La formación superior de nuestros músicos

(Ponencia en la mesa redonda sobre dicho tema en el Stage '95 - Barcelona, 16 de julio de 1995)


En primer lugar, deseo agradecer el haber sido invitado por la Fundación "La Caixa" para participar en este encuentro, dentro de una actividad tan digna de todo elogio como es este Stage dedicado a la Música de Cámara, tanto más cuanto que dicha faceta musical atraviesa en nuestros días momentos verdaderamente críticos, como lo prueba la casi definitiva desaparición, a partir del curso próximo, del "Ciclo de Cámara y Polifonía" del Auditorio Nacional de Música de Madrid. Por otra parte, deseo poner de relieve la feliz idea de que a alguien se le ocurra convocar a un grupo de músicos para hablar no tanto de música (las malas lenguas aseguran que sólo hay una cosa con la que los músicos disfrutamos más que con la propia música: hablando de ella) como de su enseñanza.
Además, en mi condición de compositor me satisface comprobar que en esta mesa redonda sobre la formación superior de nuestros músicos nos sentamos tres compositores españoles -aunque el moderador ejerza de otras cosas, me consta que en lo más hondo de su corazón es tan compositor como cualquiera de los restantes-, porque aunque se trate de una coincidencia, la entropía ha venido a coincidir con la realidad de que a lo largo de la Historia ha correspondido a los compositores abrir la brecha de la evolución musical en sus aspectos técnico y lo estético, lo que ha su vez ha comportado un desarrollo paralelo, aunque, por académica prudencia, siempre a la zaga de aquéllos, de su aspecto pedagógico.
Como compositor he sido invitado, y como tal deseo desarrollar esta ponencia, en la convicción de que la mejor forma de servir a la causa que nos ocupa es hablar desde el punto de vista de un compositor -un profesional- en activo implicado en la docencia. Ese doble papel resulta en ocasiones duro de llevar a la práctica, pero tiene la ventaja de que permite considerar ciertas cosas con una doble perspectiva: así, la contemplación desde dentro del ejercicio profesional me permite detectar las carencias que lo dificultan, encargándose mi parte docente de analizar las razones de dichas carencias, buscando sus causas en la formación, e intentando corregirlas desde la práctica pedagógica. Naturalmente, condicionado todo ello por la revisión continua mi propia experiencia formativa.
Resumiendo rápidamente las conclusiones de todo ese proceso, podría decir que en tanto docente, implicado además en una reforma del calibre de la que se está llevando a cabo, puedo a través de esa reflexión revisar el sistema educativo para modificarlo, actualizarlo y, en suma, hacerlo eficaz, mientras que, en tanto compositor, acepto la responsabilidad heredada y compartida que supone estar obligado a abrir caminos que conduzcan a una revisión continua de lo que se enseña, así como de las fórmulas que hagan factible la evolución del pensamiento musical.
Para proceder correctamente a todo ello, se hace necesario tener una conciencia clara de qué es lo que se pretende, con lo que llegamos a la primera perogrullada de esta ponencia, que no por serlo debe ser menos digna de mencionarse. Desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que el sonrojo hacia la perogrullada nos lleva frecuentemente a olvidarnos de que tras su formulación se encuentra siempre la Verdad. Lo que se pretende con la reforma en curso, en ese sentido, no es otra cosa que una formación de calidad, que permita el pleno desarrollo de las capacidades artísticas de los alumnos y haga posible su futuro ejercicio profesional en las mejores condiciones. Por consiguiente, el ejercicio profesional no es sino la cara de una moneda cuya cruz, para que su valor sea pleno, no puede ser otra que la formación que capacita para el mismo.
Como compositor en activo me veo obligado a denunciar que, en la situación actual del país -felizmente en vías de solución, aunque el medio o largo plazo nos haga a veces ser escépticos- esa cara y esa cruz no corresponden a una misma moneda, sino a dos, y bien distintas: una, la buena, la de curso legal, sirve para la compra-venta del ejercicio profesional que nutre las necesidades de nuestra sociedad. Esas necesidades son, como todos sabemos, cada vez mayores: han forzado a una proliferación de orquesta y auditorios, y han cambiado en poco más de una década nuestro panorama, antes desértico. Y resulta, también como todos sabemos, que la cruz de esa moneda no es la formación musical de nuestros titulados, sino la del elevado número de profesionales extranjeros a los que se ha hecho necesario importar para que la actividad musical no sólo fuera posible, sino que se desenvolviera dentro del nivel de calidad de las agrupaciones extranjeras, al que estamos acostumbrados a través de la radio, el disco, y sus visitas frecuentes a nuestro país.
