¡No pasarán!


El presente artículo fue redactado para el número 23 (octubre-noviembre de 2000) de la revista “Doce Notas”, donde fue publicado en la sección "Cajón de sastre" bajo el tan desafortunado como incorrecto título “To much-ismo”, de forma incompleta y bajo el seudónimo “Calidad del Lío”.



La proximidad del verano supone tradicionalmente el cierre de una temporada musical y el avance público de los contenidos de la siguiente. Este artículo quiere ser una reflexión sobre lo uno y lo otro, en torno a un concierto y a un ciclo tutelados por dos centros dedicados a la enseñanza superior –lo que, como veremos, es un decir–: el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y la Universidad Complutense.
El primero cerraba su curso el 2 de junio último con el concierto que, a beneficio de los damnificados por las inundaciones que afectaron el pasado mes de febrero el sur de Mozambique, protagonizaba la Orquesta Sinfónica del centro, bajo la dirección de Mercedes Padilla, en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Música; el segundo anunciaba su temporada 2000-2001, con la divulgación del correspondiente avance entre los asistentes al Auditorio.
Son, en principio, dignas de alabanza ambas iniciativas. La de la Universidad, porque el disfrute de la cultura –y la música, no lo olvidemos, forma parte de ella– y el desarrollar entre sus alumnos el bagaje cultural que se les supone cuando acceden a los estudios superiores no están en absoluto reñidos con la investigación, que es su objetivo principal. La del Conservatorio, porque, dejando aparte el carácter benéfico del acto, qué menos puede pedirse a un centro superior de enseñanza musical que con cierta frecuencia conviva con su entorno y muestre públicamente lo que se cuece en sus aulas. Durante decenios la orquesta del Conservatorio ha sido un imposible con el que se han estrellado las ilusiones y las esperanzas de generaciones enteras de profesores y alumnos. Cuando parecía que en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid no podía prosperar otra agrupación que la de las clases de Conjunto Instrumental –para las de Dirección de Orquesta se contrataba a profesionales–, y cuando la existencia de orquestas de estudiantes había empezado a ser cosa normal en muchos conservatorios más modestos –y no necesariamente superiores– del resto del país, surge en 1994 esta Orquesta Sinfónica, que es dirigida por Luis Izquiedo, primero, Jesús Amigo, después, y desde 1999 por Mercedes Padilla, profesora de Contrapunto y Fuga del Conservatorio Profesional de Música “Arturo Soria”, y en la actualidad del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, en comisión de servicios.
Lo que ya no es tan encomiable es que el desarrollo de ambas iniciativas –divulgativa y formativa, respectivamente– gire en torno a un repertorio que sin duda hay que calificar como “básico” en su sentido más estricto, terminológica y musicalmente hablando.
La programación de ambos acontecimientos, concierto y ciclo, nos recuerda las célebres selecciones, literarias primero y musicales después, del Reader’s Digest, o al repertorio de aquellos discos de “música clásica para los que no aman la música clásica” que se hicieron tan populares gracias a Franck Pourcel y su gran orquesta en la década de los ’60, y que se ha visto revitalizado con adaptaciones que han añadido a la ya de por sí enorme facilidad de las músicas escogidas una serie de elementos rítmicos elementales que las han convertido en el no va más de la simpleza. En ese sentido, la impresión es la de que ambas instituciones se han enfrascado en una lucha enconada por ganar adeptos entre los “nuevos públicos”, en la línea de El Conciertazo o los Clásicos populares. Porque ¿es verdaderamente propio de un centro superior de enseñanza musical formar orquestalmente a sus alumnos, a los que se supone ya avezados instrumentistas, con el repertorio de obras más trillado que se puede encontrar? ¿Y resulta acaso aceptable al carácter superior de la Universidad la programación de un ciclo que se diría musicalmente diseñado para, todo lo más, el área de Música de la ESO? (1)
Y en todo caso, ¿corresponde a ambas instituciones hacer ese tipo de proselitismo? Al Conservatorio no, porque el objetivo de formación de excelencia obliga a poner al alumno de grado superior en contacto con el repertorio más complejo, y no el de aficionado básico, cuya divulgación y conocimiento corresponde a la enseñanza general, las escuelas de música y los conservatorios elementales y profesionales. A la Universidad tampoco, porque en todo caso ello no guarda relación con el objetivo de investigación que, como antes apuntábamos, se le supone, más que prioritario, consustancial.
Y claro está, la música contemporánea está prácticamente ausente de todo el ciclo de la Complutense, y por completo del concierto de la Orquesta del Real Conservatorio, salvo que en este último caso se alegue que está suficientemente representada por el Concierto de Aranjuez, lo que sería especialmente grave: tan grave como ignorar en un acto semejante que en el actual claustro de profesores figuran algunos de los compositores más renombrados del panorama español actual (por no citar a todos los que han pasado por sus aulas desde su fundación –entre los que no se encontraba, por cierto, el maestro Rodrigo–), y que entre los alumnos del último curso de Composición se otorga anualmente un premio extraordinario por una obra cuya audición debería ser obligada en un acto como el comentado, tanto da que sea de clausura de curso, como de apertura, como benéfico. Esta es una práctica habitual en los centros superiores de todo el mundo, y no sólo en el último curso de Composición, sino de forma frecuente a lo largo de los estudios superiores de dicha especialidad.
