Prólogo al libro "Ángel Oliver Pina. Pasión por la música"

Publicado en el nº 19 de los Cuadernos "Pedro Apaolaza" de la Asociación Cultural Arbir-Malena de Moyuela (Zaragoza). Noviembre de 2016


Al ponerme a redactar estas líneas, me doy cuenta de la gran cantidad de veces que los caminos de Ángel Oliver y mío se han cruzado a lo largo de unos cuantos años, con frecuencia en algunas situaciones importantes. Tras cada cruce han divergido para volverse a encontrar algún tiempo después, sin una constancia fija, pero tampoco sin gran demora entre una vez y otra. Supongo que eso es una consecuencia lógica de haber navegado ambos en barcos muy similares -los de la composición y la docencia-, cuyos derroteros tenían por fuerza que coincidir en algún momento; pero creo también que sin una afinidad grande, personal y profesional, ello no habría sido posible.
Recuerdo que conocí a Ángel en el vestíbulo del entonces casi recién creado Conservatorio Profesional de Música de Cuenca, un día en que había acompañado desde Madrid a su mujer, Mari Paz de la Guerra, compañera mía en el claustro de profesores ya desde mi primer curso académico, el de 1981-82. A lo largo de una breve conversación tuve la intuición de que más allá del gran compositor del que había tenido ocasión de escuchar algunas obras, había una persona de una profunda humanidad, cordial y siempre abierto al buen humor y al optimismo. Luego coincidimos en más de una ocasión en algún programa de concierto -sus Apuntes sobre una impresión y mi Fantasía sobre "Don Giovanni", ambas para piano a cuatro manos, compartieron muchas veces escenario-; y ya en 1987 me tocó formar parte del jurado -como ganador de la edición del año anterior- del V Premio de Composición "Reina Sofía" de la Fundación Ferrer Salat, con el que Ángel Oliver fue galardonado por su obra Nunc, una extensa pieza para orquesta de cuerdas cuya lectura me causó una honda impresión.
La amistad y la buena sintonía profesional siguieron creciendo, y entre 1991 y 1993 formamos parte del claustro de profesores en la andadura inicial de la Escuela Superior de Música "Reina Sofía" (nunca olvidaré aquella sesión de evaluación trimestral de los alumnos en la que Ángel, ya plenamente recuperado de la operación de coronarias que le salvó milagrosamente la vida en 1986, estuvo a punto de perderla como consecuencia de un ataque de risa incontenida provocada por las disparatadas observaciones de Ludwig Streicher); la identificación entre nuestros respectivos criterios pedagógicos me llevó en 1999 a proponer su nombre para que me sustituyera al frente de las clases de Análisis que desde el año anterior impartía en la Escuela de Altos Estudios Musicales de Santiago de Compostela, al tener por delante dos años de intenso trabajo con la composición de mi ópera D.Q. (Don Quijote en Barcelona) ; e incluso después de su estreno en octubre de 2000 compartimos durante algunos cursos más dicha enseñanza.
Y de forma muy significativa estuvo presente Ángel en el primer Encuentro que me tocó organizar, en la Semana Santa del año 2001, como responsable recién designado de la Dirección artística de la Joven Orquesta Nacional de España. El poco tiempo transcurrido desde mi nombramiento -el 1 de febrero de ese año- obligó a la celebración de un Encuentro "simplificado", dedicado a la orquesta de cuerdas, en el que Gonçal Comellas dirigió el Divertimento de Bela Barók, la Gran Fuga de Beethoven, Anna Frank, un simbol de Jordi Cervelló... y Nunc, de Ángel Oliver. Aquel programa estaba muy seriamente estudiado y constituyó toda una declaración de principios artísticos: dos grandes obras del repertorio clásico y otras dos del contemporáneo español, cuyos autores fueron invitados a supervisar los ensayos y a estar presente en los dos conciertos celebrados en Cuenca y Madrid, propiciando con su presencia en el Encuentro de la JONDE el contacto estrecho entre los jóvenes intérpretes y los compositores actuales, cuya presencia es prácticamente nula durante toda la formación musical.