Nuestros titulados superiores -salvo excepciones, claro- pertenecen a la cruz de la otra moneda: falsa, se diría, más que moneda, medalla honorífica. Su título es similar, en lo puramente jurídico, al de los extranjeros que entran por Irún, que es donde el ingenio español situaba antes la principal "salida" de nuestros músicos; sin embargo, su calidad está muy por debajo de la garantizada por estos últimos, no permitiendo la competencia ni, por tanto, un ejercicio profesional que se refugia, las más de las veces, en la docencia. Segunda perogrullada-paradoja: es precisamente este aspecto de la docencia el más descuidado de nuestra titulación superior, como todos sabemos. Con lo que la bola -de lodo, más que de nieve- engorda cada vez más, en una autodegradación continua de la enseñanza.
Ante esta situación, se ve clara la empresa: retirar unas monedas y otras de la circulación, fundirlas juntas y acuñar una nueva moneda única, acorde con las que circulan por los países de la Unión Europea: en una palabra, y tercera perogrullada: cotizar en el mercado europeo.
Un análisis de las posibles causas de tan lamentable situación arroja el siguiente balance: a) un plan de estudios escasamente formativo, por cuanto toda su atención parece concentrarse en un sólo aspecto, el relacionado con lo puramente específico de cada especialidad, e incluso éste no se cuida como se debiera en muchas ocasiones; b) como consecuencia, lagunas inmensas -cuasi océanos- en lo referente a los aspectos formativos no contemplados, junto con c) contenidos maltratados de las pocas asignaturas no específicas que configuran el plan de estudios, que con frecuencia son sometidas a un tratamiento teórico más especulativo que real, ajeno a toda aplicación práctica (baste como ejemplo el aire de problema irresoluble que adquieren algunos trabajos de armonía, o ese suplicio denominado contrapunto severo, verdadera invención diabólica con la que atormentamos durante un curso a nuestros estudiantes, y con arreglo a cuyas pautas no se ha compuesto ni una sola obra a lo largo de la Historia). Otras causas no académicas han de referirse necesariamente a una falta de claridad en la enseñanza, que ha conducido a un extraño híbrido, excesivo para los aficionados e insuficiente para los profesionales, así como unas condiciones muy poco favorables para su impartición, derivadas principalmente de la masificación incontrolada que ha desbordado nuestros centros durante bastantes años.
Las soluciones lógicas deben seguir, a mi juicio, el proceso inverso: en primer lugar, abordando los aspectos más prosaicos, si se quiere, del problema (como son los referentes a infraestructura, clasificación de los centros, relación numérica profesor/alumno, etc.), que no sólo garanticen que la impartición de la enseñanza se va a hacer en unas condiciones idóneas, sino que contribuyan a clarificar la mismas, delimitando claramente el mundo profesional del no profesional, y procediendo para ello a un riguroso proceso de selección del alumnado.
En un segundo lugar se sitúa la reforma del plan de estudios, cuyo tramo superior debe cuidarse muy especialmente, por cuanto debe desembocar en el mundo profesional no en forma de catarata, de cuya caída sobrevivan sólo unos pocos descalabrados, sino de delta enriquecedor, en el sentido de que debe abrirse a aspectos formativos que deben ir más allá de lo puramente técnico específico de la propia especialidad.
Dentro de ese planteamiento general, el Real Decreto recientemente aprobado, de aspectos básicos del currículo del grado superior de música procura un tratamiento homogéneo de las diferentes especialidades, estableciendo para cada una de ellas una estructura basada en tres grandes áreas: la específica, la teórico-humanística, y la de conjunto. Cada una de dichas áreas habrá de dar lugar, en el desarrollo que de dicha norma proceda a elaborar cada Administración educativa, a una serie de asignaturas relacionadas con las mismas cuyo conjunto configurará el currículo o plan de estudios definitivo de cada especialidad. Así, el área específica de una especialidad como Piano podría estar integrada, además de la propia enseñanza del instrumento, por otras asignaturas como Afinación y mecánica del instrumento o Evolución estilística del repertorio; el área teórico-humanística tendría una fuerte presencia del Análisis, junto con otras asignaturas como Historia de la música, Fuentes históricas de la interpretación musical o Música contemporánea; el área de conjunto se centraría fundamentalmente en la práctica de la Música de Cámara, y obligaría a los alumnos a una participación en el Coro del Conservatorio Superior... en una línea similar se desarrollan las diferentes especialidades.
Por último, no quisiera poner punto final a estas palabras sin recordar, puesto que me dirijo a un público formado mayoritariamente por estudiantes que el día de mañana puedan dedicarse a la enseñanza, que una reforma de estas características tiene una necesaria parte normativa, que permite ser formulada por escrito y publicada en el BOE para su conocimiento y cumplimiento. Pero su éxito no está en modo alguno garantizado por esa vía, sino que pasa por una concienciación completa, a través de la sensibilización de su fibra ética, del profesorado encargado de llevarla a cabo, porque todo sistema educativo obliga a sus componentes a participar de forma activa en el proceso de su revisión.

José Luis Turina
Madrid, 15 de julio de 1995