Lo anterior, con todo, no pasa de ser una pequeña, pero no por ello menos lamentable muestra de hasta dónde pueden llegar las consecuencias de una incultura musical arrastrada durante décadas: a que dos instituciones presuntamente superiores no lo sean más que de nombre, ya que en el fondo no pasan de conformarse con atender lo elemental.
Lo verdaderamente grave es la creencia de estar en lo cierto que una y otra padecen, y que en el caso del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid raya en una arrogancia narcisista que, como es propio, se plasma a través del desprecio hacia todo lo que ose apartarse del rumbo escogido por el centro, que –ahora se ve más claramente que nunca– no es otro que la deriva más absoluta.
Desprecio y deriva son sobradamente conocidos por todos cuantos, de una forma u otra, frecuentan el centro; pero, con cautela sibilina, no suelen hacerse explícitos más allá de los límites del aula o, todo lo más, de la cafetería del centro. Pero si verba volant, scripta manent, y hete aquí que, en una hora sin duda más que tonta, al Real Conservatorio Superior de Música de Madrid le ha traicionado su subconsciente en forma de notas al programa del concierto arriba comentado, y en las que, previamente a los comentarios a las obras que integraban el concierto, firmadas por el Catedrático de Rítmica y Paleografía, Emilio Rey, figuran sendas semblanzas del centro y de su Orquesta Sinfónica.
Pues bien, en la primera de ellas su anónimo autor desvela no sólo una cierta manía persecutoria institucional, al afirmar que “la alta calidad académica está fuera de toda duda, ello a pesar de los avatares y ominosas desidias (el subrayado es nuestro) que a lo largo de los ciento setenta años de historia ha sufrido el centro.” El rápido resumen histórico que a continuación se hace confirma que dichos avatares y ominosas desidias no son otros que los sucesivos traslados del centro, consecuencia de la falta de una sede propia, lo que no se consiguió hasta 1991. ¿Habrían cambiado algo las cosas si esas ominosas desidias no hubieran tenido lugar? Tajantemente, no, como el mismo comentario se encarga de dejar claro a continuación: “Pese a todos esos avatares, el Conservatorio ha sabido imponerse también a los sucesivos y discutibles cambios en las reglamentaciones, regulaciones académicas, abandonos e incomprensiones de todo tipo.”
¡Claro! ¡Eso explica el afecto de sus responsables por la solmisación, las claves antiguas y el contrapunto severo, así como su fobia proverbial hacia la música contemporánea y hacia todo cuanto esté más cerca del siglo XXI que de María Cristina, bajo cuyo reinado se fundó el centro en 1830. Y si eso es así con los contenidos, ¿qué no será con el nuevo plan de estudios y con todas las innovaciones que se derivan de la próxima implantación del grado superior? ¡No pasarán!
Pero todo lo anterior es, sencillamente, anecdótico, ya que, entre las desgraciadas afirmaciones que se deslizan en el programa del concierto de la Orquesta Sinfónica del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, tal vez la más desafortunada es la que informa al lector de que el nombre de su actual directora, Mercedes Padilla, “saltó hace ya varios años a los medios de comunicación por ser una novedad en España el hecho de que una mujer realizara tan complejos menesteres musicales”. Sin duda con la intención del piropo, el autor del texto acaba cayendo en el insulto, al afirmar claramente que no está hecho para la mujer un trabajo tan difícil, lo que trasluce un subconsciente machista inaceptable que, en todo caso, “consiente” el intrusismo de Mercedes Padilla en el mundo de la dirección orquestal, toda vez que tras su bella estampa de fémina se esconde un intelecto de hombre. ¿No habría sido más claro, e infinitamente más elegante, destacar que la labor de Mercedes Padilla al frente de una labor tradicionalmente desarrollada por hombres es prueba evidente de la capacidad de uno y otro sexo para ejercerla por igual?
Pero no todo está perdido. Una rápida consulta a la página web del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid (www.real-conserv-madrid.es) permite vislumbrar que un resquicio de esperanza se abre para cuantos, a partir del presente curso, llamen a las puertas del centro con el fin de iniciar en él sus estudios superiores. En la ventana “Información”, submenú “Plan de estudios 1966”, se lee: “El Conservatorio de Madrid se rige durante este año por el plan de estudios de 1966. Este plan, obsoleto (el subrayado es nuestro), está siendo sustituido por el plan de 1992, conocido como la LOGSE (¡!) (el subrayado sigue siendo nuestro, y las admiraciones también), que entrará en vigor el curso 2000/2001.”
¿No pasarán?

(1) El programa del concierto del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid estaba integrado por la obertura de El barbero de Sevilla, el Concierto de Aranjuez y la Sinfonía del Nuevo Mundo. El ciclo de la Universidad Complutense recoge un buen número de obras de autores que van desde el barroco hasta el siglo XX light (como Britten o Shostakovich), estando el grueso de ellas ocupado por el repertorio clásico o romántico, y sin que falten títulos archipopulares, como la Sinfonía nº 5 de Gustav Mahler o los Cuadros de una exposición. Destaca, por su carácter de descubrimiento musicológico, el Oficio y Misa de difuntos de Mariano Rodríguez de Ledesma, y queda pendiente de desvelarse en su misterio la obra más enigmática del ciclo: Obra española a determinar. ¿Será, por ventura, contemporánea, o eso sería ya pedir demasiado?



Portada del avance de la temporada de conciertos 2000-2001 de la Universidad Complutense de Madrid


Interior del avance de la temporada de conciertos 2000-2001 de la Universidad Complutense de Madrid

Notas al programa del concierto del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid