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Sonata

Para Piano


Nunca ha sido el piano un instrumento que me haya convencido como vehículo de la expresión musical contemporánea: su principio físico, casi nacido al servicio -científicamente pensado, podríamos decir- de una literatura muy concreta, basada en los principios armónicos generados por la resonancia, le hace poco apto, a mi modo de ver, para músicas más preocupadas por otros aspectos del hecho sonoro. Ello no ha sido obstáculo para que el siglo XX haya visto nacer obras magistrales para este instrumento, y de hecho en mi música aparece con notable frecuencia, aunque casi siempre integrado dentro de grupos camerísticos diversos, junto a la voz o a instrumentos quizá menos perfeccionados, pero que se me antojan de mayores posibilidades expresivas. Unas pocas obras aisladas, de escasa envergadura, suponían mi modesta producción pianística, constituyendo en ese sentido esta Sonata un capítulo aparte en cuanto a lo ambicioso de mis intenciones.
A lo largo de sus casi veinte minutos de duración, en la Sonata (como en cualquiera de mis obras) se dan cita mundos aparentemente opuestos, pero en el fondo complementarios: junto a un vocabulario armónico nada tradicional -salvo la presencia aislada, a modo de rápidas ráfagas, de algunos acordes convencionales apenas aprensibles-, a su propios servicio, al de giros melódicos unas veces líricos, otras dramáticos, y otras indefinibles, o al de secciones puramente rítmicas, juegan un importante papel tanto una estructura definida de sonata (estructura, y no forma: por lo evidentemente alejada de los postulados tonales clásicos que le dieran origen), en la que las ideas son expuestas, desarrolladas y, finalmente, reexpuestas siguiendo el orden de acontecimientos consagrado por el uso, todo ello elaborado por medio de un tratamiento virtuosístico de la escritura, que hace de la obra una verdadera sonata en casi todos los sentidos, incluido el figurado de la dificultad que debe acompañar a toda obra así denominada que se precie.
Esta Sonata fue compuesta en Madrid, entre los meses de octubre y noviembre de 1991, a petición del pianista Guillermo González, a quien está dedicada, no tanto como artífice de su gestación y estreno (Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San fernando, 3 de diciembre de 1994), sino como justo homenaje a un gran intérprete cuyo modélico interés por la creación española contemporánea va tan lejos como para resultarle corto el nada escaso repertorio existente.

José Luis Turina


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