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Capilla superior y cripta del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz




Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz

Para Cuarteto de cuerda


Comentario
Grabación
Críticas y noticias en prensa
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Comentario


Ante la propuesta de la Fundacion Caja Madrid de componer un cuarteto de cuerda con el título obligado de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz para ser estrenado en la Iglesia de la Santa Cueva de Cádiz, lo mejor era, a mi modo de ver, no perder en ningún momento de vista la referencia a la obra de Haydn que da origen a este encargo tan curiosamente planteado.

Franz Joseph Haydn (1732-1806)
Retrato pintado por Thomas Hardy en 1792

Claro que la referencia es indirecta -no se encontrará en mi cuarteto ni la más pequeña cita, ni el más mínimo guiño estilístico al cuarteto original- pero no por eso la obra de Haydn deja de estar presente, si bien desde un punto de vista más conceptual, de pretexto si se quiere, que formal o constructivo. De ese modo, el vínculo con el que me interesó trabajar no estaba en los temas, ni en las armonías, ni en el carácter de las diferentes piezas de Haydn que integran la obra, sin en su sucesión tonal, que para la mejor comprensión de este nuevo cuarteto bueno será recordar aquí.

Haydn: fragmento del borrador de Las siete
últimas palabras de Jesucristo en la Cruz
(1787)

El cuarteto de Haydn consta, como se recordará, de una sucesión de siete movimientos -uno por palabra- precedidos de una Introduzione y rematados por un Terremoto. Excluidos éstos, las palabras se suceden en el orden tradicional, de acuerdo con el siguiente plan tonal:

I. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Si b Mayor)
II. En verdad te digo: esta noche estarás conmigo en el Paraíso (Do menor)
III. Mujer, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a tu madre (Mi Mayor)
IV. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Fa menor)
V. Tengo sed (La Mayor)
VI. Todo está consumado (Sol menor)
VII. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Mi b Mayor)

Haciendo abstracción de los aspector modales, las siete tonalidades pueden ser puestas en línea de escala a partir de cualquiera de sus notas, al ser todas ellas diferentes y permitir, por tanto, una sucesión de siete grados correlativos. A mí me interesó especialmente partir de la nota Mi, lo que da por resultado la siguiente escala: Mi-Fa-Sol-La-Sib-Do-Re#(=Mib). De esta manera se obtiene una sucesión muy parecida al antiguo modo locrio o modo de Si (Si-Do-Re-Mi-Fa-Sol-La), con la variante de que el séptimo grado de la escala resultaría aquí elevado. Por otra parte, y a diferencia de los restantes, el modo locrio cayó pronto en desuso debido a la ausencia de un V grado situado a distancia de 5ª justa de la tónica -lo que resulta fundamental en la evolución de la modalidad y la tonalidad posterior-. En el caso del locrio, la 5ª disminuida entre ambos grados confiere a este modo su carácter ultrasombrío, muy apto en este caso para el carácter de una música que trata de evocar la agonía y la muerte de Jesús.
Transportada esa escala a la nota Do (lo que aconsejaban razones de conveniencia de escritura para el cuarteto de cuerda), el resultado es: Do-Reb-Mib-Fa-Solb-Lab-Si. A partir de esta escala se rige melódica y armónicamente mi cuarteto, cuya estructura sigue a partir de aquí otros dos pasos fundamentales:

1) En primer lugar, la reordenación de las siete palabras, buscando una gradación desde la más sombría a la más luminosa, asumiendo lo que ello pueda tener de subjetivo. De este modo, la sucesión de los siete movimientos -uno por palabra- sigue en mi cuarteto el orden siguiente -especificándose en cada caso la nota que, como en en el cuarteto de Haydn, sirve de centro tonal, transportada a su vez al grado correspondiente de la nueva escala de Do-:

I. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Si)
II. Todo está consumado (Mib)
III. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Reb)
IV. Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Solb)
V. Tengo sed (Fa)
VI. Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre (Do)
VII. En verdad te digo: esta noche estarás conmigo en el Paraíso (Lab)

Las tonalidades así ordenadas dan por resultado la siguiente sucesión: Si-Mib-Reb-Solb-Fa-Do-Lab, que, por su tratamiento posterior, constituye una verdadera serie, sin que ello comporte tratamiento dodecafónico alguno.

