JONDE, 35 años de una utopía necesaria

por Mario Muñoz Carrasco

Reportaje publicado en el nº 349 la revista de Scherzo (Madrid, marzo de 2019)


«Ilustrísimos señores: Las orquestas españolas encuentran graves dificultades para completar sus plantillas debido a la falta de cualificación profesional de los posibles aspirantes. Esta situación […] obliga a las orquestas a recurrir a la contratación de músicos extranjeros con más frecuencia de lo que sería deseable. Por ello resulta necesario crear la Joven Orquesta Nacional de España […] a fin de contribuir al fomento de las vocaciones musicales en nuestro país y proporcionar a los jóvenes competentes de la misma una formación integral, tanto musical como humanística, que les permita desenvolverse profesionalmente en el mundo de la música».

Con estos dos sencillos párrafos introductorios anunciaba el B.O.E. en octubre de 1983 la creación de la JONDE, una de esas necesidades educativas largamente pospuestas que habían comenzado a considerarse patrimonio de lo quimérico. Esas pocas palabras sintetizan lúcidamente y sin ambages la situación orquestal de la España de principios de los años ochenta, donde la multiplicación de continentes —los auditorios— desembocó inevitablemente en una escasez de contenidos —las orquestas—, con la consecuente obligación por parte de las instituciones de buscar soluciones rápidas. La más común de estas medidas urgentes puede observarse aún hoy si se revisa con detenimiento la última página de las notas al programa que se entregan (cada día menos) en algunas salas de conciertos: unas plantillas orquestales internacionalizadas en grado extremo, un pecado original que supuso poco después un callejón sin salida para buena parte de los jóvenes músicos españoles. José Luis Turina, director artístico de la JONDE durante los últimos 18 años, reflexiona sobre los aspectos positivos de aquella situación de excepcionalidad: «A estos profesionales extranjeros se les debe no sólo que hayan podido hacer factible una vida sinfónica de primera línea (que la mayor parte de nuestras Comunidades Autónomas no habrían podido imaginar unos años antes) sino además el haber formado a muchas generaciones de jóvenes en el ámbito territorial en el que desarrollaban su labor, al margen de la enseñanza oficial». Porque ese era, en definitiva, el epicentro del problema de orquestas y conservatorios en España: la baja calidad de nuestro desorganizado sistema educativo musical.

Creación, orden y concierto
La JONDE nace a principios de los 80 en tierra ajena institucionalmente hablando, ya que se enmarca en una iniciativa del Ministerio de Cultura y no del de Educación, ubicación más natural dadas sus funciones, si no fuera por su inmovilismo —“fue un buen tirón de orejas”, comenta Turina—. En realidad el retraso español con respecto a la formación de otras jóvenes orquestas europeas era equivalente al que acumulábamos en el resto de disciplinas artísticas (piénsese que la Bundesjugendorchester, la equivalente alemana que dirigirá este año Kirill Petrenko, celebra ahora medio siglo de existencia). Su puesta en marcha definitiva le debe mucho al impulso del director Edmon Colomer, quien ejerció los primeros años de director artístico y musical, y a José Manuel Garrido Guzmán, director general de Música y Teatro (posteriormente INAEM). “Colomer defendió con convicción un proyecto en el que creía firmemente”, recuerda Turina, “y a él se sumó el apoyo incondicional de un político como Garrido, que convenció al resto de las fuerzas administrativas para darle naturaleza jurídica y dotarlo presupuestariamente para ser una realidad”.
La creación de la JONDE no era la piedra filosofal de las estrategias educativas. Bajo la superficie de un tejido cultural en ebullición se acumulaban algunos de los males que se habían considerado como endémicos en este país: la precarización de la docencia en unos conservatorios lastrados por su masificación, la ausencia de un itinerario claro y practicable en los distintos grados y la inexistencia de ese escalafón intermedio que aporta una estructura de enseñanza musical no reglada. “La consecuencia directa de todo aquello”, reflexiona el compositor madrileño, “era la imposibilidad de que hubiera profesionales cualificados en número suficiente para nutrir una vida musical que cada vez era más intensa. Para los jóvenes músicos constituyó un punto de referencia hacia el que canalizar su formación a medio y largo plazo”.
Como compañera ideal del proyecto JONDE llegó la obligatoriedad desde el grado medio en adelante de la enseñanza de orquesta para todas las especialidades sinfónicas, con la racionalización de las plantillas que ello conlleva y una oferta de especialidades más equilibrada. Los primeros pasos del cambio se habían dado, y poco a poco se fundaron el resto de jóvenes orquestas vinculadas a sus respectivas comunidades autónomas.

