inicio > catálogo de obras > obras orquestales > solistas y orquesta > Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda)


Luis Cernuda (1902-1963)

Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda)

Para Recitador, Violoncello y Orquesta


Comentario
Notas para un análisis
Textos
Críticas
Vídeo
Descargar partitura


Comentario


Mi primer contacto con el libro de Luis Cernuda tuvo lugar en 1980, en Roma, de la mano de mi por entonces compañero de estudios en la Academia Española de Bellas Artes, Carlos Colón, que fue quien puso en mis manos un ejemplar de "Ocnos", con la sugerencia de componer una obra musical basada en los poemas contenidos en el mismo.
Durante el verano de 1982, repetidas lecturas del libro me animaron a llevar a cabo la composición, cuyo inicio tuvo lugar a comienzos del mes de septiembre de dicho año, y cuyo desarrollo se vio varias veces interrumpido por la necesidad de atender a otras obras, encargos oficiales y extraoficiales, que exigían una realización más apremiante (el Trío para violín, violoncello y piano, el cuento radiofónico musical Sin orden ni concierto, encargo de la Sociedad Española de Radiodifusión para el "Prix Italia 1983", y Pentimento, encargo de la Orquesta Nacional de España. La partitura pudo ser finalmente concluida en junio de 1984, ya con la perspectiva de su posible presentación al cada vez más prestigioso Premio de Composición Musical "Reina Sofía", de la Fundación Ferrer Salat, hecho que tuvo lugar en la convocatoria de 1986 (4ª edición del premio), y que se resolvió con la concesión del mismo por la unanimidad de un jurado presidido por el ilustre compositor francés Henri Dutilleux e integrado por Xavier Montsalvatge, Miguel Ángel Coria, Antoni Ros Marbá y Lluis Claret.

Comentario autógrafo de Henri Dutilleux sobre Ocnos.
(Ver traducción en el apartado "Críticas" de esta misma página)

Con la Reina Sofía y Carlos Ferrer Salat, en la entrega del Entrega del Premio Reina Sofía (1988)

Aparte de estos datos más o menos anecdóticos, si hay algo que desee destacar sobre cualquier otra cosa en estas líneas, es la presencia del nombre y la obra de Luis Cernuda como parte integrante de una obra musical. Según me informó en su momento Ángel Mª Yanguas Cernuda, sobrino del poeta y magnífico "colaborador" a la hora de facilitar los complejos trámites burocráticos que llevó aparejados el registro de una obra de estas características, fue ésta la primera ocasión en que se solicitaba su autorización, como único derechohabiente de Cernuda, para la utilización de sus textos en una obra sinfónica. Creí entonces que éste era un dato de interés en una época como la actual, en que este tipo de colaboraciones son más que habituales, porque -me atreví a vaticinar, y así se ha cumplido- la figura y la obra de Luis Cernuda iban a dar mucho de sí en el ámbito musical.

Fachada de la casa natal de Cernuda en Sevilla

Jaime Gil de Biedma, en su estupendo prólogo a la edición española de Ocnos por mí manejada (Taurus, Madrid, 1977), reproduce una nota del propio Cernuda sobre su libro, que creo oportuno incluir en estas notas:

"Hacia 1940 y en Glasgow (Escocia), comenzó L. C. a componer Ocnos, obsesionado con recuerdos de su niñez y primera juventud en Sevilla, que entonces, en comparación con la sordidez y fealdad de Escocia, le aparecían como merecedores de conmemoración escrita y, al mismo tiempo, de que quedaran así exorcizados. El librito creció (no mucho), y la búsqueda de un título ocupó al autor hasta hallar en Goethe mención de Ocnos, personaje mítico que trenza los juncos que han de servir de alimento a su asno. Halló en ello ciertas ironía sarcástica agradable, se tome al asno como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público, igualmente inconsciente y destructor. Y en 1942 y en Oxford (donde L. C. se hallaba de vacaciones), durante la guerra pasada, se imprimió la edición primera del libro..."

Portada de la edicion de Taurus de Ocnos

No deja de resultar curioso que Cernuda, a la hora de dar una interpretación simbólica del personaje mítico, se fije más en el asno que en el propio Ocnos, que es, a fin de cuentas, quien da título a su libro. Por mi parte, y deseando ser un poco más respetuoso que el poeta tanto con el tiempo como con el público, sólo añadiré que veo a Ocnos como una alegoría, más que como un símbolo, del artista, del ser al que incluso la actividad más superflua y cotidiana (dar de comer al asno) le resulta compatible con la necesidad de crear algo bello (los juncos trenzados) a los que podemos llamar obra de arte, si el producto obtenido y otras consideraciones así lo justifican.
Para mí, el libro de Cernuda no ha sido otra cosa que el factor desencadenante de una serie de estados de ánimo susceptibles de ser trasladados a una posible plasmación musical. Cada uno de los movimientos es, si se quiere, una "glosa" del poema que lo encabeza, por lo que no es en absoluto desdeñable el hablar aquí de música "descriptiva", siempre dentro de los límites de la más pura abstracción.
El reducido espacio de estas notas me impide un análisis musical en profundidad, por lo que descartaré cualquier tipo de tecnicismo y me limitaré a la más simple orografía de la partitura. Escrita para una gran orquesta sinfónica, Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda) precisa para su ejecución, además, de un excelente primer violoncellista y de un recitador, a cuyo cargo ha de correr la lectura íntegra de los cuatro poemas que encabezan cada uno de los cuatro movimientos de que consta la obra. El violoncello solista, elemento unificador a lo largo de toda la obra, con el que he querido evocar musicalmente la figura del poeta, es tratado casi siempre a solo, como si de otro recitador se tratara, salvo en el último movimiento, en el que pasa a desempeñar un papel concertante.
La obra se abre con el movimiento titulado Preliminar, basado en la cita de Goethe (tomada por Cernuda de Polygnote Gemälde in der Lesche zu Delphi) que, de igual manera, sirve de preliminar al libro.

