Palabras de agradecimiento con motivo de la concesión de la Medalla de Oro del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid

(Madrid, Sala Manuel de Falla del Real Conservatorio Superior de Música, 15 de noviembre de 2019)


Sra. Directora general de Universidades y Enseñanzas Artísticas Superiores, Sra. Directora y miembros del equipo directivo del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, profesoras, profesores, alumnas, alumnos, amigas y amigos todos:
Agradezco de todo corazón esta Medalla de Oro que me entrega el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, y que me emociona y abruma al mismo tiempo. Al menos, esos han sido los dos sentimientos que me han acompañado de forma predominante mientras redactaba estas líneas de agradecimiento, que quieren ser también una reflexión y un balance de mi relación intermitente con este Centro, intensa unas veces, más distante otras, pero que siempre ha estado presente en mayor o menor medida.
Esa relación se extiende a lo largo de 45 años, y ha pasado por cuatro etapas bien diferencias, que intentaré resumir a continuación.
1) Llegué al Real Conservatorio Superior de Música de Madrid en octubre de 1973, por traslado de matrícula desde el Conservatorio Municipal de Música de Barcelona, donde había cursado los estudios de Solfeo y el primer año de Armonía. Me incorporé a las clases de Manuel Carra, Hermes Kriales y Antonio Ramírez Ángel, y a lo largo de esa década trabajé con Genoveva Gálvez, Antonio Barrera, Francisco Calés, y finalmente con Antón García Abril y Román Alís, bajo cuya tutela terminé los estudios de Composición en el año 1981. Durante todo ese tiempo padecí y tomé conciencia de que estaba siendo víctima de una política educativa nefasta, tanto porque la falta de una enseñanza no reglada de calidad había llevado a que los conservatorios tuvieran que acoger los tres grados en un mismo centro, con el consiguiente resultado de una enseñanza que, intentando contentar a todo el alumnado que los llenaba de forma masificada, resultaba excesiva para los aficionados y plenamente insuficiente para los que querían cursar estudios profesionales -no atendiendo por tanto de forma satisfactoria ni a unos ni a otros-, como por la necesidad de ajustarse a un plan de estudios absolutamente desestructurado e incongruente, en el que los alumnos –normalmente muy desinformados- de determinadas especialidades –como la de la Composición, entre otras- podían llegar a creer que estaban terminando sus estudios superiores, y encontrarse de repente con que tenía que realizar algunos cursos del grado elemental de algún instrumento para poder titularse.
2) Terminada la etapa de formación, me tocó padecer nuevamente, ahora ya como profesor, los múltiples problemas de aquel sistema educativo, en aulas abarrotadas de alumnos de todas las edades –llegué a tener adolescentes de 13 y 14 años junto a un militar en la reserva y una maestra jubilada en un mismo grupo-, y por tanto con intereses muy dispares hacia mi asignatura. Tras unos años de ejercer la docencia en el Conservatorio Profesional de Música de Cuenca, en febrero de 1985 opté por una plaza de profesor interino de Armonía de este centro, que pasé a ocupar como titular tras las oposiciones celebradas en junio de ese mismo año. Ese nuevo contacto con este conservatorio, impartiendo la enseñanza de dicha asignatura en las aulas del edificio de la Plaza de Isabel II, se mantuvo hasta el cierre del mismo, pasando desde ese momento al Conservatorio Profesional de Música “Arturo Soria”, donde sigo teniendo mi destino definitivo. Hasta esa fecha formé parte, como profesor auxiliar, de la cátedra de José María Benavente, junto con el compositor Agustín González Acilu, y me cupo el honor de ser compañero de claustro de excelentes colegas con los que he mantenido siempre una cordial relación profesional, entre los que figuran nombres muy importantes de la composición actual de los que bien puede ufanarse el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid de tener y haber tenido en su plantilla docente durante estos años.
3) Pero mis labores docentes “efectivas” duraron poco tiempo, puesto que en 1992 se me propuso que me incorporara a la Consejería de Música y Artes Escénicas que, desde la Subdirección general de Enseñanzas Artísticas del Ministerio de Educación y Ciencia, estaba sumida en el desarrollo de la reforma de estas enseñanzas, labor que ocupó toda la década de los años 90 y a la que me sumé con entusiasmo, en la firme convicción de estar colaborando en una reforma tan necesaria como esperanzadora. Si hasta entonces todo hubiera sido un lecho de rosas dudo mucho que me hubiera embarcado en semejante aventura, que me puso a mí y a todo el equipo del que formé parte en el ojo del huracán; pero también nos permitió contar con la colaboración entusiasta de muchos profesores, en su mayoría de este centro, que conscientes de la necesidad de esa reforma no dudaron en prestar generosamente su colaboración, en forma de argumentaciones teóricas sobre el enfoque más adecuado para su enseñanza, de aportaciones técnicas a los nuevos diseños curriculares, o de simples –pero muy valiosos- consejos sobre el trabajo que se estaba materializando en forma de reales decretos, órdenes ministeriales y resoluciones. Tras padecer el sistema, como ya he dicho, como alumno primero y como profesor después, hubiera sido una auténtica incoherencia por mi parte haber rechazado la invitación que se me hizo a colaborar en desmontarlo y sentar los cimientos de un nuevo edificio normativo, y siempre con este centro, del que procedíamos la mayor parte de aquel equipo, como referencia obligada del modelo deseable.
