Prólogo al libro Tecleando. Reflexiones sobre el mundo del piano y del conservatorio

Publicado por la Editorial Boileau (Barcelona). Marzo de 2020


En junio de 1982 el recién creado Conservatorio de Cuenca convocó la primera edición (se celebraron dos) de un Curso Internacional de Música para Jóvenes Intérpretes, de tres semanas de duración, que en aquel momento suponía una alternativa a los de Música en Compostela y Manuel de Falla de Granada, prácticamente los únicos cursos musicales de verano que tenían lugar en España desde su creación en 1958 y 1970 respectivamente.
El curso de Cuenca despertó enorme interés entre los jóvenes intérpretes, debido tanto a su novedad como al alto nivel de su profesorado. Los nombres de Gonçal Comellas (violín), Rafael Ramos (violoncello), Linda Wetherill (flauta) o Bruno Pizzamiglio (oboe) atrajeron a los entonces jovencísimos Santiago de la Riva, Angel Luis Quintana, Juana Guillem o Jesús Fuster, entre muchos otros, por citar sólo algunos nombres de los alumnos del Curso que en la actualidad ocupan puestos muy destacados en la pedagogía y en la interpretación en nuestro país. Y entre ese excelente plantel de enseñanzas no podía faltar la del piano, encomendada a Maria Curcio, de cuyo magisterio se benefició, entre muchos otros, Albert Nieto.
En esos años yo desempeñaba el puesto de profesor y secretario del Conservatorio de Cuenca, y por tanto me tocó asumir una parte destacada de la organización de los cursos de verano de 1982 y 1983 (1). De esos años, por tanto, data mi conocimiento, primero, y mi amistad, después, con Albert, fraguada a través de casi cuarenta años de buen entendimiento profesional, en el que cabe incluir varias colaboraciones de muy distinta índole.
La primera tuvo lugar en 1986, cuando Albert –ya profesor en el Conservatorio Superior de Música de Vitoria-Gasteiz- me pidió que escribiera una obra breve para piano con vistas a un programa de estrenos de diversos compositores españoles en conmemoración del Año Internacional de la Paz. De esa primera colaboración surgió Amb “P” de Pau, que fue estrenada en el Teatro Arriaga de Bilbao en octubre de 1987, grabada en 1988 –junto con las demás obras encargadas– en el LP “Música por la Paz”, y algunos años después, en 1995, incluida en el CD “El Piano Actual”. Tanto el encargo como el LP y el CD constituyen una declaración de principios de la posición de Albert Nieto ante la creación musical contemporánea en general, y la compuesta para el piano en particular.
La última es muy reciente, hasta el punto de que el estreno de la obra a que dio lugar se ha producido coincidiendo con la redacción de este prólogo, lo que le da al mismo una dimensión de proximidad que le hace especialmente sugestivo. Se trata de Salomé, cáliz vacío, para soprano y piano, compuesta en 2016 sobre textos de Delmira Agustini y Oscar Wilde, y fragmentos de “Salomé” de Richard Strauss, para una propuesta singular que sólo a él podía habérsele ocurrido: la de construir un espectáculo para soprano y piano en la que ambos intérpretes, además de cantar y tocar, interactuasen como actriz y actor al servicio de tres obras nuevas, centradas cada una de ellas en un personaje femenino (Carmen, en el caso de David del Puerto, y Amalia Rodrigues, en el de Fernando Lázaro), todo ello bajo el denominador común de “Tres pasiones de mujer”. Es decir, que treinta años después me volví a encontrar con Albert en una renovada declaración de aquellos principios que le movieron a pedirme Amb “P” de Pau; sólo que esta vez la propuesta era no sólo de mayor envergadura, sino de un riesgo escénico, literario y musical absoluto. Cosas de la edad, cuando detrás hay un espíritu inquieto e innovador (“pesquisidor”, que diría Montsalvatge) a quien lo trillado simplemente le aburre.
Con esos antecedentes es fácil deducir hasta qué punto resulta fácil para un compositor entenderse con un intérprete como Albert Nieto. El libro al que estas líneas sirven de prólogo da buena cuenta de esas inquietudes, y de muchas más que enseguida comentaré. Pero me interesa sobre todo poner el énfasis en el pianista que va más allá de lo que la riquísima literatura de su instrumento le ofrece, siendo él el que busca al compositor para inyectarle con el aguijón de su inconformismo el veneno de una creatividad a la que es prácticamente imposible sustraerse. Porque Albert es, en ese sentido, una rara avis, un “mirlo blanco” que, lejos de dar por sentado que todo está ya más que escrito y que para qué ir más allá, cree firmemente en el tiempo que le ha tocado vivir, con sus ventajas y sus inconvenientes, con sus logros y sus contradicciones, y por tanto pone a su disposición todo su talento como intérprete y su generosidad como persona, intentando que la línea del horizonte esté, si no más lejos, al menos a la misma distancia a la que la desea mantener. (2)
¿Cómo, si no, explicarse un curriculum vitae como el suyo, en que resulta abrumadora la cantidad de facetas a las que ha prestado su atención a lo largo de su extensa vida profesional? Los que conocemos a Albert admiramos de él su talento como intérprete (del que da testimonio una quincena de CDs, que abordan tanto primeras grabaciones mundiales de muchas de las obras recogidas en ellos, como una solvente versión de Iberia de Albéniz, muy alabada por la crítica), pero no podemos dejar de asombrarnos ante su intensa actividad pedagógica (3), así como ante su importante legado en forma de libros y artículos dedicados a diferentes cuestiones relacionadas tanto con la técnica de su instrumento (4) como con aspectos puramente pedagógicos de su enseñanza (5). Todo ello sin olvidar su trabajo de investigación sobre la importancia de la comunicación del intérprete y de otras tendencias actuales de la música clásica, como lo prueba su extenso e interesantísimo estudio titulado El gesto expresivo del músico; y sin infravalorar tampoco su interés por la divulgación musical a través de conferencias y de programas radiofónicos. ¿Hace falta más? (¡Ah, sí! ¡Se me olvidaba! Ahí queda nada menos que su edición crítica de la Suite Iberia de Albéniz, en cuyos tres volúmenes el estudioso de esta magna obra puede encontrar las partituras digitadas, pedalizadas y con señalizaciones formales y de memorización, además de comentarios generales, didácticos (digitación, pedalización, ataques) y analíticos (formales, armónicos y de memorización)…
Pues bien, Tecleando viene a sumarse a todo ello, pero con la particularidad de que por primera vez en su larga trayectoria Albert Nieto nos ofrece en un único volumen un conjunto de textos que abordan aspectos distintos –y no siempre complementarios– de la técnica pianística, la interpretación, el análisis –estupendo el dedicado al estudio Revolucionario de Chopin–, la enseñanza –de la música en general, y del piano en particular–, la necesidad de la presencia en ésta de la música contemporánea –recogiendo en su apoyo importantes opiniones al respecto de Alberto Rosado, Ricardo Descalzo, Gustavo Díaz-Jerez, entre otros colegas suyos–, los conservatorios y sus peculiaridades… en una miscelánea de estudios y reflexiones que abarcan los tres primeros capítulos del libro. Éste se complementa con dos secciones finales, en las que en primer lugar se rinde homenaje de admiración y cariño, a partes iguales, a diversas personalidades de la música (pianistas, compositores y profesores) que han contribuido de manera importante a configurar su formación como músico y como persona, y después a los alumnos del propio Albert en los que mejor se reconoce como profesor y a los que ha transmitido el legado heredado de sus maestros, garantizando de ese modo la pervivencia de sus conocimientos y –sobre todo– su actitud hacia la música.