Johann H. W. Tichsbein (1751-1829), Goethe en la campiña romana (1787).
Instituto de arte Städel, Frankfurt

Ocnos. Museo Pio-Clementino del Vaticano

Pregón tácito y La tormenta son los títulos de los movimientos 2º y 3º, respectivamente. El 4º y último, Escrito en el agua, es, para mí, el poema de mayor calidad literaria y de más profundo contenido de toda la colección: en cierto modo, su deslumbrante estructura sirve de guía a toda la obra. Por razones que no están excesivamente claras, este poema, con el que se cerraba la edición inglesa (Oxford, 1942), no aparece en la primera edición española (Madrid, 1949), figurando en las más recientes como Un poema excluido de Ocnos.
La partitura de Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda) está dedicada a la ciudad de Sevilla, verdadera protagonista del libro, a la que, por motivos obvios, me siento especialmente vinculado.

Programa del estreno de Ocnos (Madrid, 1988)

La obra fue estrenada en el Teatro Real de Madrid el 4 de febrero de 1988 por el recitador Julio Núñez, el violoncellista Arturo Muruzábal y la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo. En 2003, la grabación del estreno fue incluida en el primer volumen de la colección de CDs "Premio Reina Sofía de Composición Musical" del sello RTVE.

Portada del CD del sello RTVE (2003)


Grabación Orquesta de Radio Televisión Española. Julio Núñez (recitador) y Arturo Muruzábal (violoncello). Dir.: Juan Pablo Izquierdo


Notas para un análisis


Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda) está escrita para una para gran orquesta cuya plantilla es la siguiente:
Maderas: 3 Fautas en Do (el 3º con Flautín) 1 Flauta en Sol; 3 Oboes, 1 Corno inglés; 3 Clarinetes en Sib, 1 Clarinete bajo en Sib, 3 Fagotes y 1 Contrafagot.
Metales: 8 Trompas en Fa, 6 Trompetas en Do, 3 Trombones y 1 Tuba.
Percusión: 5 Percusionistas, con 8 Timbales, 4 Platos suspendidos, 2 pares de Platillos, Tam-tam grave, Marimba, Xilófono, Glockenspiel, Bombo, Caja y Wind-chimes de metal y cristal.
Celesta.
Dos Arpas.
Piano.
Cuerda: 16 Violines I, 14 Violines II, 12 Violas, 10 Violoncellos y 8 Contrabajos.
Otros: 10 cajas de música, cuyo manejo es asignado a otros tantos músicos de la orquesta.
Solistas: un Recitador, del que puede prescindirse en una versión puramente sinfónica, y un Violoncello.
Una segunda versión, realizada en 2001, reduce la sección de Metales a 5 Trompas, 4 Trompetas, 3 Trombones y 1 Tuba.

La obra con la recitación completa de los poemas de Cernuda seleccionados, dura unos 35 minutos.

En cuanto a la estructura formal, podría decirse que es tan libre como la de los poemas de Cernuda que integran la colección de Ocnos. La propia libertad formal consustancial a cualquier poema en prosa fue, en cierto modo, una fuerte sugerencia para la estructuración formal de la música, que, a grandes rasgos, sigue bastante fielmente el plan estructural del último de los poemas seleccionados: Escrito en el agua. Por tanto, creo conveniente un comentario sobre dicho poema, antes de pasar a detallar la forma en que su planificación ha influido (o inspirado) la de la música de mi obra.

Escrito en el agua es un poema que el propio Cernuda excluyó de la versión definitiva de Ocnos, publicada en España. Por su claridad en este sentido, transcribo aquí un fragmento del estupendo prólogo de Jaime Gil de Biedma a la edición de Taurus de 1977:

"A los treinta poemas inicialmente escritos en conmemoración de su infancia y juventud en Sevilla, la segunda y la tercera edición añaden siete sobre el mismo tema, junto con cinco más, evocadores de momentos de su vida en España. A ellos se sumaron veintiuno que responden a tesituras muy diferentes: unos evocan experiencias vividas durante los años de exilio, otros son más bien divagaciones con "resonancia intelectual pero con regusto poético", según él dice. Algunos de estos últimos probablemente se escribieron para otra colección que tuvo en proyecto y cuyo título –Marsias, el flautista rival de Apolo, símbolo suyo favorito del poeta y de su trágico destino- sugiere motivaciones que nada tienen que ver con la conmemoración, o el exorcismo, de ciertos instantes de la propia vida. En cambio, a partir de la segunda edición quedó suprimido el poema que en la primera cerraba el libro, y era como una coda que explicitaba su sentido. Escrito en el agua –que así se titulaba- rezuma un complaciente patetismo que al autor debió resultarle un poquito embarazoso en la relectura, pero acaso su eliminación se debió sobre todo al hecho de que al crecer Ocnos y tomar otro sesgo, esas dos páginas quedaban sin función ninguna en el conjunto. Éste, en la forma en que nos ha quedado, no pierde valor poético ni tampoco interés humano, pero sí unidad y quizá también entidad propia. En cierto modo se ha convertido en un texto marginal y complementario a la segunda mitad de La Realidad y el Deseo, la que va de Las Nubes a Desolación de la Quimera."

Ni que decir tiene que la preocupación que Gil de Biedma supone en Cernuda ante la relectura del último poema, cuya pesadumbre le lleva a excluirlo, no tiene por qué reflejarse en el caso de la partitura compuesta sobre Ocnos, en que no pretendo en modo alguno musicar (o, mejor dicho, escribir una música que refleje) de arriba a abajo el libro. Eso, desde un punto de vista artístico, se me antoja que no hubiera tenido demasiado sentido, y, en cualquier caso, no fue mi propósito. Al interesado en todo este asunto puede extrañarle que yo decida terminar la partitura de Ocnos con la recitación y música consecuente sobre el poema excluido por Cernuda; pero mi intención era más bien empapar mi música del carácter y la pesadumbre del texto. De ahí la segunda y más larga parte del título de mi obra: Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda, cuya presencia considero aún más importante que la del primero, que no es más que una referencia muy clara a la obra más importante del poeta, y a la que en cierto modo da razón de ser a mi partitura... y al poema Escrito en el agua, en que la parte dedicada a la infancia y la adolescencia –esté o no Sevilla latiendo en el fondo del texto- es tan o más primordial que la de los restantes poemas de Ocnos.

Consideraciones literarias aparte, Escrito en el agua se divide claramente en cuatro actos y un epílogo, considerando como tales a cada párrafo del poema. La unidad de cada párrafo es perfecta, y a ello contribuye el que cada frase es como un eslabón de una cadena, que se ensambla perfectamente con el anterior y el posterior. A su vez, la última frase de cada párrafo sirve de eslabón para engarzarse al párrafo siguiente, formando una suerte de transición continua, casi imperceptible, en que el poeta recorre en un par de páginas todos los estados anímicos esenciales de su vida. Permítaseme una vulgaridad: no se puede decir más, con menos palabras. Y ni qué decir tiene que los cuatro actos y el epílogo lo son de de un auténtico drama.

El primer acto evoca la sensación de permanencia de la niñez. El segundo, la inconsciencia de la adolescencia, con su búsqueda constante del amor y sus continuo desengaños que, a la larga, llevan a un tercer acto, el de la juventud y primera madurez, en la que la pasión amorosa puede ser dirigida hacia la propia naturaleza. Comoquiera que ello acaba también por efímero, se hace necesario buscar la permanencia, la eternidad (como una búsqueda de la sensación de la eternidad perdida de la niñez) mediante lo que se considera inmutable: Dios. Pero el cuarto acto, que para el creyente es el final, la dicha absoluta, para el no creyente no es más que el comienzo de un nuevo suplicio: el de la constatación, hacia el final de la vida, de que la eternidad no existe, del engaño continuo y cruel que ha sido la vida. El epílogo no es otra cosa que la angustia vital consiguiente a la constatación de la inexistencia de lo eterno, que lleva al poeta a pensar en su propia insignificancia, dentro del más absoluto desaliento.

De entre el resto de los poemas que configuran la colección de Ocnos seleccioné otros dos: uno referente a un recuerdo de infancia (muy relacionado con la música, por otra parte, o mejor, con el aspecto musical de un hecho cotidiano): Pregón tácito, y otro relacionado con la naturaleza y la forma en que la misma impresiona al poeta: la descripción de un impresionante fenómeno, y sus efectos (miedo primero, sosiego después) sobre el ser humano: La Tormenta. De la misma forma que el libro de Cernuda, mi música se abre con la recitación del mismo texto que él usó como Preliminar: un fragmento de J. W. von Goethe, procedente de Polygnote Gemälde in der Lesche zu Delphi. Este fragmento, y la música adyacente a él, sirve, como en el libro, de introducción a la obra. En él se describe al personaje mitológico de Ocnos

