La JONDE y la educación musical española en los últimos 25 años

(Ponencia leída en el Foro "European Orchestra Networks and Mobility Programmes in Training and Professional Orchestras", celebrado dentro de la Asamblea General de la Federación Europea de Jóvenes Orquestas Nacionales (EFNYO). Viena, 15 de noviembre de 2008)


Es tremendamente difícil resumir en unas pocas líneas algo tan complejo como ha sido la evolución de la música en España en las últimas décadas. Todo lo que se refiere a la enseñanza como a la propia vida musical ha estado sometido a cambios radicales, pero no por ello menos eficaces, que han contribuido a situar a la música española en un lugar de excepcional privilegio dentro del actual panorama europeo.
Esos cambios fueron radicales porque implicaban asestar un duro golpe a una vida musical absolutamente precaria, así como a un sistema de enseñanza totalmente anticuado e inútil.
Para poder entender el porqué de todo ello se hace necesario partir de la base de que hasta comienzos de la década de 1980 España carecía de una verdadera actividad musical digna de tenerse en cuenta, salvo en Madrid, Barcelona y Valencia, así como excepcionalmente en alguna otra ciudad. Durante muchos años esas tres capitales fueron las únicas que contaron con orquestas sinfónicas de calidad: dos en Madrid y una en Barcelona. Barcelona, por su parte, desarrollaba una temporada de ópera en el Gran Teatro del Liceo, pero con una orquesta de muy baja calidad. Hay que recordar que el Teatro Real de Madrid sólo se utilizó como sala de conciertos hasta que se iniciaron a finales de los 80 las obras para su reapertura en teatro de ópera. Valencia, por su parte, es la única región que mantuvo durante este tiempo una intensa actividad de bandas de música, lo que generó una gran cantidad de excelentes instrumentistas de viento madera y metal. Las restantes provincias no contaban con orquestas sinfónicas, o las pocas que existían eran de muy poca calidad e incapaces de mantener temporadas sinfónicas estables.
En un entorno musical como ese, no es de extrañar que la calidad de la enseñanza musical corriera en paralelo. Durante los 90 primeros años del siglo XX se sucedieron tres planes de estudios académicos, en 1917, 1942 y 1966 respectivamente, estando todos ellos ellos impregnados de unos criterios educativos más propios del siglo XIX, en unos años en que la educación musical en centroeuropa estaba alcanzando unas cotas muy altas de cualificación. El último plan, de 1966, centraba todo su peso específico en un grado medio de duración muy desigual y desproporcionada entre las distintas especialidades –el de percusión, por ejemplo, duraba dos años; el de piano cuatro y el de composición nueve-, y se remataba con sólo dos cursos de grado superior para todas ellas, en las que no era difícil apreciar prejuicios decimonónicos. (Por ejemplo, el grado superior de Música de Cámara sólo podían realizarlo los estudiantes de piano, violín y violoncello, según la vieja tradición del Trío con piano. Al quedar excluida la viola, era imposible la práctica del cuarteto de cuerda en este grado, por lo que quedaba relegada al grado medio, en el que la dificultad de las obras impedía su correcta realización a los alumnos de nivel instrumental inferior).
Además, en España no ha existido nunca una tradición de escuelas de música de enseñanza no reglada, modelo muy arraigado en Europa y que sólo en los últimos años ha empezado a desarrollarse en nuestro país, y tampoco se incluían conocimientos básicos de música en las enseñanzas obligatorias primaria y secundaria. Como consecuencia, durante muchas décadas los conservatorios eran los únicos centros donde se podía obtener formación musical, tanto básica como especializada. Los padres acudían masivamente a ellos para matricular a sus hijos, y los centros atendían la demanda de forma totalmente desestructurada, provocando una enorme masificación en las enseñanzas de piano y guitarra, y sin apenas alumnos en fagot o viola. En pocos años la calidad de la enseñanza, que nunca había sido muy alta, bajó hasta límites inadmisibles, lo que se tradujo en que los conservatorios proporcionaron una formación inútil, por cuanto resultaba excesiva para los aficionados y totalmente insuficiente para los profesionales.
La necesidad de una cambio radical en esa situación surge en primer lugar entre los responsables culturales de la sociedad española a comienzos de la década de 1980. El Ministerio de Cultura y los órganos equivalentes de las Comunidades Autónomas dan comienzo a una política generalizada de creación de nuevos auditorios por todo el país, que fueron enseguida dotados de una orquesta sinfónica que pueda garantizar la continuidad de la programación durante toda la temporada. Pero dado que el sistema educativo es inoperante para cubrir las necesidades de la vida musical con profeisonales altamente cualificados, no tardó en llegarse a la situación de contratar músicos extranjeros, que de este modo pasaron a residir en España. Así, no es extraño que en la relación de integrantes de la mayor parte de las orquestas sinfónicas españolas abunden los apellidos ingleses, polacos, húngaros, armenios o rusos, que en muchos casos sobrepasan al de los españoles.