Me consta que Ángel disfrutó muchísimo durante aquellos días, asistiendo a los ensayos y después a los conciertos, pero también conviviendo con los músicos y charlando amistosamente con el equipo técnico y artístico de la orquesta, y estoy seguro de que aquel Encuentro le dejó un recuerdo tan grato como el que nos quedó a todos cuantos participamos en su organización. Porque Ángel era esencialmente un hombre afectuoso y vitalista, fundador junto con Mari Paz de una familia ejemplar, amante de las pequeñas cosas y, por tanto, ajeno a toda ambición sin que, por ello, su profesión adoleciera de falta de rigor. ¡Todo lo contrario!
En las páginas que siguen puede comprobarse hasta qué punto la vida y la obra de Ángel Oliver estuvieron comprometidas con el buen ser y el buen hacer. El estudio biográfico realizado por Rolando Bernal permite seguir una trayectoria que desde los inicios de su formación en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y su perfeccionamiento como compositor en Roma, bajo la tutela de Goffredo Petrassi, además de los obligados viajes a Darmstadt, París y Siena, abarca todos los pasos obligados para un compositor de la segunda mitad del siglo XX: una sólida formación académica, y una especialización posterior dentro de alguna de las principales vanguardias del momento. No es extraño que Ángel Oliver optara para ello por la figura de Petrassi, más cercano a su temperamento que las más radicales de Boulez o Stockhausen. No en vano la afinidad con Italia es mayor para un compositor español -y lo afirmo por propia experiencia- que con Francia, Alemania o Austria; y no tiene nada extraño que el panorama italiano de la vanguardia (con figuras como Luciano Berio, Bruno Maderna o el propio Petrassi) le resultara mucho más atractivo que el de los grandes "santones" del serialismo integral y sus consecuencias, al que llegó cuando éste había entrado ya en un grado de pleno academicismo que cada cual digería como podía.
Su catálogo de obras -centro neurálgico, junto con su biografía, de este volumen-da fe del paso de Ángel Oliver por las diversas tendencias del momento: así, los Riflessi de 1968; las Interpolaciones de 1970; o la ya citada Nunc de 1986; .... incluyendo un levísimo paso por la electroacústica (Studium, de 1978). Pero a mi modo de ver el compositor más auténtico se encuentra en el que se deja llevar por una voz más personal y, por tanto, independiente: me refiero al del Concierto para viola y orquesta de 1983; al del Stabat mater de 1987; al de Omaggio de 1994; ... y también al de la música basada en lo popular (como el Tríptico asturiano de 1980; o la Canción y danza montañesas de 1987), y especialmente en su ámbito infantil (como los dos cuadernos pianísticos que integran las Piezas sobre temas populares infantiles, compuestos entre 1976 y 1989).
Las diferentes colaboraciones de este volumen -procedentes de voces tan autorizadas, por profundamente conocedoras de su personalidad y de su obra, como las de Albert Nieto, Adolfo Gutiérrez Viejo, Juan José Olives, Enrique Téllez, José Antonio Carro, Encarnación López de Arenosa, Velasco Sánchez Doménech, Guillermo González, Santiago Mayor y Jesús Legido- constituyen un testimonio excepcional, por cuanto van más allá del entrañable recuerdo al ser querido y al músico admirado, para proporcionar una visión de su personalidad y de su obra desde muy diferentes prismas -del intérprete, del director, del compositor, del pedagogo...-, como corresponde a una figura polifacética que entendía la vida -y la profesión- de forma inquieta y versátil.
Queda por resolver por qué extrañas razones una figura como la de Ángel Oliver no goza hoy del reconocimiento que sin duda se merece. En todo caso, ello no debe achacarse a su carácter poco combativo, o a su seguramente para muchos "irritante" independencia estética; creo sinceramente que la razón está más bien en la ignorancia y en la tan proverbialmente hispana infravaloración de lo nuestro, y, sobre todo, en la pereza mental de nuestros programadores... Este libro no entra en ello, ni se propone hacerlo, pero yo como prologuista sí me puedo permitir el lujo de dejar esa reflexión en el aire. Lo que sí está claro es que habrá de contribuir, sin duda, a un mayor y mejor conocimiento de la figura y la obra de uno de los compositores más destacados de nuestro pasado reciente, y de los que -como el propio título indica- más pasión supo poner en lo que hacía.

