Un observatorio privilegiado. (Reflexiones tras 19 años al frente de la JONDE)

Artículo publicado en el nº 9-10 de la revista “Excelentia". Madrid, mayo de 2020


Por varias razones, los días inmediatamente siguientes a la jubilación son seguramente los mejores para abordar un balance con la objetividad necesaria que permite el entrar en una nueva fase, pero sin perder aún de vista la subjetividad resultante de la pasión que se ha puesto en un trabajo tan estimulante como intenso. Han sido diecinueve años y un mes los que he permanecido, desde febrero de 2001, al frente de la dirección artística de la Joven Orquesta Nacional de España, una institución creada en 1983 en el seno de la Dirección General de Música y Teatro, con la que el entonces recién creado Ministerio de Cultura quiso dar un enérgico “tirón de orejas” al de Educación y Ciencia ante la pasividad e inoperancia de éste para desarrollar un sistema de enseñanza musical capaz de proporcionar profesionales cualificados en número suficiente para nutrir la cada vez más intensa vida musical de nuestro país, pródigo durante esos años en la creación de orquestas sinfónicas y en la construcción de nuevos auditorios.
Durante sus dos primeros años, la JONDE dependió jurídica y administrativamente del Organismo Autónomo Orquesta y Coro Nacionales de España, hasta que la creación en 1985 del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM) puso fin a esa dependencia y pasó a ser una Unidad de Producción más de la nueva institución, desarrollando una actividad propia, si bien compartiendo sede con la OCNE en el Auditorio Nacional de Música de Madrid desde la inauguración de éste en octubre de 1988.
Si bien el impulso político para la creación de la JONDE vino dado por José Manuel Garrido Guzmán, director general de música y teatro, el esfuerzo de persuasión y de desarrollo técnico y estructural hay que agradecérselo a Edmon Colomer, que fue su director artístico y musical desde 1983 hasta 1995. A partir de esa fecha y hasta enero de 2001 ocupó el cargo Llorenç Caballero, conocedor de la JONDE desde dentro pues formó parte de la sección de flautas de la orquesta entre 1986 y 1989. Y en enero de 2001 acepté la propuesta que me hizo el entonces director general del INAEM, Andrés Amorós, pasando a desempeñar la dirección artística desde el 1 de febrero de dicho año y hasta el pasado 29 de febrero, en que accedí a la jubilación tras haber rebasado con creces la edad en que, como funcionario en situación de servicios especiales y con el requisito de los años de servicio más que cumplido, podía haberlo hecho.


Vista en retrospectiva, la dirección artística de la JONDE ha sido el punto final del proceso lógico de mi actividad profesional –y vocacional– como docente, que junto con la de compositor es la que he desarrollado durante casi los últimos cuarenta años. Pero el primer eslabón de la cadena no fue el del acceso a un puesto de profesor, sino el de haber conocido y sufrido el sistema educativo musical español desde comienzos de la década de los ’70, como alumno de los conservatorios de Barcelona, primero, y de Madrid , después, padeciendo una enseñanza caótica, masificada y absolutamente desestructurada que, al impartirse todos los grados –elemental, medio y superior– en un mismo centro, y sin la posibilidad alternativa de realizar esos estudios en escuelas de música –modelo de larga trayectoria en Europa pero inexistente en nuestro país, en el que no se regularon hasta 1992–, resultaba excesiva para los aficionados y totalmente insuficiente para que los que abordaban estos estudios con una orientación profesional.
En esas circunstancias, está claro que la creación de la JONDE y su puesta de largo a los pocos meses, con su concierto de presentación en el Teatro Real el 14 de enero de 1984, supuso necesariamente una poderosa llamada de atención sobre lo que era posible conseguir con una buena selección de instrumentistas y un exigente y cuidado trabajo pedagógico, puesto todo ello al servicio de un programa en el que la dificultad de las obras interpretadas fuera plenamente equiparable al abordado por cualquier orquesta profesional. Recuerdo que durante el verano de 1983, siendo yo profesor y secretario del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca, se organizó un importante curso internacional de música para jóvenes intérpretes, a cuyas clases acudieron Edmon Colomer y Alfonso Carrión, secretario técnico de la orquesta, con el fin de conocer y escuchar a algunos alumnos del curso que unos meses más tarde formaron parte de la primera promoción de la JONDE. Ese fue mi primer contacto, aunque muy indirecto, con el proyecto recién creado, coincidiendo en el tiempo con los primeros años de mi actividad profesional como docente. Pero lo más significativo es que para aquel primer concierto la orquesta tuvo que adaptar su repertorio al reducido número de músicos de calidad que se pudo reunir: no más de 60, siendo necesario contar con la colaboración de profesionales para completar alguna sección. Si comparamos esa cifra con la de las Bolsas de Instrumentistas de los últimos años, que no bajan de 250 integrantes, está claro el paso de gigante que se ha dado en lo meramente cuantitativo; pero eso no tendría mucho sentido si no fuera acompañado de otro, todavía mayor, dado en lo cualitativo: desde hace ya bastantes años, España es el país que más candidatos presenta a las audiciones anuales a las dos principales orquestas jóvenes europeas (la EUYO –European Union Youth Orchestra– y la GMJO –Gustav Mahler Jugend Orchester–), a las que algún año ha llegado a contribuir con aproximadamente un 20%, nada menos, de sus integrantes.