2) El establecimiento para cada palabra de dos planos de realización, uno al que podríamos llamar principal, que en la primera palabra está integrado por una única nota (Si), en la segunda por dos (Mib-Reb), en la tercera por tres (Reb-Sol-Fa), y así sucesivamente, siguiendo siempre un orden correlativo y comenzando por el centro tonal que en cada caso corresponde. El segundo, secundario si se quiere, pero lejos de constituir un mero "acompañamiento", lo integran en cada caso los restantes sonidos que no forman parte del plano principal (once en la primera palabra; diez en la segunda; nueve en la tercera, etc.).

El carácter de los diferentes movimientos así ordenados intenta suministrar contraste y variedad al conjunto de la obra, cuyo tercer movimiento (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) es una reelaboración más o menos rigurosa del material de mi primer cuarteto de cuerda, que con título equivalente (Lama sabacthani?) fue compuesto en Roma en 1980, a petición de Radio Nacional de España para sus entonces tradicionales encargos de Semana Santa.



Programa del estreno de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz (30 de octubre de 2004)


Compuesto en el invierno de 2004 entre Madrid, León, Mollina (Málaga) y La Coruña, el cuarteto de cuerda Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz está dedicado a Antonio Moral, siendo estrenado por el Brodsky Quartet en el Oratorio de La Santa Cueva de Cádiz el 30 de octubre de 2004, dentro del Festival "Haydn en Cádiz".

Saludando al Cuarteto Brodsky tras el estreno (Cádiz, 30 de octubre de 2004)



Grabación


Grabación: Brodsky Quartet
I. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Primera página del primer movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



II. Todo está consumado

Primera página del segundo movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



III. Dios mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?

Primera página del tercer movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



IV. Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen

Primera página del cuarto movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



V. Tengo sed

Primera página del quinto movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



VI. Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre

Primera página del sexto movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



VII. Yo te aseguro, hoy estarás conmigo en el Paraíso

Primera página del séptimo movimiento de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz



Críticas y noticias en prensa



Turina estrena en Cádiz sus "siete últimas palabras"
Por M. Muñoz Fossati
(Artículo publicado con motivo del estreno de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz, en el Diario de Cádiz. Cádiz, 30 de octubre de 2004)