En cuanto a la música y su relación estructural con Escrito en el agua, Pregón tácito pretende evocar la atmósfera del primer acto-párrafo: la permanencia, la estabilidad, la sensación de que todo es eterno e inamovible. La música se basa en lo repetitivo (anillos, fórmulas retrogradables, cajas de música cuyas melodías, repetidas incesantemente, pretenden sugerir esa atmósfera de lo infinitamente duradero, al mismo tiempo que nos retrotraen a la infancia, de la que su timbre suele ser uno de los recuerdos más preclaros).
El segundo párrafo del poema está evocado por la última sección de este movimiento, constituida por un larguísimo crescendo de la cuerda que poco a poco va abriéndose hasta explotar en una brillante secuencia armónica que, como un orgasmo, se disipa en pocos segundos. La transformación de la música, de casi indiferente e imperturbable, a voluminosa, corporal, y sensualmente tonal, no es sino una evocación de la inmersión del poeta en el delirio del amor, queriendo ser el fragmento tonal una recreación de la pasión carnal, que a su vez es bruscamente rota (cambio brusco a Reb mayor): "... mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos, dejándolos vacíos".
La Tormenta pretende reflejar la pasión por la naturaleza que se desprende del tercer párrafo del poema, terminando con el sosiego, un punto inquietante, de la llegada de la calma. Por su parte, Escrito en el agua es, como el resto de la música de Ocnos, un comentario musical al poema del mismo título. El hecho de que la forma general de la obra siga, a grandes rasgos, las líneas maestras de este poema, no le confiere al movimiento que lleva su título un carácter especial. La música pretende comentar los dos párrafos finales del poema, y por ello se hacen necesarios para su carácter el patetismo y la desolación. Sólo hay un atisbo de grandiosidad en el crescendo de maderas y metales, que pretende ser un reflejo de la luminosa esperanza que precede a la invocación a Dios. Cuando esta esperanza se ve defraudada, la música, llegada ya al clímax, se rompe, se despedaza, se desgarra, como debió desgarrarse el alma del poeta al hacerse en ella "la luz de la oscuridad". El desaliento, la soledad, son las notas más características del final de la obra, junto con una infinita poesía.


Textos


Preliminar

Cosa tan natural era para Ocnos trenzar sus juncos como para el asno comérselos. Podía dejar de trenzarlos, pero entonces, ¿a qué se dedicaría? Prefiere por eso trenzar los juncos, para ocuparse en algo; y por eso se come el asno los juncos trenzados, aunque si no lo estuviesen habría de comérselos igualmente. Es posible que así sepan mejor, o sean más sustanciosos. Y pudiera decirse, hasta cierto punto, que de ese modo Ocnos halla en su asno una manera de pasatiempo.

(Johann Wolgang von Goethe (1749-1832), Polygnote Gemälde in der Lesche zu Delphi)


Grabación Orquesta de Radio Televisión Española. Julio Núñez (recitador) y Arturo Muruzábal (violoncello). Dir.: Juan Pablo Izquierdo
I. Preliminar

Primera página del primer movimiento de Ocnos


Pregón tácito

Con afecto sonriente, como se consideran los caprichos graciosos del niño, consideras en el recuerdo aquellos carritos blancos de vendedor de helados (aunque el helado no te atraiga grandemente) que, a la tarde, aparecían por bulevares y avenidas de la ciudad, sonando alegres, para atraer compradores, su airecillo de caja de música, infantil, delicioso, trivial.
Unas veces los oías desde la vivienda de un amigo, cuarto bajo con su ventaal soleado y abierto sobre la avenida marina, que palmas y eucaliptus sombreaban frente al mar. El cielo maravillosamente azulado y elíseo pasaba poco a poco por todos los matices del caleidoscopio que era allí la puesta de sol, tiñendo el aire en visos inapresables e inexpresables.
Otras veces los oías desde la ventana alta de tu cuarto, allá abajo, en el hondo cañón de la avenida, los oías venir desde bien lejos, hasta que a fin divisabas el cochecito blanco sonando su airecillo halagüeño. El cielocaía en sombras, encendiéndose al pie de tu ventana la feria mágica de las luces urbanas, trazando un mapa en el que sólo sabías distinguir e identificar el resplandor como de faro que coronaba el templo babilónico de los mormones. Y aún oías el airecillo de caja de música que, a distancia, seguía llegándote con intermitencias.
El recuerdo de unos días placenteros, de una experiencia afortunada en nuestro existir, puede cristalizar en torno a un objeto trivial que, al convertirse indirectamente en símbolo de aquel recuerdo, adquiere valor mágico. Y, sin embargo, oh paradoja, bien que puedas evocar y ver dentro de ti la imagen de aquellos carritos del helado, no puedes en cambio recordar ni tararear dentro de ti el airecillo que sonaban, la musiquilla aquella, ahora inasequible, aunque idealmente siga sonando silenciosa y enigmática en tu recuerdo.

