Györgi Ligeti: Conciertos para Violoncello, Violín y Piano*

Crítica escrita para el segundo número de la revista “El Veinte” (Madrid, diciembre de 1984), que no llegó a ser publicado



Quizá nos equivoquemos, pero somos muchos los que pensamos que el XX es, además de una revista estupenda, un siglo que será recordado de forma muy especial en el futuro. Claro está que eso no debe preocuparnos a la hora de vivirlo, pero no podemos evitar, en un examen de conciencia histórica, confrontarlo con el pasado para, a modo de bola de cristal basada en la retrospectiva, extraer consecuencias que nos permitan vislumbrar el porvenir. Derrumbado el XVIII, siglo de lo racional por antonomasia, el XIX señala el imperio del desequilibrio, de lo imprevisible que entraña la primacía del sentimiento sobre cualquier otra lógica. Hijuelo de ambos es este XX esquizoide, en el que todo sigue siendo igualmente imprevisible e incierto pero, al mismo tiempo, todo parece querer estar sometido al más férreo de los controles intelectuales posibles.
En continuo debate consigo mismo, el XX ha salido mal que bien del paso de las continuas contradicciones entre las distintas actitudes frente a la tradición heredada: parafraseando a Ortega, las posturas estéticas más radicales se extienden desde la de los paralíticos hasta la de los epilépticos, cabiendo en medio todas las demás, en curiosa amalgama y más o menos pacífica coexistencia. Por presentar el problema –muy conocido, por otra parte– en su forma más maniquea, cabría decir que todas las posturas se aglutinan alrededor de las que integran su producción artística en dicha tradición, siendo apresadas por ella como si de un agujero negro se tratara, y aquellas otras que la rechazan, desprecian o niegan, pretendiendo ese imposible que es "partir de cero". El camino de en medio puede que sea el único que no conduce a Roma, como ya Schoenberg nos había advertido en el prefacio de sus Sátiras, y oportunamente nos recordaba Adorno en la primera página de su Filosofía de la nueva música, pero hoy por hoy sigue siendo el único donde encontrar la virtud, si es que por ella entendemos una actitud positiva de progreso, de evolución sana, por cuanto se apoye sobre el terreno firme proporcionado por una tradición de la que se despegue, sobre la que gire o a la que vuelva, según dicten las exigencias poéticas de cada obra, y sin más hipotecas que las que al propio autor convengan y esté dispuesto a asumir.
Está claro que la música de György Ligeti (Rumanía, 1923) está teñida de esa sabiduría indefinible que sólo es posible alcanzar cuando se está en el punto (estético) exacto en el momento exacto, se sabe aprovechar tan infrecuente coyuntura, y se posee, además de sensibilidad, una maestría artística capaz de superarse a sí misma en cada nueva obra. De la mano de Pierre Boulez al frente del Ensamble Intercontemporain, nos llega una joya discográfica que constituye la demostración palpable de cuanto venimos diciendo desde el comienzo de esta crónica. Se trata, nada menos, de los Conciertos para piano, violoncello y violín, en versiones antológicas protagonizadas por Pierre-Laurent Aimard, Jean-Guihen Queyras y Saschko Gawriloff, respectivamente, como solistas.
Gracias a ella, y en poco más de 67 minutos, podemos "hacer nuestras" tres obras muy especiales dentro del catálogo de Ligeti, así como contemplar la evolución de su pensamiento musical a lo largo de los 26 años que separan el concierto de violoncello (1966) del de violín (1990-1992), entre los que se sitúa el de piano (1985-1988), más cercano al último en el tiempo y, consecuentemente, en la estética.
La edición, muy cuidada en todos los sentidos, no lo está menos en lo que se refiere al orden estratégico en que se suceden los tres Conciertos. Conscientes, sin duda, de la costumbre de una escucha rectilínea por parte del oyente medio, sus responsables nos proponen una alteración leve, pero significativa, en el orden de las obras en relación con la cronología de su composición. Así, en lugar de comenzar la audición por el Concierto para violoncello y orquesta, primero de los compuestos, la grabación nos invita a hacerlo por el de piano, reservando para aquél el lugar central. Ese "salto atrás" que se produce en la escucha nos permite captar, al facilitarse la confrontación entre obras tan separadas en la evolución interior del lenguaje de su autor, una serie de matices reveladores que quizás habrían pasado desapercibidos de haberse dispuesto los tres Conciertos en un orden cronológico convencional.