Define José Luis Turina (Madrid, 1952) su última obra como un "espectáculo escénico-musical", sin caer en la tentación de etiquetarlo como ópera de cámara o algo por el estilo. Desde el título La raya en el agua se destaca el carácter efímero de la propuesta, y desde las intenciones -fusionar música, teatro, danza e imagen- se busca un espacio de culto, de espectáculo de variedades, si se quiere, donde los diferentes elementos puestos en juego conviven entre sí pero no se someten unos a otros.
La apuesta tiene sus riesgos, claro, y a veces desconcierta. Tiene sus altibajos, cómo no, pero mantiene la tensión recurriendo a la sorpresa o a la inteligencia. Y tiene, llenando hasta el último poro, una música extraordinaria que envuelve, gratifica y conmueve.
No pierde Turina en ningún momento el punto de vista del espectáculo. La música, la escena y hasta el propio recinto teatral se interrelacionan en un juego de complicidades, la generosidad de Turina es evidente en esta aventura compartida.
La contemporaneidad está en la organización de sus hallazgos y en la invitación a la fiesta a otras músicas -rituales, populares, de jazz- y a otros campos creativos -una lástima la supresión de los aspectos videográficos y escultóricos del proyecto original, por limitaciones de presupuesto-.
Con todo lo enumerado anteriormente, el espectáculo resulta más convincente cuando el lado interpretativo está mejor resuelto, y es susceptible de retoques dada la propia distribución en escenas independientes.
La variedad y el contraste están en la médula del carácter de entretenimiento lúcido que posee en primer plano La raya en el agua. Poco tienen que ver entre sí pero, sin embargo, contribuyen a la personalidad y ritmo de la obra números tan excelentes como el original trío Dubles para flauta subcontrabajo, flautín y bidones; la divertida e irónica Danza del Real Decreto con un inspirado José Luis Santos como actor; o la sugestiva pieza para sopranista, saxo y conjunto instrumental He was waiting for me to leave con unos magníficos Pedro Iturralde y Flavio Oliver como solistas.
José Luis Temes dirige a un Grupo Círculo reforzado con una buena dosis de seriedad, buen pulso y efusividad. Al coro Magerit la obra le sobrepasa en ocasiones, los bailarines cumplen pero no siempre están a la altura comunicativa de la música (en el Pas de deux II la coreografía quedó un tanto reiterativa), y la puesta en escena de José Luis Raymond es desigual aunque algunas escenas están rebosantes de inventiva.
La raya en el agua es, en cualquier caso, un espectáculo tan vivo como fresco e imaginativo. En el equilibrio global tal vez se echa de menos un mayor protagonismo de la música, pero la que está es formidable de principio a fin.
Cristóbal Halffter, Luis de Pablo, García Abril, Tomás Marco, Mauricio Sotelo, Llorenç Barber, Fernández Guerra y un largo etcétera de compositores de las tendencias más variadas y diversas acudieron al estreno con el que el madrileño Círculo de Bellas Artes recuperó, tras seis años de cierre y uno de obras, la antigua sala Fernando de Rojas, autor al que Turina homenajea también en La raya en el agua.



Un estreno a la altura del sacro escenario
Por Fátima Vila
(Artículo publicado en el diario La Voz de Cádiz. Cádiz, 31 de octubre de 2004)

La Santa Cueva acogió anoche el II Ciclo de Música y Patrimonio con Haydn y Turina como protagonistas

Uno de los templos que mayores tesoros, visibles e intangibles, encierra en Cádiz fue escenario, en la noche de ayer, de un estreno a la altura de la historia que acumulan sus paredes.
La Santa Cueva acogió, desde las ocho de la noche y durante casi dos horas, el II Ciclo de Música y Patrimonio que respalda Caja Madrid.
La convocatoria tenía como centro de atención el estreno mundial de la obra de José Luis Turina sobre la temática Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz, una adaptación de la obra del inmortal genio austríaco Joseph Haydn, que pasó por el pequeño y riquísimo templo de la calle Rosario, como otros creadores de la talla de Francisco de Goya y Lucientes.
La expectación creada estuvo, igualmente, a la altura del marco. Pese al pequeño aforo del recinto sacro, que apenas es capaz para 200 espectadores, el lleno fue absoluto. Dio la sensación de que había más público del que cabía.
Los máximos responsables de la Iglesia Católica en Cádiz y los delegados del patrocinador, Caja Madrid, hicieron de anfitriones para el centenar largo de melómanos gaditanos que tuvieron la fortuna de poder acceder al interior de la Santa Cueva.
El escenario que un día inspiró al compositor austriaco recuperó anoche lo mejor de su tradición musical gracias a la magia del Cuarteto Brodsky, encargado de interpretar la adaptación de Turina con el prestigio de sus virtuosos de la cuerda.
Andrew Haveron (primer violín), Ian Belkton (segundo violín), Paul Cassidy (viola) y Jacqueline Thomas (violonchelo) conformaron la formación que presentó uno de los conjuntos más respetados del mundo en su especialidad.
El hecho de que cuente en su currículo con el Premio de la Royal Philharmonic Society de 1998 habla por sí mismo de la capacidad de un grupo que fue capaz de concitar el interés de los aficionados, junto al estreno mundial de la obra.
El repertorio del Cuarteto Brodsky incluyó, además, las piezas Cuarteto en fa mayor op. 77 nº 1 y Cuarteto en sol mayor op. 77 nº 2 de Haydn.