(Luis Cernuda, Ocnos, cap. 63)


Grabación Orquesta de Radio Televisión Española. Julio Núñez (recitador) y Arturo Muruzábal (violoncello). Dir.: Juan Pablo Izquierdo
II. Pregón tácito

Primera página del segundo movimiento de Ocnos


La tormenta

Por el pinar de las brujas, tierra honda, troncos gigantes, cielo amenazador, donde la fronda centenaria más que brindarte protección parecía aliarse maléfica con la tormenta, el primer trueno rompió aún lejano, al cual fueron impulsando otros, como masa de aquellas piedras oscuras deprendidas de sus cimas y torrenteras, rodándole y rodando con él montaña abajo.
¿En quién brotó primero el sobresalto que contagió al compañero, en ti o en tu caballo? De siglos atrás volvía a la conciencia un recelo ancestral ante aquello que no era imposible considerar, en su fragor y su violencia, como cólera de la creación y su dios escondido, emparejando el instinto elemental del ser con las fuerzas elementales de la tierra. Todo venía allí a corroborar la leyenda de tantas reuniones sabáticas por aquel pinar, fuese accidental, como el tronar y el relampaguear, fuese consustancial, como lo enriscado y ceñudo del paraje.
La lluvia, abatida con fuerza, tornaba inútil aun el cobijo de los troncos más frondosos, porque su masa argentada pasaba las ramas , para luego, al tocar la tierra, dividirse en vetas fragmentarias ladera abajo. Mejor parecía esacpar con ella que no aguardarla inmóvil, como si la rapidez de la carrera pudiera dejar atrás de su caballo al trueno y al aguacero. Pero fueron ellos quienes te dejaron adelantarles, amainando ya desde las crestas, en tanto el cielo hosco, allá por una hendidura entre las nubes, libertaba un vapor amarillento.
Todo se aquietó al aparecer la luz poniente, aunque con pausa agreste de indecible encanto todavía se escuchara el rumor de las gotas rezagadas, cayendo dede el borde de las hojas a tierra, que ahíta de agua cedía bajo los cascos del caballo. Y con la luz se alzó el canto de un cuco, al que pronto respondió otro, o el eco mismo, sus intervalos de diálogo alado cruzando a través del atardecer, hasta unirse fulgor y silbo dentro del aire con una misma causalidad, así como antes se unieron por él relámpago y trueno.
Entonces descabalgaste nuevamente, esta vez no para esperar la tormenta, sino para despedirla y contemplar entre las cosas aquel renacer de un sosiego al cual el hombre parecía ajeno, pero que sin duda las brujas, dadivosas un momento con el viandante de su pinar, te permitían vivir y conocer antes de regresar al pueblo y a las gentes, aún sobresaltado, húmedo y dichoso.

(Luis Cernuda, Ocnos, cap. 41)


Grabación Orquesta de Radio Televisión Española. Julio Núñez (recitador) y Arturo Muruzábal (violoncello). Dir.: Juan Pablo Izquierdo
III. La tormenta

Primera página del tercer movimiento de Ocnos


Escrito en el agua

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí esa ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver pronto a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.
Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.
Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.
¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.
Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra, el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia.

(Luis Cernuda. Un poema excluido de Ocnos)


Grabación Orquesta de Radio Televisión Española. Julio Núñez (recitador) y Arturo Muruzábal (violoncello). Dir.: Juan Pablo Izquierdo
IV. Escrito en el agua

Primera página del cuarto movimiento de Ocnos


Críticas



A propósito de Ocnos, de José Luis Turina, obra para gran orquesta inspirada por los poemas de Luis Cernuda
Por Henri Dutilleux, presidente del jurado del IV Premio "Reina Sofía" de composición musical de la Fundación Ferrer Salat
(Comentario redactado en octubre de 1986, tras la concesión del premio)

Se trata de una partitura cuya escritura denota, tanto en el plano de la forma como en el de la realización, una notable maestría por parte de un compositor todavía joven. Es la obra de un artista a la vez inteligente, sensible, imaginativo y preocupado por expresar claramente su pensamiento en un lenguaje enteramente actual, totalmente de nuestro tiempo, sin concesiones a la facilidad... ... Lo que es seguramente consciente es el gusto por una cuidad mise en oeuvre, por un bello trabajo artesanal. Los grandes músicos ahora reconocidos como "clásicos contemporáneos" (Strawinsky, Bartók, Schoenberg, Berg... por no citar más que a unos pocos, después de Debussy, de Falla, Ravel, etc...) han tenido, cada uno a su manera, ese gusto por el trabajo bien hecho, irreprochable en el plano del metier, independientemente de su genio. Esta cualidad, que no es tan común en nuestra época, es una dicha encontrarla en un joven músico como José Luis Turina, tanto más cuando va asociada a otras cualidades en el terreno de la invención...


Estreno de Ocnos de José Luis Turina
Por Carlos Gómez Amat
(Crítica leída en el programa De Musica de la SER el 5 de febrero de 1988)