4) En ese trabajo me mantuve hasta el año 2001, con un lapso de año y medio en que volví a mis labores docentes. Y fue a comienzos de dicho año cuando el entonces Director general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, Andrés Amorós, me ofreció el puesto de Director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España, lo que –tras superar el lógico shock- acepté con entusiasmo y en el que aún sigo, tras casi diecinueve años ocupando ese cargo y del que me jubilaré en cuestión de unas pocas semanas. Desde la JONDE he tenido la oportunidad de estar en estrecho contacto con el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, a cuyos profesores he recurrido con frecuencia, tanto para tutelar los ensayos parciales y seccionales de los Encuentros de la orquesta, como para formar parte de los tribunales de las pruebas anuales de admisión, como para sugerirme alumnos que puedan formar parte de la plantilla orquestal de algún Encuentro, en aquellos casos en que ha resultado necesario. Pero lo más importante es que, desde el observatorio privilegiado que supone la Joven Orquesta Nacional de España para pulsar el estado de salud del grado superior de la enseñanza musical, dada la edad de sus integrantes (entre 18 y 23 años), hemos podido comprobar año a año –como lo prueban las estadísticas relativas a las pruebas de admisión que publicamos anualmente- que los alumnos de este centro son, no sólo los que en mayor número se presentan a dichas pruebas (138 de un total de 1.080 en la última convocatoria, lo que supone un 13% del total), sino que además suponen la proporción más alta de la selección final (52 de una Bolsa de 275 integrantes; es decir, casi una quinta parte de los miembros actuales de la JONDE proceden de este centro). Los números cantan de forma objetiva y no me mueve por tanto ningún tipo de pasión especial en ello, pero sí va por dentro una íntima satisfacción al poder comprobar que los múltiples esfuerzos y contrariedades sufridas en la última década del pasado siglo han permitido cosechar unos frutos excelentes, tanto a nivel nacional como internacional, al ponerse España en cabeza, desde hace ya bastantes años, en la participación y selección de las dos principales jóvenes orquestas europeas: La Joven Orquesta de la Unión Europea, y la Joven Orquesta Gustav Mahler. Y cómo no, el hecho de que sea precisamente el centro donde me dejé mucha ilusión y muchas horas como estudiante, primero, y como profesor, después, el que más destaque de entre todos los dedicados a la enseñanza superior de la música en nuestro país, supone un valor añadido que le pone un punto de orgullo sano a la satisfacción general por los resultados alcanzados, y que me ayuda a mitigar el recuerdo agridulce que me dejó mi etapa como asesor ministerial.
Con esta cuarta etapa se cierra mi visión poliédrica del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Los avatares de ubicación física y administrativa por los que este Centro ha pasado a lo largo de su historia son como una especie de maldición que pesa sobre su cabeza, como es la de vagar eternamente por espacios e instituciones que no se ajustan a sus características, porque no están pensados para ellas. Resuelto el problema de los años de peregrinaje con la inauguración, en diciembre de 1990, de esta sede, queda todavía por dar una adecuada salida al segundo. Obviamente la adscripción, en 2010, a efectos académicos y administrativos, a la Dirección General de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid, fue sin duda una buena noticia, porque vino a poner fin al tratamiento tan improcedente como injusto que recibían el conservatorio y los demás centros superiores al ser tratados como centros de educación secundaria. Pero habría sido aún mejor si el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, así como todos los restantes conservatorios superiores del Estado hubiera adquirido de pleno derecho un marco jurídico propio a través una Ley de Centros superiores de Enseñanzas Artísticas que se quedó en poco más que un primer boceto de borrador en el que empezó a trabajar a mediados de la década de los 90 la Consejería Técnica de Música y Artes Escénicas de la que formaba parte.
Termino ya. En un alarde de ingenio culto, un alumno de este Centro puso en circulación, a los pocos días de inaugurarse esta sede, un chascarrillo muy celebrado entonces, cuando todavía flotaban en el aire, ya con cierta nostalgia, los efluvios de aquella revista satírica y cruelmente mordaz de los años 80 que, con el nombre de “La Matraca”, no dejaba títere con cabeza de todo cuanto se refería a la enseñanza de la música en general, y a la de este centro en particular. Venía a decir algo así como que en el dintel de la entrada principal, sobre las figuras alegóricas que la adornan, bajo el nombre del centro y en sustitución del “San Carlos” que designa el edificio, debería figurar el mismo lema que imaginó Dante para la puerta del Infierno: Lasciate ogni speranza. La chanza fue muy celebrada, pero no resultó nada visionaria. Casi treinta años después podemos ahora afirmar cuán equivocada estaba en su vaticinio, y muy al contrario confiar en que todavía cabe albergar -y hasta exigir- esperanza de un futuro mejor para este Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, así como para todos los centros superiores de enseñanzas artísticas. Y aprovechando y agradeciendo nuevamente la concesión de esta Medalla de Oro, hago votos para que ese marco jurídico propio, tan necesario, al que me he referido hace un momento, llegue lo antes posible, y que todos los que estamos aquí lo veamos.
Muchas gracias.

Madrid, noviembre de 2019