Ventajas de una arquitectura efímera
Pasada le primera etapa con Colomer al frente, la orquesta entró en 1995 en una nueva fase gracias a la llegada de Llorenç Caballero, defensor de una estructura más abierta con un compositor residente y donde la figura del director musical incluyera a maestros invitados de renombre para generar un punto de vista coral que se alejara de lo ya experimentado por los músicos en el conservatorio. “La JONDE ni era ni es una orquesta profesional, de temporada estable, sino un proyecto formativo”, afirma Turina. “En el primer caso la figura del director titular es indispensable para dar coherencia y personalidad propia a una orquesta; pero en el de una orquesta joven es más importante proporcionar una experiencia lo más amplia posible a sus integrantes. Si en el tiempo que pasan en la JONDE los músicos han tenido la oportunidad de trabajar con seis, siete u ocho directores importantes, habrán conocido maneras muy distintas —y todas ellas válidas— de entender la relación director/orquesta, que en general suele ser bastante compleja”. Gracias a ello varias generaciones de músicos han tenido la oportunidad de crecer artísticamente compartiendo escenario con Carlo Maria Giulini, Andras Ligeti, Paul Goodwin, Christopher Hogwood, Gianandrea Noseda, Juanjo Mena o Jesús López Cobos, entre otros.
Las necesidades y sobre todo las realidades laborales han cambiado mucho entre los tiempos de Caballero y los de Turina, su director artístico desde 2001 hasta hace unas pocas semanas, cuando anunció su jubilación. “Una orquesta joven puede llegar a sonar tan bien o mejor que una profesional, pero en ésta los músicos han desarrollado unos reflejos y una rapidez para montar un repertorio en muy pocos días que los jóvenes lógicamente no tienen”. Frente a ese ritmo frenético de montaje de las orquestas estables de temporada (primera lectura, ensayo general y concierto), la JONDE apuesta por organizar su labor formativa de una manera más pausada, en una especie de carril de aceleración profesional donde la experiencia que van obteniendo los jóvenes músicos repercute a su favor de manera casi inconsciente. Tras las pruebas de acceso anuales, pensadas para músicos entre 18 y 23 años de edad con el Grado Profesional e Instituto finalizados, se organizan una serie de encuentros periódicos en los que toda la actividad se concentra al máximo. En palabras de su director artístico, “los encuentros de la JONDE siguen la estructura de los de cualquier joven orquesta: una primera fase de tres o cuatro días donde un equipo de profesores de diferentes especialidades, procedentes tanto de orquestas españolas como de las más importantes de Europa, preparan el repertorio por separado, cada uno con su sección, con una primera lectura de conjunto de las obras programadas que corre a cargo del director asistente. En la segunda fase el director invitado se encargará de ensamblar y pulir durante otros tres o cuatro días el trabajo realizado por los profesores en los ensayos seccionales previos. Por último, una gira final de entre tres y cinco conciertos pondrá fin al encuentro”.
Obviamente, en su labor de desescombro y proyección hacia el mundo de la orquesta profesional se optó por dotar a los músicos de una plataforma de expresión digna con conciertos en escenarios de primera línea, en el entendido de que estos espacios elevarían la estatura de los miembros de la joven orquesta. Hoy en día la JONDE participa de forma habitual en los más importantes festivales españoles y europeos aunando formación y difusión.