[…]
Pero lo que más nos interesa es el estreno de José Luis Turina, que señalamos como un importante acontecimiento para la música española. Su Majestad la Reina había entregado minutos antes al compositor Ángel Oliver el premio que lleva su nombre, instituido por la Fundación Ferrer Salat, correspondiente al año pasado, y luego asistió a la presentación de la obra premiada en el 86. Lo primero que hay que resaltar en Ocnos, la nueva obra de Turina, es la elección de los bellos textos de Luis Cernuda, y el homenaje que poeta y músico, sin concesiones, hacen a la ciudad de Sevilla. La música es una especie de comentario espiritual a las palabras, que se recitan o, a falta de voz audible, deben leerse por los oyentes, a manera de punto de partida. José Luis Turina sabe bien una cosa que aquí hemos repetido: hay textos no musicables, a los que la música no puede añadir nada, si no es una molesta confusión, y que por tanto deben quedarse en su pureza verbal. En cuanto a la música, nos parece sencillamente magistral y madura. El uso de los timbres, la coherencia sonora y el impulso con el que se logra lo que se intenta, son ejemplares. Esto sólo se consigue con una gran técnica. La técnica nunca sobra y, contra lo que algunos creen, no corta las alas. Al contrario, añade envergadura para volar más alto. El espectador poco avisado puede encontrar excesivo, al principio, el dramatismo de esta música, que empieza desde la misma ironía del viejo Goethe. Pero lo cierto es que ahí comienza la gran pregunta sobre el quehacer humano en el tiempo y ante la muerte, que se ha de rubricar con el último y conmovedor poema en prosa de Cernuda: Escrito en el agua.
Turina utiliza todos los recursos de su tiempo, desde lo repetitivo a la riqueza de la percusión. Lejos de la descripción, aunque alguna vez la roce, es esta una música de ambiente, todo lo contrario de la llamada “música ambiental”. Esta última se oye como quien oye llover, y la de José Luis Turina te llueve encima y te cala. Prende la atención de principio a fin. En estos tiempos, en los que hay compositores que consideran “viejas” a sus propias obras cuando han pasado diez años, es bueno que se nos ofrezca música con un toque intemporal, no sujeta a modas, y con un claro poder de permanencia.
En el comentario sobre artistas jóvenes se suelen usar elementos muy socorridos: el de las generaciones, el de la edad, el de las influencias recibidas, etc. Este es un país donde se puede ser “joven compositor” hasta la jubilación administrativa. José Luis Turina está ya en su madurez y es uno de los primeros músicos de la España actual, como lo fue el abuelo en la de su tiempo. Uno y otro permanecerán. Que una obra como Ocnos se componga entre nosotros y se aplauda con calor por nuestro público, es un motivo de esperanza y de orgullo. El éxito fue muy grande, porque los filarmónicos han ido formando su gusto. El compositor mostró su gratitud al inmortal poeta, levantando sus cuartillas. El recitador, Julio Núñez, un poco demasiado teatral, puso convicción en su papel, y fue perjudicado por una deficiente amplificación. El violoncellista Arturo Muruzábal contribuyó con la nobleza de su arte.


Ocnos
Por Tomás Marco
(Crítica publicada en Diario 16, el 6 de febrero de 1988)

Sobre los magníficos poemas de “Ocnos”, de Luis Cernuda, el compositor madrileño José Luis Turina (1952) compuso una obra del mismo titulo que ganó en 1986 el premio Reina Sofía, y se ha estrenado ahora en una cuidadosísima y excelente versión del director chileno Juan Pablo Izquierdo al frente de la Orquesta de RTVE.
Ocnos es una gran obra y una gran música. Turina tiene un oficio esplendoroso pero también talento, y su obra es sensible, nueva y sólida, como una gran sinfonía en cuatro partes conducida por los recitados, discretamente hechos por Julio Núñez, y por un violonchelo solista magníficamente tocado por Arturo Muruzábal.
Asume incluso un descriptivismo interiorizado que transfigura los poemas y consigue la atracción de lo profundamente novedoso y la emoción de lo verdaderamente sentido. Una gran obra, estupendamente montada por orquesta y director.
[…]


Brillante estreno de "Ocnos", de José Luis Turina, Premio Reina Sofía 1986
Por Antonio Fernández-Cid
(Crítica publicada en el diario “ABC” de Madrid el 7 de febrero de 1988)

Una hora después de la entrega por Su Majestad, en el Palacio Real, del diploma acreditativo del Premio que se engalana con su nombre, instituido por la Fundación Ferrer Salat y correspondiente a la quinta edición de 1987, Doña Sofía presenció, en el vecino Teatro Real, el estreno del de 1986: Ocnos, de José Luis Turina, bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo, en el que destacó la voluntad de servicio y el abandono de zonas trilladas.