Destacado compositor
La revisión de la partitura estrenada anoche ha corrido a cargo del nieto del compositor sevillano Joaquín Turina, José Luis, que recibió este encargo como reconocimiento a su brillante trayectoria artística.
José Luis Turina es director de la Joven Orquesta Nacional de España desde 2001 y Premio Nacional de Música en 1996.
La comunión entre el autor sevillano, autor de la obra estrenada, y Haydn es absoluta: "Es uno de mis músicos venerados. Considero que es la figura clásica más importante. Él consagra la forma sonata, inventa la sinfonía moderna… Hay muchos elementos que la cultura musical occidental debe directamente a él", aseguraba Turina el pasado jueves.
Ayer, sus caminos se cruzaron en uno de los mejores lugares posibles para la música: la Santa Cueva de Cádiz.



Palabras de maestro
Por Luis Suñén
(Crítica publicada en el diario El País. Madrid, 1 de noviembre de 2004)

Hay lugares que casan a la perfección con ciertas músicas y uno en Cádiz, hasta hace poco bien secreto, que tiene que ver con la de Haydn. Se trata de la Santa Cueva, fundación de finales del XVIII para caballeros disciplinantes que atesora tres cuadros de Goya como tres soles y que tuvo a bien encargarle en su día al músico austrohúngaro Las siete palabras. Cosas de ese Cádiz liberal, clásico y romántico, religioso e ilustrado en el caso de estos señores, tan suyo y tan abierto, capaz de encerrar en su hermosura estas sorpresas.
Dentro de su ciclo Música y Patrimonio, la Fundación Caja Madrid ha tenido la buena idea de recordar el hecho con otro encargo, algo más de dos siglos después, para ser estrenado en el mismo sitio y con el mismo título haydiano, que completo es: Las siete últimas palabras de Jesucristo en la cruz. La elección de un autor como José Luis Turina (1952) hacía pensar en el acierto de la empresa, pero los resultados han superado cualquier augurio por optimista, y con razón que pudiera ser. Lo que hace el músico madrileño es, de entrada, emocionar con una escritura que nace de la inteligencia, del dominio y de esa admirable facultad que posee para lo que llamamos comunicación.

Belleza sorprendente
El orden de las siete palabras no coincide con el relato evangélico ni, por tanto, con el del modelo -que no es tal- haydiano, y Turina sigue más una narratividad, digamos, anímica, se entrega a la sucesión de cada episodio comenzando por el final -la muerte- para llegar a la promesa del paraíso al buen ladrón -la esperanza. Hay como un juego tonal bien consciente que funcionara como una sucesión ordenada de encuadres que gradúan la luz, que matizan los colores.
Y el resultado es de una belleza sorprendente, acongojante, que atrapa al oyente desde el primer compás y que recuerda la desolación elegante y serena del Cuarteto nº 3 de Britten. Lo que Turina aparentemente relata es, en realidad, una reflexión cuyo carácter de música pura la salva para siempre, como ocurre en toda gran música religiosa, y ésta lo es de cabo a rabo.
La buena suerte de la música española en sus últimos estrenos cuartetísticos siguió con Turina. Si a Rueda lo estrenó el Arditti y a Sotelo el Artemis, a él le ha puesto en atriles su nueva obra el Brodsky, un cuarteto que sigue siendo muy sabio -Paul Cassidy y Jacqueline Thomas son como de la familia para cualquier aficionado- y que goza ahora de un primer violín -Ian Belton- con el que cruzar tranquilos cualquier mar proceloso. Y como complemento, dos cuartetos del señor Haydn absolutamente prodigiosos: los del Op. 77. Los hicieron tan bien los del Brodsky que, al final, tras dos propinas fallezcas, se les aplaudió por tangos, lo que en Cádiz ya tiene tela.



