Veni, Creator Spiritus

Discurso leído el 15 de junio de 2018, en la ceremonia de gracuación de la promoción 2018 del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid

Sr. Director General de Universidades y Enseñanzas Artísticas Superiores; Sra. Directora y miembros del equipo directivo del Centro; Claustro de profesores; alumnas, alumnos, amigas y amigos todos:
Rememorando la célebre arenga de Napoleón Bonaparte a sus soldados en la campaña de Egipto, en esta solemne ceremonia de graduación varios siglos de Historia nos contemplan. Con esta iniciativa, tan feliz como reciente, del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, absolutamente impensable cuando yo era un estudiante del centro, se incorpora a la vida académica un acto de gran raigambre y tradición, cuya cuidada estructura sigue paso a paso la del ámbito universitario.
Así, el himno Veni, Creator Spiritus que le da inicio no es otra cosa que una invocación a un espíritu superior, llamémosle como cada uno queramos, para que conceda la gracia de la iluminación a todos los presentes, y muy especialmente a aquellos que alcanzan hoy el punto final a su formación académica y dan un paso más allá hacia el ámbito profesional para el que se han estado preparando a lo largo de todos estos años.
Lo verdaderamente pedagógico de la ceremonia, y por eso lo que resulta más destacable de la misma, es que su estructura protocolaria no es obstáculo para que percibamos de qué modo la tradición que hemos heredado y que nos permite vivir y disfrutar en una cultura concreta, está siempre en permanente renovación, sin perder por ello su identidad reconocible, pero adaptándose al momento en que la hacemos nuestra para participar de ella. Con independencia de si el himno Veni, Creator Spriritus data del siglo IX o de un momento anterior o posterior, así como si el autor del himno fue o no el obispo Rabano Mauro, a quien se atribuye, lo importante es que su función litúrgica estaba asociada a la fiesta de Pentecostés, en la que se conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, y de ahí su empleo en situaciones que requieren de una especial iluminación, como el inicio del cónclave cardenalicio o, de carácter más modesto, las ceremonias de apertura y cierre del curso académico universitario. Pero a mediados del siglo XVI Antonio de Cabezón tiene la necesidad de sacar la melodía gregoriana de ese contexto para, partiendo de las primeras notas de cada uno de los versos, componer una obra propia en la que la monodia originaria y la modalidad polifónica renacentista se combinan a la perfección. Lo mismo hicieron otros muchos compositores, contemporáneos o posteriores (como Palestrina, Tomás Luis de Victoria o, siglos más tarde, Héctor Berlioz y el mismísimo Gustav Mahler, en el primer movimiento de su Octava Sinfonía); y hasta podemos encontrar rastros de esa misma práctica en lo literario, como en la traducción al castellano de los versos libres del texto latino en cuartetos de endecasílabos rimados que dos siglos más tarde realizó Fray Diego Tadeo González, en el más puro estilo de finales del XVIII:

Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.


Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza
con tu eterna virtud fortalecidos.

Las diferentes partes de este acto se ensamblan entre sí por medio de una cuidada selección de músicas procedentes de los siglos XV, XVI y XVII, que impregnan la ceremonia de un característico sabor modal, propio de los tiempos en que se origina. Sólo al final la solemnidad cederá paso a lo lúdico con la entonación conjunta del Gaudeamus igitur, una jovial canción estudiantil del siglo XVIII que, pese a ser irrespetuosa y políticamente incorrecta en algunos momentos, ha acabado convirtiéndose, por la fuerza de la tradición, en el himno universitario por antonomasia.
Cuando recibí el borrador del programa de esta ceremonia y vi que el acto concluía con el canto colectivo del Gaudeamus, con cuya partitura se cierra así mismo el programa impreso, no pude evitar un cierto golpe de emoción al comprobar que la armonización de dicho himno que se ha escogido para esta ocasión es la misma que en la década de los 60 del siglo pasado cantaba el coro del Instituto de Bachillerato “Jaime Balmes” de Barcelona, donde yo estudiaba, y donde se despertó, bastante tardíamente, mi vocación musical. El arreglo a cuatro voces de Joan Casulleras i Regás, catedrático de Matemáticas y más tarde director del también barcelonés Instituto Milà i Fontanals, y excelente músico, era sin duda el más apropiado para su difusión entre agrupaciones corales de nivel básico, y por eso se hizo enormemente popular en los años inmediatamente posteriores a su realización y publicación. Como es fácil suponer, reencontrarme con dicho arreglo tantos años después en este acto es un valor emocional añadido al honor que supone que la dirección de este Centro me haya invitado a apadrinarlo, lo que agradezco profundamente.
En el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid completé mi formación, iniciada en el Conservatorio Superior de Música de Barcelona. Aquí decidí orientar mi carrera profesional hacia la Composición, y aquí se desarrolló una buena parte de mi posterior carrera docente, formando durante varios años parte de un claustro de profesores en el que se encuentran ahora muchos compañeros de generación, y hasta algunos alumnos de mi etapa como profesor. Luego las circunstancias me llevaron por otros derroteros, siempre relacionados con la enseñanza de la Música, hasta acabar recalando, desde hace más de diecisiete años, en la Dirección artística de la Joven Orquesta Nacional de España, un proyecto esencialmente pedagógico. La JONDE se puede valorar de muchas maneras, y de todas ellas mi preferida es considerarla como un observatorio privilegiado para pulsar de primera mano el estado de salud de la enseñanza musical de carácter superior en todo el Estado. Los aspirantes a acceder a la JONDE (1200 anuales, aproximadamente), así como los que finalmente son seleccionados (en torno a 250 en las últimas convocatorias) proceden de todos los conservatorios superiores de España, y por ello es relativamente fácil hacer un seguimiento continuado, año tras año, de su procedencia y de la proporción en que dichos centros están representados en la Bolsa de Instrumentistas de la Orquesta.
Pues bien, y aun a riesgo de resultar poco estético hablar de números en una ceremonia como ésta, no puedo evitar traer aquí algunas cifras que hablan mucho y muy bien del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Seré muy breve, porque son muy elocuentes. De los 245 integrantes de la Bolsa vigente en este momento, 47 (es decir, una quinta parte) proceden de este centro, y algunos de ellos están aquí presentes recibiendo hoy el Grado que justamente se han ganado tras muchas horas de estudio. Y si echamos un vistazo a las estadísticas de los últimos diez años podremos comprobar que entre 2007 y 2017 han participado en las pruebas anuales de admisión un total de 909 aspirantes que realizaban o habían realizado en el Conservatorio de Madrid los estudios de grado superior de su instrumento; y de esa cifra nada menos que 467 –uno de cada dos- fueron admitidos para formar parte de la orquesta. Seguido a bastante distancia por los conservatorios superiores de Cataluña, Aragón y el País Vasco, con 337, 310 y 300 aspirantes admitidos, respectivamente, el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid mantiene año tras año su hegemonía en el panorama actual, y no puedo olvidar ahora que hace ya muchos años, en noviembre de 1994, cuando desempeñaba funciones de Asesor en el Ministerio de Educación y Ciencia, y dentro de aquella auténtica vorágine de órdenes, decretos, informes y respuestas a preguntas parlamentarias, se me encomendó hilvanar el borrador del discurso que el entonces ministro del ramo, Gustavo Suárez Pertierra, debía pronunciar con motivo de la inauguración en este centro de la exposición dedicada al centenario de la muerte de Arrieta y Barbieri. Para mi auténtico estupor, lo que supuestamente iba a ser un borrador a partir del cual algún Jefe de Gabinete debía confeccionar el discurso final, fue leído íntegro por el Ministro, sin cambiar una coma, y entre otros el siguiente párrafo:

“El Real Conservatorio Superior de Música de Madrid tiene sobre sus hombros una responsabilidad que va más allá del simple cumplimiento de la normativa: su prestigio pasado así se lo exige. De sus Catedráticos y Profesores, nuestra sociedad espera no ya una enseñanza cuya calidad no desmerezca a la del resto del mundo, sino más bien un entusiasmo por la trascendencia de su misión docente, que en unos años de difícil transición debe contribuir a cambiar por completo el panorama español actual, obligado a recabar del exterior lo que las condiciones de desarrollo de la docencia han impedido que se produjera entre nosotros: profesionales cualificados, en número suficiente para nutrir las exigencias de la vida musical del país.”

Misión cumplida, ya que el salto dado por la educación musical en nuestro país en los últimos veinte años es reconocido de forma unánime por todos los sectores de la profesión, tanto nacionales como extranjeros. Nuestros músicos colaboran habitualmente con las principales orquestas jóvenes europeas en proporción claramente mayoritaria, y por todo lo antedicho corresponde al Conservatorio de Madrid el mérito de protagonizar la mayor aportación, cuantitativa y cualitativa, a ese gran éxito de nuestra historia musical reciente.
Felicidades a todos, profesores y alumnos, y muy especialmente a los que recibís en este acto la graduación que os habéis ganado con vuestro esfuerzo, vuestro talento y vuestra pasión por la música. Los que formáis parte de la JONDE me habréis oído decir más de una vez que la principal misión de las orquestas jóvenes, más allá de contribuir a una mayor formación musical de sus integrantes, es aprovechar el entusiasmo con que estos llegan a ellas para inyectarles una vacuna permanente que les recuerde siempre, aun en los momentos más duros de la vida profesional, muy exigente y muchas veces rutinaria, que a la Música hay que acercarse siempre con la misma energía, la misma exigencia y el mismo amor con que lo hacen ahora, impulsados por la fuerza vital de una juventud que parece no conocer límites. Eso, que es igualmente aplicable a los centros que imparten los estudios superiores y tiene, por tanto, pleno sentido en una ceremonia como ésta, es la mejor garantía para un futuro profesional pleno y fructífero.
Termino ya, volviendo a referirme a la tradición con que empezaba mi discurso. En todos estos años de formación habéis recibido las herramientas más eficaces para servirla y transmitirla a las generaciones siguientes. La tradición musical que hemos heredado es posiblemente el mayor tesoro de la cultura universal, y a vosotros, instrumentistas, compositores, directores, musicólogos, o pedagogos, corresponde ahora consagraros a ella, no sólo para mantenerla viva, sino también para renovarla e insertarla en el momento histórico, cultural y social del que formamos parte, como hicieron en su día Cabezón, Palestrina, Tomás Luis de Victoria, Héctor Berlioz o Gustav Mahler. Pero no olvidéis nunca que junto a la tradición os debéis igualmente al presente del que formáis parte, y renovar aquélla también pasa por servir a éste atendiendo con la misma dedicación a la creación de vuestro tiempo, en la seguridad de que muchas nuevas obras formarán parte en su día de esa misma tradición en la que se insertan las grandes obras maestras del pasado.
Envidio vuestra juventud, porque junto a vuestro talento os va a reportar una gran riqueza espiritual en los próximos años. Disfrutad, por tanto, dado que sois jóvenes. O dicho en latín, para que lo entendamos todos, y para que el sentido se inserte plenamente en la tradición histórico-cultural de esta ceremonia: Gaudete igitur, iuvenes dum estis.

Muchas gracias.


José Luis Turina
Junio de 2018