Las ilustraciones de Marga Gil para las Canciones de Niños, de Consuelo Gil y José María Franco

(Catálogo de la exposición de Marga Gil Roësset. Círculo de Bellas Artes de Madrid, mayo-junio de 2000)


El compositor y director de orquesta José María Franco (1894-1971) escribió, entre 1927 y 1938, tres ciclos de canciones titulados Canciones de niños y uno de Canciones de madres, a partir de sendas colecciones de poemas escritos por su mujer, Consuelo Gil. El primer ciclo de las Canciones de niños fue publicado en 1933(1), y en dicha edición acompañaban al texto de los poemas y a la música compuesta para cada uno de ellos unas muy bellas ilustraciones de Marga Gil, Hermana de Consuelo. Los demás no llegaron a ser editados, pero Marga tenía preparadas las ilustraciones que habían de acompañarlos, alguna de las cuales se exhiben en esta exposición conmemorativa.
La edición de las Canciones de niños constituye un magnífico ejemplo de un tipo de publicación muy del gusto estético de los años de la preguerra española, en sintonía con unos principios sinestésicos o integradores que alcanzaron su punto culminante entre los poetas, pintores y compositores de la generación del 27, en la que no es difícil encontrar interesantes ejemplos. Junto al poeta/pintor, o, más generalmente y en su faceta más modesta, al poeta/dibujante que ilustra sus propios textos (Rafael Alberti y, en cierto modo, Juan Ramón Jiménez, por cuanto de dibujo hay en su curiosa y plástica caligrafía), se da también el poeta/músico (Gerardo Diego), o el caso de García Lorca, que constituye una singular compenetración de las tres manifestaciones artísticas. Pero sin duda lo más frecuente es la colaboración de tres artistas distintos en una misma obra y con un objetivo estético común, lo que en el caso de las Canciones de niños se ve favorecido por el estrecho parentesco entre los tres autores que suscriben la publicación.
El vínculo entre la ilustración y la música, con todo, es muy anterior, y alcanza su apogeo en los últimos años del siglo XIX, en lo que se refiere a la primorosas y un tanto amaneradas ediciones de la denominada "música de salón", y en las primeras décadas del XX, cuando comienza la eclosión de lo que actualmente conocemos como "música ligera", que propició el desarrollo de unas ediciones en las que las portadas, especialmente cuidadas, cumplían el cometido de que, a través de atractivos dibujos e ilustraciones alusivos a los textos utilizados en las canciones, su mera contemplación favoreciera el deseo irresistible de su compra. Fox-trots, pasodobles, tangos y toda clase de bailables y cantables se asociaron desde el momento de su lanzamiento con espléndidos dibujos e ilustraciones que hoy hacen las delicias de cualquier coleccionista.
En la edición de las Canciones de niños tuvo una decisiva importancia el propio Juan Ramón Jiménez, principal asesor de la madrileña Editorial Signo, quien debió de intervenir de forma muy directa en la selección de las tres ilustraciones publicadas en la edición –al parecer, Marga había realizado una por poema y canción, es decir doce, algunas de las cuales se conservan en la casa-museo del poeta en Moguer– y cuya peculiar caligrafía está presente en la cubierta del libro. A juzgar por lo recogido al respecto en las memorias de Juan Guerrero Ruiz, amigo y secretario del poeta durante varios años, Juan Ramón conoció a las dos hermanas cuando Marga era todavía una niña, con la ocasión de la publicación del libro El niño de oro, y en julio de 1932 ayudó activamente a preparar la edición de las canciones.(2)
Las ilustraciones de Marga Gil para las Canciones de niños de Consuelo Gil y José María Franco suponen un cambio de estilo con respecto a las realizadas en 1920 y 1921 para los cuentos de su hermana El niño de oro y Rose des Bois. Si bien en éstas impera un gusto por el detalle, lo que lleva en ocasiones a un inevitable recargamiento modernista, en las ilustraciones de las canciones destaca la sencillez que supone la concentración en la figura del niño y, todo lo más, su sombra y un apunte de paisaje, en una sabia recreación psicológica de la simplicidad infantil que se percibe en el espíritu de los textos y de la música.
Con ello se genera en el contemplador una evocación de la particularmente dura soledad del niño, indefenso ante el mundo que le rodea, que no dudaríamos en calificar, de tan grande como es su semejanza, como influidas por las ilustraciones que Antoine de Saint-Exupéry realizó para Le petit Prince si no fuera porque esta pequeña joya de la literatura infantil para adultos se publicó en 1943, exactamente once años más tarde que las Canciones de niños.

(1) José María Franco (música), Consuelo Gil Roësset (textos) y Marga Gil Röesset (ilustraciones), Canciones de niños. Madrid, Editorial Signo, 1933.
(2) Juan Guerrero Ruiz, Juan Ramón de viva voz, Valencia, Pre-Texos / Museo Ramón Gaya, 1999, vol. II, págs. 33 y 35.

José Luis Turina
Marzo de 2000