Las razones que han permitido pasar de aquella penuria de los años 80 y anteriores a la abundancia actual de profesionales de muy alta calidad son muchas y exceden ampliamente del límite de este artículo, pero quede constancia en enumeración rápida de las más importantes, todas ellas alcanzadas a partir de la promulgación en octubre de 1990 de la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (la tan denostada LOGSE, que si bien fue nefasta en otros ámbitos permitió el “despegue” actual de las enseñanzas artísticas) y su posterior desarrollo a lo largo de la última década del siglo pasado. Son las siguientes:
- La estructuración racional de las enseñanzas en cuatro cursos de grado elemental, seis de grado medio –en tres ciclos de dos cursos cada uno– y cuatro de grado superior.
- La separación efectiva de grados, que permitió que los Conservatorios superiores impartieran únicamente el del mismo nombre, desmasificándolos y posibilitando su orientación exclusivamente profesional.
- La equivalencia a todos los efectos del título superior al de licenciado universitario, y la posibilidad de cursar estudios de tercer ciclo.
- La creación del modelo de Escuelas de música, que permitió separar las enseñanzas no regladas de las regladas, impartidas estas últimas en los conservatorios.
- El incremento de los tiempos lectivos en las enseñanzas instrumentales, que pasaron de unos pocos minutos en los centros más masificados a 60 en el grado profesional y 90 en el superior.
- La enseñanza de Orquesta como base del currículo de los grados medio y superior, lo que obligó a racionalizar la plantilla de los centros –se acabaron los conservatorios profesionales de piano, guitarra y trompeta– para poder posibilitar dicha enseñanza, y con ello la oferta de plazas.
Tras mi negativa experiencia como alumno, primero, y como profesor, a partir de 1981, de un sistema educativo inoperante, consideré un deber ineludible aceptar la invitación para formar parte, en calidad de asesor técnico, del equipo de expertos que, dirigido por Elisa Roche, elaboró a lo largo de la década de los ‘90 el marco normativo de las nuevas enseñanzas de música desde la Subdirección General de Enseñanzas Artísticas del Ministerio de Educación y Ciencia. Para sacarlo adelante hubo que luchar contra una inercia de décadas que había llevado a unas prácticas que en algunos casos habría que calificar de muy perversas; pero finalmente la reforma se impuso y las medidas arriba reseñadas acabaron por producir, al largo plazo de no menos de 14 años que requieren los estudios completos de música, los resultados espectaculares de que ahora disfrutamos y que han hecho de nuestro país una gran potencia musical, que nos permite no sólo dejar de importar profesionales, sino exportarlos para desempeñar papeles de muy alta responsabilidad en las más importantes orquestas extranjeras.


En esa sucesión de encadenamientos alumno-profesor-asesor resultaba plenamente lógico que el siguiente paso –y ya el último– fuera el de gestor, lo que me llegó con la invitación para ocupar la dirección artística de la JONDE. Más allá de la satisfacción de trabajar para una institución pública respaldada sin reservas por todos los responsables políticos que se han sucedido desde su creación, y dotada de un presupuesto suficiente para garantizar su actividad, así como de poder estar en estrecho contacto con las nuevas generaciones de jóvenes músicos llenos de talento y de entusiasmo por el trabajo, y de los muchos directores, solistas, profesores de sección y compositores invitados para colaborar con la orquesta, el puesto que acabo de dejar me ha permitido contemplar, como si de un observatorio privilegiado se tratase, el estado de salud de la enseñanza superior de la música en todo el Estado, lo que se ha traducido en un seguimiento pormenorizado de todos los conservatorios y centros superiores a través de una estadísticas que, año tras año, han dado cuenta de los resultados obtenidos por los alumnos procedentes de cada uno de ellos en las pruebas de admisión a la Bolsa de Instrumentistas de la JONDE celebradas anualmente, y cuya publicación en la memoria anual de la orquesta y su consiguiente difusión a todo el sector educativo (profesores, conservatorios, y responsables de la ordenación académica de las diferentes Administraciones educativas) espero que haya servido, tanto para ratificar lo acertado de su gestión pedagógica, como, en su caso, para administrar los oportunos mecanismos de corrección cuando ésta no produce los resultados deseables.
Termino este artículo repitiendo una vez más el mensaje que tentas veces he hecho llegar a los integrantes de la JONDE en las reuniones de bienvenida a los Encuentros, y en todas aquellas ocasiones en que he tenido ocasión de hacerlo: el paso por una joven orquesta no sólo tiene como objetivo el proporcionarles una formación de excelencia en la práctica orquestal y una experiencia preprofesional de primer orden, sino también el de actuar como una vacuna que les inocule una resistencia a los múltiples riesgos que se van a encontrar en su vida profesional, llena de rutinas que fácilmente pueden conducir a la desmotivación. O dicho de otro modo: que su paso por la JONDE les ayude a recordar a lo largo de su futuro que a la música hay que acercarse siempre con la misma energía, el mismo entusiasmo y la misma pasión con que lo hacen ahora. De lo contrario, su práctica acabará convirtiéndose en un triste y simple “bolo”, tan inútil como estéril.