Hay ocasiones en las que el crítico lamenta profundamente no disponer de espacio más amplio para extenderse en el comentario de un concierto. El ofrecido esta vez por la Sinfónica de RTVE, que dirigió el chileno Juan Pablo Izquierdo, reclamaría una glosa detenida no sólo por la novedad importante ya indicada, sino por el interés de todo el programa, acreditativo, por parte del maestro, de una gran voluntad de servicio, ante el abandono de apoyaturas en territorios trillados y la inclusión de alguna obra -tal el Concierto para violín de Alban Berg- que por sí sola da relieve a una sesión. Quede, al menos, bien subrayado con aplauso el hecho.
El cuarto premio “Reina Sofía”, concedido por el patrocinio de Carlos Ferrer Salat, presente y lejos por unas horas de sus inquietudes olímpicas, ha venido a confirmar, de una parte, la jerarquía selectiva lograda por la prueba, gracias al acierto de sus jurados y el prestigio que impulsa concursantes de relieve; de otra, la calidad grande que, entre las jóvenes promociones, muestra José Luis Turina, madrileño de 1952, nieto de compositor famoso y empeñado en serlo él mismo por caminos bien distintos.
Su Ocnos, para grandísima orquesta, con dotación especialmente amplia de un metal “cuasi mahleriano” en el número, exige con misiones destacadas un recitador y un violonchelista. Aquél, porque la obra parte de los poemas del mismo título originales de Luis Cernuda que deslumbraron al joven Turina cuando los conoció en su etapa romana, allá por 1980. Dos años después se decidió a glosarlos en música. Cuatro más tarde alcanzaba el reconocimiento de este premio. Y si Cernuda recogió un día los recuerdos de su niñez y su juventud sevillana, José Luis Turina dedica a Sevilla esta partitura, posiblemente la más redonda, la de mayor encanto entre las que conozco suyas.
Son cuatro las partes y está marcada la exigencia de precederlas por la lectura de los poemas que recitó con acierto aplaudido, si bien algo tomada la voz, un actor conocido y prestigioso, Julio Núñez.
Un seco acorde fortísimo abre el camino y da paso al primer monólogo del cello. Han de ser tantos como partes componen la obra y sólo en la última interpola alguna intervención en las del conjunto. Es muy feliz este otro cometido individualizado, sensible, coherente y servido de forma espléndida por el solista de la Sinfónica de RTVE, que después y antes tocó desde su atril el resto del programa en lección de rara modestia, Arturo Muruzábal.
Luego de ese primer monólogo la delicada incorporación de la orquesta es muy lógica. Ya desde entonces se advierte como característica permanente que, sin desdeñar la gran voz ni mucho menos, José Luis Turina no emplea la centuria sinfónica como masa, antes bien, busca el refinamiento, la variedad de los timbres y un a modo de particular descriptivismo, sutil glosa de los poemas, del ambiente que de ellos se desprende. La ebullición del “Preliminar”; los contrastes del “Pregón tácito”, desde los suaves fondos de la cajita de música hasta la explosión que conducirá al remanso monologal del cello; los redobles de timbal anunciadores de “La tormenta”, con la sucesiva serenidad que trae la lluvia -pespunteos de “pizzicatos”-; la fuerza dramática, tan conmovedora en el texto de “Escrito en el agua”, con el acierto de la nota tenida del violonchelo, que en los finales se incorpora al recitador para sumarse pronto, como ya se dijo, a la orquesta, son ejemplos de una calidad que culmina en el buen gusto de un final refinadísimo.
Y como la versión de los solistas, de la orquesta y el gobierno de Juan Pablo Izquierdo fueron muy afortunados, el éxito se alcanzó de forma infrecuente para obra de estreno y José Luis Turina hubo de comparecer entre sus intérpretes varias veces ovacionado.
[…]


El alma en música
Por Arturo Reverter
(Crítica publicada en el nº 22 de la revista Scherzo, marzo de 1988)

[…]
Lo mejor desde el punto vista de la interpretación global puede ser que se diera en la obra estreno, IV Premio Reina Sofía de la Fundación Ferrer Salat, una partitura sumamente meritoria, bien hecha y rematada, plagada de detalles de excelente e inspirada música, buena muestra del arte cada vez más refinado, sentido y profundo de José Luis Turina.
La composición aparece estructurada en cuatro secciones claramente diferenciadas: Preliminar, que emplea texto de Goethe, Pregón tácito, La tormenta y Escrito en el agua, que utilizan poemas en prosa del libro Ocnos de Luis Cernuda, cuyo mundo onírico, nostálgico, amargo, dotado de una desnuda e impresionante belleza, ha intentado plasmar, desde su óptica y con notable fortuna, el compositor. Un recitador -en este caso un algo desvaído y no siempre preciso, pero sobrio Julio Núñez- desgrana los textos, subrayados en ocasiones por música y separados entre sí por intermedios alusivos a su íntimo contenido. La organización del conjunto sigue, a grandes rasgos, la de los antiguos melólogos -o monólogos o melodramas- de un Benda. La calidad evocativa y dramática de poemas y música abonan esta adscripción.
El violoncello es gran protagonista, con su permanente soliloquio, con su tensa declamación, junto a la voz recitante. Interviene ya tras el violento acorde con que se inicia la obra. Luego de la primera presencia del texto, después de sucesivas figuraciones del solista de cuerda, sobrevienen pasajes en los que la temperatura de la pieza comienza a fraguarse: combinaciones maderas-celesta-xilófono, aparición de metales al final de un lento crescendo, clímax subsiguiente. Las trompetas, con notas mantenidas, cierran esta parte inicial culminando un lento proceso en el que han tenido lugar una danza ensoñadora, unos suaves toques de bombo seguidos de los metales y un feroz acorde en tutti.
El clarinete bajo abre el comentario musical a Pregón tácito, en el que destaca enseguida una frase sombría de la cuerda, que se debate en medio de pasajes cromáticos, que conduce inexorablemente a un enorme crescendo y a un liberador acorde perfecto. La sección es firmada por pizzicati del cello. La tercera parte es quizá la menos lograda y sugerente. Escrita impecablemente, da paso a un descriptivismo puede que excesivo, con timbales subrayando frases como “… el primer trueno rompió aún lejano”. La percusión en pleno tiene aquí su gran momento, los metales (reforzados sobre la plantilla habitual) disparan rápidas y violentas andanadas. La calma retorna tras un pasaje semialeatorio. Divisis, primeros atriles y cello, solo una vez más.
El pulso y la mayor finura, la gran música reaparecen en los pentagramas alusivos a Escrito en el agua, un poema auténticamente demoledor. El timbre de la marimba anuncia unos tristes y sombríos contrapuntos, preparatorios de una casi religiosa peroración de los metales. Interviene, ya con aire de canto postrero, cada vez más desgarrado, el violoncello -el alma del poeta-, los timbales marcan una siniestra danza, iluminada, sobre la oscura voz del clarinete bajo, por leves pizzicati del arpa. Una nota larga, aguda –“¿Cómo puedo existir yo?”- se une imperceptible y delicadamente al timbal, que con un toque suave, casi una caricia, concluye la composición en clima sereno, contemplativo, pero triste, de asunción de una realidad nada alentadora: nihilista.
Para terminar, debe consignarse, además del triunfo, el excelente trabajo del violoncellista Arturo Muruzábal.