Lo contemporáneo como oportunidad
Tal vez una de las señas de identidad más reconocibles de la orquesta sea su vinculación con el mundo de la música contemporánea, un aspecto que entrañaba un cierto riesgo dentro de un ecosistema general de programación donde cada vez resulta más complicado salirse del canon. “La JONDE debe proporcionar una formación de alta calidad a sus integrantes”, defiende Turina, “Y eso pasa por el trabajo en profundidad del repertorio sinfónico tradicional, pero también de las obras maestras del siglo XX y de la creación más contemporánea. Pocas cosas hacen más feliz a un compositor que ser programado por una orquesta como ésta, en la que las obras no se despachan en una mera lectura y el ensayo general, como sucede habitualmente, sino que son trabajadas en detalle –por secciones y en conjunto– durante muchos días, en presencia del autor siempre que eso es posible. Esa experiencia es también crucial para los músicos, ya que la actitud hacia la creación contemporánea, contra la que suelen estar bastante en guardia cuando llegan, cambia radicalmente cuando la trabajan de esa forma”.
Como complemento a esta línea divulgativa nación la Academia de Música Contemporánea, una iniciativa surgida en los primeros años del compositor al frente de la JONDE y que coincidió con la gestión de Jorge Fernández Guerra al frente del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea. Con la colaboración del CDMC y al amparo de la Academia se sucedieron algunos proyectos de creación de gran interés, estrenados en el Festival de Música Contemporánea de Alicante. Tras unos años de andadura ocurrió la mejor de las noticias: la Academia se reabsorbió de forma natural, al entender que la presencia de la música contemporánea en la programación cotidiana de la JONDE –tanto sinfónica como de cámara– era lo suficientemente frecuente como para que su práctica no necesitara de una atención específica.
Hay un claro sentimiento de orgullo en José Luis Turina al hablar de la implicación de la orquesta con el mundo de la creación actual: “Un reciente estudio estadístico que hemos hecho sobre la programación de los últimos diez años arroja datos muy elocuentes en este sentido. En 2018, por ejemplo, de las 55 obras programadas –sinfónicas y de cámara, a la que se presta una atención muy especial– sólo 13 eran de compositores anteriores al siglo XX. De las 42 restantes, 15 eran de autores fallecidos en la primera mitad del siglo y 4 en la segunda mitad. Y las 23 restantes eran de compositores vivos o recientemente fallecidos. Y no menos importante: de las 55 obras interpretadas, 22 eran de autores españoles”. Una estadística impensable para cualquier otra orquesta del país…

El antes y el después de los músicos JONDE
Como toda orquesta joven el presente de la agrupación se sigue manejando con vaivenes y un pequeño grado de incertidumbre en los resultados, en buena parte porque no existe una evolución o linealidad en el desarrollo de su personalidad artística, dado su importante porcentaje de renovación anual y media de permanencia (dos o tres años). Pero la idea de la JONDE es servir también de termómetro respecto a los estudios de los que provienen sus miembros: “Explotamos al máximo el conocimiento que tenemos de los músicos que forman parte de la plantilla”, explica Turina. “Todos los años publicamos varias estadísticas (edad, sexo, Comunidad Autónoma de procedencia) entre las que cabe destacar la relativa a los resultados de las pruebas anuales de admisión, en que se dan datos exactos de la participación y de los resultados obtenidos por los candidatos en función del Conservatorio Superior en el que realizan sus estudios. Esas estadísticas son muy elocuentes a la hora de evaluar el estado de salud actual de la enseñanza superior en nuestro país, y deben servir asimismo de reflexión a las Administraciones educativas en las que dicha enseñanza no da los resultados que cabría esperar de la altísima inversión que se hace en ella”.
Por el contrario, las oportunidades laborales aprovechadas por los antiguos miembros son difíciles de cuantificar de manera directa, dado el volumen de instrumentistas que han defendido sus atriles. “Es prácticamente imposible hacer un seguimiento de la trayectoria profesional que siguen los músicos que han terminado su estancia en la orquesta. Aunque se mantiene la comunicación con ellos –con los que aún no han cumplido 30 años se sigue colaborando en forma de intercambios en proyectos con otras orquestas jóvenes nacionales europeas, así como con los Sistemas de orquestas infantiles y juveniles iberoamericanos, a los que los jóvenes músicos prestan fundamentalmente un apoyo docente–, lo normal es que una vez finalizada esta etapa entren en una vida profesional (que, dada la precariedad laboral, es necesariamente muy mutable) que les absorbe la mayor parte de su tiempo y de la que no se sienten obligados a darnos cuenta, como no lo estamos nosotros a pedírsela. Siempre nos llegan noticias de exJondes que han obtenido unos brillantes resultados en las audiciones para las orquestas más importantes de la Unión Europea, pero normalmente se trata de casos muy concretos: de la mayoría de ellos no volvemos a saber nada”.