Nuevas siete palabras
Por Ricardo Olivera Avezuela
(Crítica publicada en el diario La Voz de Cádiz. Cádiz, 1 de noviembre de 2004)

Las cuerdas del cuarteto Brodsky y el estreno de Turina marcan una velada inolvidable para los melómanos gaditanos.

Por muchas razones, el concierto que el sábado se celebró en la Santa Cueva probablemente pasará a la historia: a la historia local, al menos, lo que no es poco tratándose de Cádiz. Antes de seguir adelante, permítanme que les manifieste mi apasionada declaración de rendido amor al cuarteto de cuerda. Desde hace muchos años, uno es muy aficionado a la música en general, la ama e intenta comprenderla lo más íntimamente posible, pero sucede que el cuarteto de cuerda le puede, le conmueve y le produce un torrente de emociones y sentimientos que van mucho más allá.
En primer lugar, la presencia y la música del Cuarteto Brodsky, una de las más importantes agrupaciones del panorama actual y desde su formación hace más de treinta años. Ian Belton y Andrew Haveron (violines), Paul Cassidy (viola) y Jacqueline Thomas (violonchelo) constituyen un conjunto con todas las características y virtudes que debe tener un cuarteto: instrumentistas muy solventes, con personalidades individuales definidas, capaces de interpretar composiciones en las que cada uno de los instrumentos es tratado con dignidad y posibilidades equiparables, pero capaces también de hacer un todo único e indivisible con esos mimbres aparentemente dispersos. Todo eso, en sus categorías más sobresalientes, lo tiene el Brodsky.
En segundo lugar los dos cuartetos de la Op. 77 de Haydn, un compositor ya casi tan gaditano como Falla. Las obras, últimas de este formato salidas de la mano del compositor son, sin duda, la cima de sus composiciones cuartetísticas, lo que equivale casi a decir la cima absoluta del género. Obras revolucionarias, contemporáneas, pero mucho más avanzadas, que los primeros de Beethoven (el Op. 18), fueron interpretadas con una frescura llena de adecuación sonora y expresiva, equilibrio entre las partes, llenas de matices y detalles, con, en definitiva, un sonido de bellísimo empaste.
Dejo para el tercer lugar el hecho más importante de la velada: el estreno absoluto de Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz, obra compuesta por José Luis Turina por encargo de la Fundación Caja de Madrid. Interesante planteamiento: una obra de encargo que, de alguna manera, tiene bastante relación con otra obra de encargo doscientos años más antigua.
Pero ésa es toda la coincidencia, no hay prácticamente ninguna otra. La obra de Haydn subrayaba un sermón y debía contribuir a su severa puesta en escena. La de Turina, el hecho real e histórico de los últimos momentos de la vida de Cristo; ahí, y en los más de doscientos años transcurridos, radican sus diferencias.
La composición que nos ocupa -que adopta un orden de las siete frases nada convencional- es rabiosamente contemporánea sin dejar de ser profundamente tonal y, si se me permite, cuartetística. Haciendo uso de todos cuantos recursos sonoros puedan tener los instrumentos, me parece que presenciamos la resignación, la desolación, la rebeldía, la incomprensión, la serena entrega en el final, la mirada misericordiosa cargada de amor.
Un prodigio de obra con momentos extraordinariamente emocionantes. Cargada de dificultades técnicas y de exigencias individuales y de grupo, el Brodsky hizo de ella una auténtica creación que la austera belleza del marco hizo especialmente emocionante. Uno no puede evitar pensar en esta música como score musical de una película en la línea de Pasolini.
El público entregado, fervoroso y emocionado aplaudió a rabiar, correspondiendo los artistas con versiones propias, respetuosas y muy adecuadas a la época, de dos de las Siete Canciones Populares Españolas de nuestro Falla que fueron recibidas con la misma unción, con la emoción a flor de piel, con que fueron interpretadas todas las obras.