La mejor manera de cerrar este prólogo es citando al propio Albert Nieto, de modo que sean sus palabras las que sirvan de transición entre las mías y la lectura del libro al que sirven de prefacio. La cita no es otra que la declaración de principios con la que se abre su página web (albertnieto.com):

Es una gran suerte que pueda desarrollar mis inquietudes y sentir que aporto algo a la sociedad. Mis anhelos se centran en la interpretación, la pedagogía, la investigación y la divulgación musical, y es muy gratificante poderlas compartir con los demás.


José Luis Turina
Madrid, octubre de 2018


(1) Aunque soy consciente de que no es nada habitual insertar en un prólogo como éste notas al pie de página, me parece oportuno advertir al lector que el incidente a que se refiere Albert Nieto en su homenaje a Maria Curcio en la sección “Mis Homenajes” de este libro no fue provocado por mí, sino por el director del curso, a quien yo ayudaba en las labores de organización.
(2) ¿Es una casualidad que naciera un cinco de febrero al igual que lo hiciera 80 años antes el pianista catalán Ricard Viñes, con el que comparte las virtudes antes descritas?
(3) Como catedrático y profesor de Piano en los conservatorios de Vitoria-Gasteiz, Murcia, Alicante, Castellón y Albacete, e incluyendo en esta vertiente los numerosos cursos impartidos de cara a la formación docente de profesores, alumnos y opositores, así como sus distintas labores en la gestión y organización en los diferentes centros en los que ha trabajado: de director a jefe de departamento del Conservatorio de Vitoria-Gasteiz, pasando por asesor y organizador de cursos y ciclos de conciertos (EPTA, Aula de Música de la Universidad de Alcalá de Henares, entre otras instituciones).
(4) Como La digitación pianística (1988), o El pedal de resonancia: el alma del piano (2001).
(5) Como La clase colectiva de piano: ideas de actividades (2003), o Estrategias para el buen funcionamiento de un Departamento (de tecla) (2000).