¿Futuro sin fatigas ni exilios?
En muchas ocasiones nos es complicado explicar la pertinencia de satisfacer las necesidades culturales básicas de una sociedad, máxime cuando invertir en el arte no está precisamente en la primera línea de las urgencias tangibles de nuestro complicado mercado de consumo. Pareciera que la cultura es un privilegio de los buenos tiempos, no una necesidad perenne del individuo.
La rentabilidad o el beneficio neto de una agrupación como la JONDE –o de cualquier proyecto cultural en general– se cuantifica en lo económico con bastantes apuros, por mucho que sus aportes en otras esferas sean evidentes. Sin ir más lejos, el que ha sido sin duda el aforismo musical más famoso de la historia –aquel “la vida sin música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio” que le escribiera Nietzsche a Peter Gast tendría las horas contadas en nuestro paradójico y apresurado universo digitalizado. José Luis Turina no habla de futuro, a las puertas de su jubilación. Ha sido testigo de excepción y observador aventajado de la lucha contra la fatiga de materiales del sistema educativo musical y las complejas políticas culturales de cada día: “Me resulta imposible imaginar dónde estará la JONDE dentro de 35 años. Eso es apuntar muy lejos en el tiempo, cuando ya para los próximos años la previsión es muy difícil de hacer. No podemos olvidar que la JONDE existe y es lo que es porque nació y se ha desarrollado en el seno de una Administración pública que le ha aportado todo lo necesario para su existencia”, reflexiona. “Todos los directores generales que he conocido en este tiempo –y han sido bastantes, en estos dieciocho años– la han apoyado sin reservas, y pese a lo difícil de la situación económica de la última década la JONDE ha podido realizar su labor, si bien reduciendo la actividad de forma proporcional al presupuesto disponible cada año. En lugar de hacer futuribles es mejor ser realistas. Confiemos en que, por mal dadas que vengan las circunstancias políticas y económicas, se mantenga esa atención a un proyecto que ha satisfecho con creces las expectativas que se pusieron en él cuando se creó”.
En un artículo aparecido en 2004 con motivo del 20º aniversario de la formación se reaccionaba con orgullo al conocer el nuevo posicionamiento de los músicos españoles entre las jóvenes orquestas europeas, y el papel que la JONDE había jugado en ello. España estaba situada como cuarta potencia en cuanto a número de integrantes por país. Quince años después, en la European Union Youth Orchestra (EUYO), han sido 32 los músicos titulares españoles y 50 los que han obtenido plaza de reservas, el país con mayor presencia de los 28 estados miembros de la Unión Europea.
Aquella semilla utópica que fue la JONDE del 83 parece haber asentado raíces y tronco, aparenta funcionar a pesar de la poda selectiva a la que viene siendo sometida los últimos años. Confiemos en que el vigor de su savia siempre renovada le permita seguir creciendo otros tantos años, sin mayores mermas en el follaje y con el fruto rojo de tanto talento madurando sin urgencias.


Enlace a JONDE, 35 años. Entrevista con José Luis Turina
Por Mario Muñoz Carrasco
Entrevista previa al reportaje JONDE, 35 años de una utopía necesaria, publicado en el nº 349 la revista de Scherzo (Madrid, marzo de 2019)