros él y yo de componer por encargo. La diferencia es que yo sí me he movido para que mi música suene.

–¿Cómo reacciona ante los encargos? ¿Alguno le ha dado más satisfacciones?
–Muchos. D.Q. , por supuesto, fue el más importante y, por su trascendencia, el Concierto para violín. Pero otros dos –uno escénico y otro semiescénico– me hicieron ilusión especial: La raya en el agua, que en 1996 inauguró la Sala Fernando de Rojas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y me valió el Premio Nacional de Música. El otro fue el encargo de la Orcam en 2008 para un Concierto-proyección en el Teatro de la Zarzuela, y escribí Tour de Manivelle, para cinco cortometrajes del cineasta español de comienzos del siglo XX Segundo de Chomón. Con esos dos encargos he disfrutado muchísimo.

–El compositor francés Henry Dutilleux destacó de usted el gusto por el trabajo bien hecho. Tomás Marco, su punto artesanal, ¿es creador de parto lento?
–¡Hombre, claro! No trabajo excesivamente deprisa, porque no puedo dedicarle diariamente más de hora y media o dos a lo que es componer propiamente dicho. La concentración es tan grande que al final la pierdo y tengo que dejarlo para el día siguiente. El resto de mis horas útiles de la jornada se las dedico a otras cosas relacionadas con mi profesión, como copiar música, revisar partituras anteriores o actualizar mi página web. A pesar de eso, una obra de, por ejemplo, doce minutos, según para qué esté escrita –dúo, trío, cuarteto– puedo tardar en tenerla entre mes y mes y medio. Únicamente me vi obligado a romper ese ritmo y trabajar hasta ocho horas diarias, creativamente hablando, con la ópera D.Q., al tenerme que coordinar con el libretista. Fue la única vez. Trabajamos contra reloj durante dos años, porque había que llegar como fuera. No me pude permitir vacaciones, fines de semana ni nada. Lo recuerdo como una larga temporada agotadora. Al final salió mucho mejor de lo que esperaba. Se recibió de manera muy irregular, pero fue una gran experiencia.

–En los tiempos difíciles, en palabras de Bertold Brecht, se cantará sobre los tiempos difíciles. Un momento como el que ahora marca la pandemia, ¿puede ser inspirador, creativo?
–Creo que sí. Las dificultades estimulan. Y un momento tan terrible como este puede ser fuente de expresión artística muy enriquecedora. En mi caso concreto, como el de cualquiera que desarrolla la mayor parte del trabajo en la soledad de su casa, su estudio o su despacho, esto no me perturba especialmente desde ese punto de vista porque, de cualquier manera, para componer debo estar recluido. Ahora bien: una cosa es decidirlo voluntariamente y otra verte confinado obligatoriamente.

–¿Ha escrito algo en estos días?
–En las primeras semanas terminé una obra, que había empezado a comienzos de marzo. Me la había pedido Concerto Málaga a través del maestro Serebrier para un CD en homenaje a Manuel de Falla. Como no imponían que la música tuviera que ver con él, la he relacionado más bien con García Lorca. Se titula Dos sonetos del amor oscuro. Y a continuación, hablando de mi abuelo, mi ultimísima obra, todavía caliente, de la que estoy sacando el material, es un arreglo para grupo de cámara pequeño del segundo movimiento de su Sinfonía sevillana para un programa en relación con el Guadalquivir, cuyo estreno está previsto para octubre en Santander.


Dónde encontrarle

Más allá del recogimiento que reclama su trabajo, siguiendo el punto de inspiración que la Naturaleza proporcionó en la pintura a su padre y alimentó el amor por la fotografía de su abuelo, si el tiempo invita, y la situación lo permite, a José Luis Turina podríamos encontrarle en algún parque de Madrid, tomando apuntes en un cuaderno, que se convertirán en notas sobre el papel pautado y que, concluyendo el proceso, engrosarán el corpus de su obra, disponible en www.joseluisturina.com.