José Luis Turina
Madrid, agosto de 2016


Presentación del libro "Ángel Oliver Pina. Pasión por la música"

Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sábado 21 de enero de 2017


Felicito a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando por la magnífica iniciativa de organizar este acto, agradezco muchísimo a Mary Paz de la Guerra el haberme invitado a escribir el prólogo de este libro, muy bien subtitulado "Pasión por la música" sobre Ángel Oliver. En él doy cuenta de algunos momentos destacados en los que nuestros caminos se cruzaron y nos permitieron establecer unos vínculos de cordialidad profesional y afecto mutuos. Dejo constancia de nuestro conocimiento en el vestíbulo del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca, a principios de los 80, una mañana en la que acompañó a Mª Paz, compañera entonces del claustro de profesores del centro; también de las muchas veces en que sus Apuntes sobre una impresión y mi Fantasía sobre "Don Giovanni" compartieron cartel en los conciertos que ofrecía el dúo de piano a cuatro manos integrado por Miguel Zanetti y mi hermano Fernando; o la feliz decisión del jurado del V premio internacional de composición "Reina Sofía" de la Fundación FerrerSalat, -presidido en la edición de 1987 nada menos que por Xavier Montsalvatge-, del que formé parte y que fue otorgado a Ángel por su obra Nunc, para orquesta de cuerdas, estrenada al año siguiente por la Orquesta de la Radio Televisión.
Luego compartimos claustro en los primeros años de andadura de la Escuela Superior de Música "Reina Sofía", a principios de los años 90; y unos años después, al final de esa década, nos alternamos como profesores de las clases de análisis en la recién creada Escuela de Altos Estudios Musicales de Santiago de Compostela...
Pero el recuerdo que conservo con más agrado es el que se refiere al primer Encuentro de la Joven Orquesta Nacional de España que me tocó organizar en la Semana Santa de 2001, nada más ser nombrado director artístico de la Orquesta. La necesidad de tener que hacerlo todo en unas pocas semanas aconsejó una plantilla -la orquesta de cuerdas- más fácil de manejar que la de una gran orquesta sinfónica, y eso marcó la elección del director, Gonçal Comellas, y la determinación del repertorio, que fue como una declaración inicial de principios que ha marcado desde entonces las líneas maestras de la programación de la orquesta: Una obra básica del repertorio tradicional (la Gran Fuga de Beethoven), una obra básica del repertorio del siglo XX (el Divertimento de Bela Bartók) y dos obras contemporáneas, españolas por más señas, de dos compositores vivos que fueron invitados a convivir con la JONDE, supervisando los ensayos y disfrutando del entusiasmo y el buen hacer de los jóvenes músicos: Anna Frank, un símbol de Jordi Cervelló, y Nunc, de Ángel Oliver...). La vibrante interpretación que Comellas y la sección de cuerdas de la JONDE hicieron de Nunc me hizo revivir algunos momentos de las deliberaciones del jurado, en que hubo que neutralizar con argumentos sólidos algunas reticencias despertadas por el hecho de que no se tratara de una obra para orquesta sinfónica, sino para orquesta de cuerdas. Pero al rebasar cierto punto el sinfonismo es un concepto que va más allá de una mera plantilla orquestal, como lo prueban las Metamorfosis de Strauss, o Apollon musagéte de Stravisnky, y finalmente la obra de Ángel se impuso por unanimidad.

Tras el prólogo viene el verdadero libro que los Cuadernos "Pedro Apaolaza" de la Asociación Cultural Arbir-Malena de Moyuela dedica con tanto acierto como afecto a la figura y la obra de su paisano Ángel Oliver. Un amplio estudio biográfico y un detallado catálogo de sus obras preceden a una extensa serie de afectuosas colaboraciones de amigos, colegas, intérpretes, críticos y estudiosos de su obra, sin dejar de lado una muy cuidada selección de fotografías y reproducciones de manuscritos, ediciones, grabaciones discográficas, programas de mano... Tenemos mucha suerte de poder disponer de este volumen, que nos permite valorar mejor la importancia de una figura tan destacada de la composición española reciente.
Y no quiero dejar de poner sobre aviso sobre una errata -perfectamente comprensible- que se desliza de forma prácticamente imperceptible en la página 24. Al pie de una fotografía en la que estamos Mary Paz, Ángel y yo sentados a una mesa de un restaurante, donde poco después daríamos cuenta de una suculenta cena con la que celebramos el estreno de Nunc en el Teato Monumental esa misma tarde, figura la fecha de 1998, cuando en realidad la foto fue tomada diez años antes, en 1988. Es importante esta puntualización, para que nadie piense lo bien que me conservaba yo entonces, y lo rápidamente que he envejecido en tan poco tiempo.