Cernuda en José Luis Turina
Por José Ramón Ripoll
(Comentario publicado en el libreto del CD “Premio Reina Sofía de Composición Musical” del sello RTVE, y en la página web Centro Virtual Cervantes el 3 de agosto de 2010)

En la década de los años setenta empieza a despuntar la figura de José Luis Turina (Madrid, 1952) como uno de los valores más sólidamente establecidos de su generación. De una vitalidad expresiva deslumbrante, su obra es abarcadora en cuanto asimila lo más avanzado y liberador de la música española del siglo XX, al tiempo que plantea nuevas propuestas que le hacen merecedor de un estilo propio y decisivo. Su amplia formación humanística le anima a acudir a otras disciplinas aparentemente ajenas a la música para trazar, no un paralelismo sonoro con su obra, sino una amalgama de pensamiento, tradición y visión de futuro. Así, la filosofía y la literatura han sido asiduamente visitadas por un autor prolífico que ha cultivado casi todos los géneros musicales.
Una de sus obras más bellas e interesantes, desde el punto de vista poético, y en cuanto a la relación que el autor establece entre música y poesía, es Ocnos, por la que recibió el Premio Reina Sofía de Composición Musical en 1986. Ocnos es un título homónimo del libro que escribió el poeta Luis Cernuda hacia 1940, ya exiliado en Inglaterra, sobre su infancia y primera juventud. Se trata de una serie de evocaciones en prosa, donde el autor habla de un paraíso perdido maravilloso y melancólico a la vez, duro y delicado, en tierras sevillanas. Es un libro pleno, a su vez, de sugerencias musicales, y en cuyo último texto, «El acorde», el autor vislumbra la más pura esencia de esta combinación armónica. José Luis Turina leyó el libro en Roma hacia 1980, y dos años más tarde decidió abordar una obra en la que los elementos memorísticos de la infancia del poeta sirvieran para reconstruir no un plano sonoro paralelo a sus evocaciones, sino un espacio abierto desencadenante de una serie de emociones y motivos sugeridos por el mítico personaje poético. De todas formas, cada una de las partes de la obra puede interpretarse como glosa sonora de la prosa correspondiente que, sin huir del término descriptivo de la música, adquiere entidad autónoma e independiente por sí misma.
Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda) está concebida para gran orquesta sinfónica con madera a cuatro, ocho trompas, seis trompetas, dos arpas, piano y abundante percusión; incorpora además un violonchelo, que actúa como solista, y un recitador que lee los textos en los que se fundan los cuatro movimientos de la obra. El violonchelo sirve como alegoría de la figura del poeta o la conciencia de su propia voz, que al final llega a fundirse con el texto y con la orquesta, en actitud concertante, como analogía de unión natural de la palabra con el todo.
La cita de Goethe que abre la colección cernudiana, de donde el poeta sevillano no sólo extrajo el personaje destinado a brotar sus recuerdos, sirve de base para su primer tiempo, denominado “Preliminar”: “Cosa tan natural era para Ocnos trenzar sus juncos, como para el asno comérselos. Podía dejar de trenzarlos, pero entonces ¿a qué se dedicaría?...”. Como el texto primero, esta obra está dedicada a Sevilla que, sin ser nombrada, desprende sus aromas más íntimos.

Enlace a la web del Centro Virtual Cervantes


Vídeo


Video (TVE): Julio Núñez (recitador), Arturo Muruzábal (violoncello) y la Orquesta de Radiotelevisión Española. Director: Juan Pablo Izquierdo

Madrid, Teatro Real, 4 de febrero de 1988

I. Primer movimiento. Preliminar

II. Segundo movimiento. Pregón tácito


III. Tercer movimiento. La tormenta


IV. Cuarto movimiento. Escrito en el agua


Descargar pdf

(Partitura y particellas sin marcas de agua disponibles en www.asesores-musicales.com )