Un programa de lujo en la Santa Cueva
Por Juan A. Castañeda
(Crítica publicada en el Diario de Cádiz. Cádiz, 1 de noviembre de 2004)


El programa del sábado pasado en la Santa Cueva resultó interesante por varias razones: por las obras de Haydn que se incluían en él, por confiársele al Cuarteto Brodsky la interpretación de ellas, y porque se estrenaba una versión de Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz de José L. Turina, uno de los músicos pertenecientes al grupo que siguió, allá por los sesenta, al anterior que formaban en Madrid Ramón Barce, Cristóbal Halffter, Tomás Marco, Luis de Pablo y Carmelo Bernaola, entre otros.
Explica Turina, y lo justifica en el programa de mano, el planteamiento seguido para configurar la paleta tonal de la que se sirve a la hora de componer la obra. Partiendo de siete tonalidades distintas -una por palabra- y ordenándolas de una determinada manera, tras una transposición a Do, una sucesión tal Do-Reb-Mib-Fa-Solb-Lab-Si, con los semitonos situados, como se ve, de la primera a la segunda nota y de la cuarta a la quinta. Las notas de esta sucesión establecen -que ahí es donde queríamos ir a parar- las tonalidades de cada una de las siete palabras de la partitura. Turina advierte que el sistema utilizado, pese a la serie que de ello resulta, no supone ni comporta tratamiento dodecafónico posterior.
Las siete palabras…, por su función de meditaciones para separar las distintas partes de las exhortaciones del sermón del Viernes Santo, y el carácter lento de casi todos sus fragmentos, limita el juego de los contrastes sin alcanzar la estructuración dramática propia de Haydn en sus mejores oratorios. ¿Lo consiguió José L. Turina? Desde luego no faltó en su versión unción religiosa en algunas de las palabras, pero también hubo muchos momentos carentes de expresividad, echándose en falta una mayor adecuación entre las distintas palabras y la música que las ilustran, y ello a pesar del buen trabajo del Cuarteto Brodsky.
Ian Belton, Andrew Haveron, Paul Cassidy y Jacqueline Thomas mostraron su altísima calidad. Ni un pero podría poner el critico mas pejiguero a la lectura que hicieron de los dos cuartetos del Op. 77 de Haydn. La concepción unitaria de esas dos obras se realizó plenamente en un discurso flexible y expresivo. La del sábado fue una velada de lujo, una lección y un punto excepcional en el discurrir de la música en Cádiz. Dos obras de Falla, la Nana de las Siete canciones populares, y la Canción del amor dolido de El amor brujo, un poco a la zíngara, pusieron rúbrica al concierto.



La pureza expresiva del cuarteto clásico en la Semana
Por Pedro Mombiedro
(Crítica publicada en el diario El Día. Cuenca, 20 de marzo de 2005)

[…]
En segundo lugar la obra de José Luis Turina "Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz", que teniendo en la homónima de Haydn la inspiración, tiene en L. Beethoven y en la tradición occidental sus cimientos. Influencia que está en la evolución tonal, en el virtuosismo musical, en el desarrollo de la forma y en la frialdad del discurso. Turina se acerca a las últimas palabras de Jesucristo en una abstracción más cerca de B. Bartok que de S. Shostakovich sin descripciones, sin simbolismo.
[…]



El placer de hacer bien las cosas
Por Xoán M. Carreira
(Crítica al concierto ofrecido por el Cuarteto Granados en la Semana de Música Religiosa de Cuenca el 17 de marzo de 2008, publicada en la revista de Internet Mundoclásico el 21 de marzo de 2008)