En el prólogo acabo dejando en el aire una reflexión, y como su lectura va a estar en pocos minutos al alcance de todos ustedes, me permito ahora continuar donde lo dejé y, a modo de ampliación, desarrollar un poco más -sólo un poco, porque el tema daría para toda una tesis- lo que apuntaba al final del mismo. Leo textualmente el comienzo del párrafo final: "Queda por resolver por qué extrañas razones una figura como la de Ángel Oliver no goza hoy del reconocimiento que sin duda se merece. En todo caso, ello no debe achacarse a su carácter poco combativo, o a su seguramente para muchos "irritante" independencia estética: creo sinceramente que la razón está más bien en la ignorancia y en la tan proverbialmente hispana infravaloración de lo nuestro, y, sobre todo, en la pereza mental de nuestros programadores..."
Estas palabras, aunque centradas en el prólogo del libro a la obra de Ángel Oliver, son perfectamente extrapolables a la legión de compositores ya fallecidos que, por estar todavía muy cercanos en el tiempo, hay que situar necesariamente dentro de la más estricta contemporaneidad. En lo que llevamos de siglo XXI hemos visto desaparecer, junto a Ángel Oliver, a Carmelo Bernaola, Román Alís, Gabriel Fernández Álvez, Ramón Barce, Amando Blanquer, Francisco Escudero, Joaquín Homs, Gonzalo de Olavide, o Claudio Prieto.
Y un poco más atrás quedaron las figuras de Ángel Arteaga, Fernando Remacha, Carlos Suriñach, Manuel Valls o Javier Alfonso.
Por no hablar de los que sufrieron las consecuencias más directas de nuestra Guerra Civil, buscando en otros países un lugar donde poder realizar su obra (como Salvador Bacarisse en Francia, Rodolfo Halffter, Gustavo Pittaluga y Jesús Bal y Gay en México, Julián Bautista en Argentina... O, como en el caso de Antonio José, sin tiempo para escapar y, por tanto, sin poder llevar a término una obra que se prometía magnífica...
¿Dónde está su música? Lamentablemente muerta, como lo están sus autores, y -lo que es aún más triste- olvidada para los herederos de la sociedad y de la cultura para las que se creó. Se habla muchísimo de la memoria histórica, tan necesaria para hacer justicia a los que desaparecieron o fueron hechos desaparecer, y de ese modo devolver la tranquilidad moral y espiritual a sus descendientes. ¿Acaso la música española de hoy no es descendiente de todos ellos? ¿No tiene con sus obras una deuda de gratitud?
Si traigo esta reflexión aquí es porque estoy seguro de que Ángel Oliver suscribiría todas estas afirmaciones, ya que su bonhomía y su carácter afectuoso no eran en absoluto incompatibles con una reacción enérgica ante las muchas situaciones injustas de nuestra profesión, como he podido comprobar más de una vez.
Obviamente, algo no está funcionando como debería en el momento actual, que ya empieza a oler a podrido de tantos años como lleva durando. No es de recibo que nuestras principales instituciones sinfónicas se dediquen al repertorio más trillado, cuando no a pasar un auténtico sarampión de bandas sonoras, músicas para videojuegos y similares, a mayor gloria de la cuota de audiencia; tampoco lo es que no se apoye a grupos de cámara que podrían velar por el cuidado de ese legado, pero que para sobrevivir y poder hacerlo necesitan de un mínimo respaldo institucional. Y en todo caso, confiar en que ello quede asumido como un deber moral por programadores, directores o intérpretes supondría dar un vuelco de 180 grados a unos planteamientos educativos más preocupados, hoy por hoy, por sus propios aspectos formales que por aquello a lo que supuestamente deben servir. Rememorando a Cicerón, resulta oportuno preguntarse aquello de ¿hasta cuando abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?

Y llego ya al epílogo de este segundo prólogo -esta vez, leído- al libro de Ángel Oliver, con un punto de esperanza:
La muy reciente recuperación, hace tan sólo unas pocas semanas y de la mano de José Luis Temes, de la música sinfónica y escénica de María Rodrigo (exiliada en Suiza primero, en Colombia después y finalmente en Puerto Rico, donde fallecería), es sólo un ejemplo de la calidad que cabe esperar de la recuperación y, por supuesto, normalización en el repertorio de todos esos compositores que acabo de citar, y de los muchos que me he dejado por no hacer la lista interminable.
Decía antes que estamos todos de suerte al poder disponer de este volumen, en el que la Asociación Cultural Arbir-Malena ha puesto tanto empeño y Mary Paz tanta ilusión, junto con todos los que hemos colaborado en que su publicación sea posible. Ójala sirva para reavivar el recuerdo de uno de los compositores más queridos de nuestro entorno, y con ello las ganas de volver a escuchar su música, de la que podremos disfrutar dentro de unos minutos.
Termino ya, rematando esta intervención con las líneas finales del prólogo:
"Lo que sí está claro es que [este libro] habrá de contribuir, sin duda, a un mayor y mejor conocimiento de la figura y la obra de uno de los compositores más destacados de nuestro pasado reciente, y de los que -como el propio título indica- más pasión supo poner en lo que hacía."

Muchas gracias.
José Luis Turina