No parece arriesgado considerar que esa planificación se dirija, un tanto tendenciosamente, a provocar en el oyente la sensación de que estos tres Conciertos constituyen una única obra, basada en un ideal formal monolítico, cuya perfección ha sido perseguida por Ligeti a lo largo de casi tres décadas, hasta llegar a ser alcanzada en el último de ellos (sin olvidar lo relativo de todo ese asunto, cuidado: a los simples mortales nos parece perfecto lo que no lo puede ser para los dioses: con toda seguridad, Ligeti seguirá buscando su propio ideal de perfección, de la que tal vez surja un próximo Concierto en el futuro). Y en esa visión unitaria es cuando vemos con claridad que el lugar que el Concierto para violoncello y orquesta ocupa, sin duda, en el pensamiento de Ligeti, es el de movimiento lento –movimiento central, por tanto– de ese gran ideal de concierto que bulle en su pensamiento y del que de vez en cuando nos deja ver un trozo.
Se considere como una obra global o como tres obras independientes, lo cierto es que estos tres Conciertos son tres piezas magníficas, a cuál más asombrosa, en las que Ligeti nos muestra in extremis su imaginación luminosa, por utilizar un adjetivo tan querido a su pensamiento (presto luminoso, vivacissimo luminoso..., por no salirnos del ámbito de esta grabación), especialmente en lo que al aspecto tímbrico se refiere: desde el tratamiento pianístico de la orquesta, sin que por ello cada instrumento pierda su individualidad tímbrica, en el Concierto para piano, hasta la práctica anulación tímbrica desarrollada en el de violoncello, casi centrado en el unísono de los diferentes parámetros como elemento generador de múltiples ramificaciones. Nuevo en los pagos discográficos es el Concierto para violín y orquesta, lo que justifica gran parte de la expectación generada por la grabación, y por ello merece quizá un comentario algo más extenso.
En el último de sus Conciertos, Ligeti nos deslumbra con una propuesta estética acorde con los tiempos, por cuanto supone de sabia reflexión y acertada síntesis entre el pensamiento actual y la tradición heredada. Así, junto a pasajes en los que encontramos los rasgos característicos de su escritura (como esas melodías que brotan, a modo de destellos, de texturas basadas en el movimiento incesante de pequeños átomos [es imposible evitar la referencia al Continuum para clave], dando lugar a curiosas superposiciones de tempi, o esos pasajes cantabile, cuya fuerza expresiva reside en la inabordabilidad de su tesitura), conviven trazos en los que el acercamiento a la tradición llama poderosamente la atención, por el entronque violento que suponen en el discurso, confiriéndole una carga tensiva resultante de la alerta provocada en el oyente por la desconfianza frente a lo demasiado familiar: desde armoniosos pasajes biensonantes, como los que abren el Concierto, hasta el virtuosismo casi paganiniano de algunos momentos de la fantástica cadenza con la que se cierra, pasando por el empleo de formas cuya herencia quiere ser evidente ya desde el propio título de los movimientos: Aria (larga y hermosa melodía modal, de carácter folklórico), Hoquetus, Coral, Passacaglia... (¿hace falta decir más?). Y un detalle final, que me sorprende no se cite en los comentarios –excelentes, por otra parte– que ilustran la grabación: las cuatro notas largas (fa#, mi, re, do), en el registro sobreagudo del violín solista, sobre un fondo tenue de maderas, al comienzo del cuarto movimiento, reproducen, en movimiento contrario y debidamente transportadas, las cuatro últimas de la serie empleada por Alban Berg en su Concierto para violín y orquesta, que por lo demás, como es sabido, son las primeras del coral Es ist genug, el cual es citado, en su armonización bachiana, a cargo de los clarinetes. A la síntesis de lo personal con lo tradicional se une, además, el homenaje, en forma de cita encubierta, al concierto violinístico más importante del siglo XX.
En resumen: una grabación discográfica sin desperdicio, que permite evaluar, a través de la mejor interpretación imaginable de tres de sus más interesantes obras, la trayectoria y el estado actual del pensamiento de una de las figuras más incuestionables de la creación musical contemporánea.

* GYÖRGY LIGETI: Conciertos para Cello, Violín y Piano (Jean-Guihen Queyras - Saschko Gawriloff - Pierre-Laurent Aimard. Ensemble Intercontemporain. Director: Pierre Boulez). Referencia: Deutsche Grammophon 439 808-2