Estando la música en esos años totalmente al margen del sistema educativo, y no pudiendo intervenir desde fuera en las decisiones que para resolver esa situación pudiera adoptar el Ministerio de Educación, el Ministerio de Cultura decide intentarlo por su cuenta, para lo que crea en 1983 (hace 25 años) la Joven Orquesta Nacional de España, que es dotada desde el principio de un presupuesto y de unos recursos humanos y materiales que le permiten en pocos años situarse muy por delante de las instituciones educativas más importantes del país, así como a la cabeza de las principales jóvenes orquestas de Europa.
No es hasta casi diez años después que el gobierno español aborda la tarea de promulgar una nueva ley de educación (la LOGSE, de 1990), en la que la Música, la Danza y el Arte Dramático quedan insertadas de pleno derecho dentro del sistema educativo, si bien como enseñanzas de régimen especial al término de las cuales se obtiene un título que es equivalente, a todos los efectos, al de Licenciado universitario. En la misma Ley se crea el modelo de Escuela de Música, de carácter no oficial, lo que permite que la enseñanza de los conservatorios quede reservada para la enseñanza profesional. La Ley se implantó gradualmente, de modo que la primera promoción de titulados superiores se graduó hace apenas cuatro años.
Durante ese tiempo, prácticamente todas las Comunidades Autónomas crearon sus propias orquestas juveniles, lo que, unido a las orquestas profesionales creadas al abrigo de los nuevos auditorios, ha hecho que España cuente en la actualidad con 27 orquestas profesionales y más de 20 orquestas jóvenes, de las que la práctica totalidad son de titularidad pública. A todas ellas hay que añadir las propias de los conservatorios profesionales y superiores, cuya plantilla de especialidades instrumentales se organiza actualmente en función de dicha enseñanza.
Gracias a estas nuevas circunstancias, en España se ha resuelto una situación que parecía imposible enderezar. Los estudiantes de música españoles están cada vez mejor formados, y las estadísticas son elocuentes en ese sentido. Cada año crece el número de solicitudes para las audiciones de la JONDE, y en 2008 la Bolsa de Instrumentistas ha alcanzado la cifra record de 255 músicos. Pero es más: en las primeras audiciones que se celebraron en España para acceder a la European Union Youth Orchestra y a la Joven Orquesta Gustav Mahler, el número de seleccionados era de un o, todo lo más, dos. Sin embargo, en las que se vienen celbrando durante los últimos siete u ocho años ese número no baja nunca de 17 ó 18, y lo que es más importante, muchos de ellos son instrumentistas de cuerda, lo que era impensable en nuestro país hace dos décadas.
Con todo, sería injusto pensar que la nueva ley de educación ha sido la panacea que ha creado todos los males. Por supuesto que la enseñanza se ha clarificado y hoy es posible prestar a cada estudiante una atención suficiente, lo cual ha hecho subir automáticamente el nivel de la formación; pero no hay que olvidar la importante labor que han desempeñado los instrumentistas extranjeros que acudieron en masa para nutrir nuestras orquestas y que, afortunadamente, no sólo no se limitaron a tocar en ellas, sino que también se dedicaron a enseñar, al margen de la enseñanza oficial, a los estudiantes de la localidad.
La movilidad, en ese sentido, se ha desarrollado en España en una doble dirección: por un lado, muchos grandes profesores se han desplazado a España para realizar una magnífica labor; por otro, cada vez es mayor el número de graduados españoles que pasan un promedio de dos años perfeccionando sus estudios en los más importantes centros europeos y americanos. Para ayudarles en esa labor, la JONDE cuenta con el patrocinio de la Fundación Caja Madrid, que desde hace muchos años concede anualmente una gran cantidad de becas a los miembros de la orquesta. En este sentido cabe señalar que, a diferencia de otras jóvenes orquestas europeas, el 100% de los integrantes de la JONDE tiene objetivos absolutamente profesionales. La orquesta, finalmente, está abierta al intercambio de músicos con otras jóvenes orquestas europeas y no europeas, habiendo desarrollado una intensa actividad en ese sentido durante el pasado año.
Sobre todo lo anterior, mi propia experiencia particular me ha permitido contemplar la situación, como si de un cuadro cubista se tratara, desde al menos cuatro puntos de vista diferentes: como estudiante la sufrí como víctima, durante la década de los 70; en los 80 fui víctima nuevamente del sistema, esta vez como profesor de los conservatorios de Cuenca y Madrid; quizá esta doblemente mala experiencia me animó a aceptar formar parte del equipo de asesores del Ministerio de Educación que, durante la década de 1990, tuvo que elaborar el desarrollo normativo de los aspectos relativos a la Música y la Danza de la nueva ley de educación; y finalmente, desde 2001, mi puesto como director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España me ha ido permitiendo, a lo largo de estos años, evaluar los logros alcanzados y cuán alto se ha elevado el nivel de la formación musical en nuestro país. En ese sentido, la JONDE es un observatorio privilegiado para comparar, valorar y sacar conclusiones que puedan ser útiles a las diferentes instituciones educativas, así como servir de puente entre el final de la etapa de formación y el acceso al mundo profesional, mucho más fácil para quienes han sabido aprovechar al máximo todos los aspectos positivos que una joven orquesta es capaz de ofrecer.
Muchas gracias por su atención.

José Luis Turina
Director artístico de la Joven Orquesta Nacional de España
La Coruña, noviembre de 2008