Hace cuatro años, la Fundación Caja Madrid patrocinó la restauración de la Iglesia del Rosario de Cádiz, hermoso templo vinculado a la carrera de Haydn porque su cofradía fue la comitente en 1787 del primer encargo internacional que recibió el compositor. Se trataba de una obra orquestal de factura muy peculiar destinada a ser ejecutada en la cripta del templo, conocida como la Santa Cueva, durante la llamada "devoción de las tres horas", una oración semiprivada desarrollada por los jesuitas tras el terremoto de Lima de 1687, totalmente ajena a la ceremonia del "sermón de las siete palabras" típica de las celebraciones católicas del Viernes Santo.
La nueva obra -titulada Musica instrumentle sopra le 7 ultime parole del nostro Redentore in croce, ossiano 7 sonate con un'introduzione ed al fine un terremoto- tuvo un enorme éxito tras su estreno en Viena el 26 de marzo de 1787 y se publicó rápidamente en los más diversos arreglos, no todos de Haydn, de los cuales el más conocido hoy en día y totalmente original de Haydn es el cuarteto de cuerdas Las siete últimas palabras de Jesucristo en la Cruz.
Para celebrar la inauguración del templo restaurado, la Fundación Caja Madrid organiza un concierto en el cual el Cuarteto Brodsky interpretó el cuarteto Las siete últimas palabras de Jesucrito en la Cruz de Joseph Haydn y estrenó la obra homónima que la Fundación había encargado a José Luis Turina, un compositor muy amante de este tipo de homenajes a músicas del pasado que acostumbra a realizar con singular brillantez. Competir con Haydn en el terreno del cuarteto de cuerdas no es un desafío nimio para ningún compositor y, muy sabiamente, Turina no pretendió competir con su sabio colega en el terreno en el cual Haydn es el creador del canon. "No se encontrará en mi cuarteto ni la más pequeña cita, ni el más mínimo guiño estilístico al cuarteto original, pero no por eso la obra de Haydn deja de estar presente, si bien desde un punto de vista más conceptual, de pretexto si se quiere, que formal o constructivo."
Según su costumbre en proyectos semejantes, Turina estableció su plan de trabajo con un único vínculo con el material original, en esta ocasión, la sucesión tonal del grupo de Adagios de Las siete últimas palabras de Haydn. Por lo demás, ninguna de las ideas de Haydn es mantenida en la obra de Turina, ni el concepto de sucesión de Adagios, ni el intenso descriptivismo, ni desde luego el material temático, armónico o el carácter histriónico de algunas onomatopeyas. Esta exclusión radical de cualquier aspecto evocativo permitió a Turina prescindir de la Introducción y del Terremoto utilizados por Haydn y mantener exclusivamente las siete 'palabras' -en realidad, frases- que Turina reordena "desde la más sombría a la más luminosa, asumiendo lo que ello pueda tener de subjetivo".
En las jornadas Olivier Messiaen celebradas ese mismo día, y en las cuales se enmarcaba este concierto, Turina dio una conferencia sobre Mística, música y estructura en la que analizó su cuarteto, y terminó parodiando el etiquetado de los alimentos: "misticismo: puede haber rastros". El caso es que aunque Haydn fuese un cristiano devoto, estaba muy lejos de tener sentimientos místicos y vivía su fe con gran pragmatismo, el mismo que aplicaba en la mayoría de sus actividades cotidianas. Y cuando compuso Musica instrumentale sopra le 7 ultime parole del nostro Redentore in croce hizo lo mismo que haría 150 años más tarde Stravinsky cuando compuso su Apollo Musagetes: pensar en los violines.
Es tan difícil encontrar rastros de misticismo en Las siete palabras de Haydn como en las de Turina, pero en ambas se encuentra un interés por suministrar contraste y variedad al conjunto de la obra, por un perfecto acabado de la misma, por mantener la elegancia del discurso y por respetar a los intérpretes. Los dos escribieron música para el disfrute de la razón y el placer de los sentidos, y por ello el cuarteto de Turina sobrevivió incólume a la durísima prueba de ser el "telonero" de Haydn en su histórica sede gaditana y de Bartók en esta ocasión. Es obvio que puede comenzar su carrera propia sin padrinos.
[…]



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(Partitura y particellas sin marcas de agua disponibles en www.asesores-musicales.com )