La ópera española como problema

Publicado en el suplemento Cultural del diario ABC. Madrid, 4 de diciembre de 1999


Con la reposición, 90 años después de su estreno en el mismo escenario que ahora la acoge con todos los honores, de Margarita la Tornera, el Teatro Real hace suyo a su manera el efecto 2000, al trasladarnos nuevamente frente al mismo debate, animado unas veces y enconado otras, que Ruperto Chapí y los entonces dirigentes del coliseo madrileño sostuvieron en la prensa de la capital en los primeros años del siglo XX.
Bien es verdad que los tiempos han cambiado mucho desde entonces, y que el italianismo imperante a comienzos del siglo ha sido sustituido por un mayor equilibrio en cuanto a la nacionalidad de los compositores, pero sigue sin resolverse la espinosa cuestión de la ópera española en la que Chapí y el resto de los compositores de su generación creían firmemente, como una vía tan lícita como lógica de afirmar la fuerza creativa de la música escénica del país, que, bajo las presiones italiana, alemana y, en menor medida, francesa, se veía relegada al cultivo del género chico y, en el mejor de los casos, al de la zarzuela grande.
Sin embargo, los intentos de crear el género, nutriéndolo de un puñado de títulos que pudieran dar lugar a un repertorio recurrente y exportable –y de los que, sin duda, Margarita la Tornera se sitúa en lugar destacado, si no el primero–, fracasaron estrepitosamente al estrellarse una y otra vez contra el muro infranqueable del gusto italianizante del público y de los empresarios del momento.
La situación actual no es muy diferente por lo que a la ópera española se refiere, al ocupar una mínima parte de una programación aquejada de un complejo de inferioridad tan crónico como injustificado que, si bien ha huido del repertorio exclusivamente italiano, lo ha hecho para caer arrastrada por la fuerza gravitatoria de ese agujero negro que es el reducido conjunto de los títulos más trillados del repertorio habitual, entre los que las escasas óperas nuevas o poco cultivadas que esporádicamente se intercalan son consideradas como advenedizas y, por tanto, vistas con desconfianza, generándose con ello una tan delirante como insostenible cinta de Moebius, sofisticada versión de la castiza pescadilla que se muerde su propia cola.
En ese contexto, la recuperación por parte del Instituto Complutense de Ciencias Musicales (ICCMU) de la partitura de Margarita la Tornera, a través de una edición que he tenido la fortuna de revisar y coordinar, así como su reposición escénica con los mejores intérpretes y medios, debe servir, no sólo de reparación de una injusticia histórica –la de su olvido injustificado, máxime cuando consta el gran éxito que alcanzó en su estreno–, sino también de homenaje a la actitud combativa de toda una generación de compositores que lucharon infructuosamente por hacer oír su voz ante una sociedad que parecía no tener ningún interés en escucharles. Exactamente igual que ahora.
Ójala la batalla entonces perdida se gane póstumamente en este estreno y Margarita la Tornera disfrute en el futuro del reconocimiento general que se merece. Sería la mejor demostración de que aquellos compositores estaban en lo cierto, y de que hay una ópera española que puede y debe programarse, así como de dar la razón a los ya muchos compositores actuales que, con nuestro trabajo de creación operística, seguimos creyendo en ello con idéntica fe.