De la educación a la cultura

Palabras de agradecimiento leídas con motivo de la entrega de los Premios Nacionales de Danza y Música 1996 (Granada, 20 de junio de 1997)


Excma. Sra. Ministra; Excmas. e Ilmas. Autoridades; Señoras y Señores:

Además de la magnífica ocasión que de por sí constituye el poder expresar públicamente mis sentimientos, me cabe el inmenso honor de representar a dos figuras insignes de la música y de la danza españolas, por cuanto han sabido llevar el nivel del campo artístico que recibieron de sus predecesores bastantes puntos más allá de donde aquéllos lo dejaron. Si en el futuro, el nombre de Teresa Berganza irá siempre asociado al mejor de los quehaceres imaginables en cuanto al canto se refiere, el de Cesc Gelabert lo hará en un mágico paso a dos con sus ricas y sugerentes coreografías al servicio de la danza contemporánea. Como un simple espectador y admirador más de su arte, quiero desde aquí hacerles llegar también mi más calurosa y entrañable felicitación por este Premio, y hacer pública mi envidia —no por sana, menos envidia— por quienes han sabido hacer de su voz y de su cuerpo vehículos idóneos de una elevada expresión artística.
Los que nos dedicamos a cualquiera de las artes que tienen el tiempo como materia prima hemos aprendido, a lo largo de nuestra actividad, que todo acontecimiento, por mínimo que sea, que se produzca en el transcurso de una obra tendrá su consecuencia un poco después, cuando no es de por sí consecuencia de algo que tuvo lugar un poco antes. Un soberbio do de pecho, una magnífica pirueta o un espectacular acorde orquestal carecen de todo sentido fuera del contexto que los precede y los sigue. Nuestras obras nos han enseñado a vivir artísticamente con un pie en el pasado y otro en el futuro, en un presente continuo que estamos obligados a dominar, si queremos no perder el control sobre la obra, propia o ajena, que tenemos entre manos.
Esa ubicuidad temporal en la que nos desenvolvemos hace que ingenuamente nos creamos, en cierto modo, diferentes; y, si en realidad lo somos, lo es porque hemos aprendido a obtener el máximo rendimiento, con fines exclusivamente artísticos, de un instinto primordial del ser humano, que no es otro que el de la previsión del futuro a partir de la experiencia pasada. Con total inconsciencia, pero con el convencimiento de creernos en posesión de una verdad incuestionable, en cada nueva obra nos lanzamos suicidamente al vacío en pos de ese ideal propio de perfección al que llamamos Belleza, del que cada vez estamos más cerca, pero al que nunca alcanzamos del todo. Tras cada obra, siempre fallida en ese sentido, tiene que venir otra que la supere y nos sitúe un poco más cerca de lo que buscamos, porque cada vez que creemos haber avanzado, reparamos en seguida en que el objetivo se ha burlado de nosotros, situándose un poco más lejos de donde lo creíamos: la búsqueda nos ha hecho, además, exigentes.
La creación permanente a lo largo de una vida no tiene su razón de ser en las supuestas ventajas de la cantidad sobre la calidad. Muy al contrario, lo único que la justifica es su carácter terapéutico frente a la insatisfacción continua que produce el no poder alcanzar nunca la perfección que perseguimos. El proceso es tan doloroso que los que vivimos inmersos en él precisamos más que nadie de estímulos externos que animen nuestra labor y nos ayuden a comenzar cada obra como si fuera la primera. No nos basta, en suma, con crear nuevas obras: necesitamos además llegar con ellas a los que nos rodean, hacerles partícipes de nuestras inquietudes y contagiarles nuestro entusiasmo por la idea de Belleza que nos hemos ido forjando y tanto nos obsesiona.
Desde Kant sabemos que la participación ajena, pasiva y activa al mismo tiempo, en la obra artística sólo es posible a través del gusto, así como que éste debe ser permanentemente cultivado, con el doble fin de poder extraer de su expansión el máximo provecho, y de evitar su anquilosamiento y consiguiente reducción a una mera y simple yuxtaposición de prejuicios. La vía para todo ello no es otra que el conocimiento, que, claro está, sólo puede alcanzarse a través de la educación.
En esta relación retrogradada de concatenaciones que he intentado hilvanar, la educación y la cultura no son sino los extremos de un proceso ininterrumpido que, no obstante, puede ser fragmentado conceptualmente en tantas subdivisiones como se quiera. En cualquier caso, la educación siempre se situará en el pasado con respecto a la madurez que habrá de permitir el ejercicio y el disfrute de la cultura, mientras que ésta, como único caldo de cultivo posible para el constante perfeccionamiento espiritual del ser humano, supondrá el futuro deseable que habrá de servir de referencia al desarrollo de la importantísima fase formativa inicial.
Al igual que la Música y la Danza, hermanadas desde sus orígenes y, como no podía ser menos, en este acto, la educación y la cultura son como la cara y la cruz de una única moneda, cuyo equilibrio debe quedar garantizado por medio de un control continuo y riguroso del peso específico de ambas, para que el progreso de una de ellas no se produzca a costa del desarrollo de la otra. Por esa razón, los que hemos hecho de la cultura en general, y del arte en particular, el eje de nuestra vida, debemos sentirnos comprometidos con ambas por igual, ya que la una carece de sentido sin la otra, al igual que les sucede a nuestros dos de pecho, nuestras piruetas o nuestros acordes orquestales si los desposeemos de su contexto.
En mi familia nos hemos ido alternando pintores y músicos durante cuatro —ya casi cinco— generaciones. Tal vez por eso hemos desarrollado una enriquecedora síntesis perceptiva de los aspectos visuales y sonoros del mundo que nos rodea. Muchos años antes de conocerla, siendo todavía un niño y encontrándome, por tanto, en plena fase formativa, artística y humana, mi padre me inculcó un interés especial por la Alhambra, al relatarme la impresión que le produjo su primera visita a tan admirable recinto. Dos cosas, de las muchas que entonces me contó, quedaron grabadas para siempre en mi memoria: una, que para él, pintor, lo más espectacular de la vista de Granada desde la Alhambra fuera de qué modo los ruidos de la ciudad subían hasta allí "hechos música"; la otra, la sensación constante de encontrarse en un lugar pensado y realizado, en todos sus aspectos, a la medida del hombre. Esta última fue una magnífica primera lección de proporciones artísticas que nunca olvidaré, y cuyo contenido he intentado aplicar tanto a mi música como a mi visión relativa del mundo.
Estas palabras de agradecimiento, que empezaron enredándose tercamente en el pasado y el futuro y han acabado convirtiéndose en una reflexión sobre las dimensiones humanas con que medir cuanto nos rodea, deben acabar, como mandan los cánones de la composición clásica, con una síntesis de ambas ideas temáticas.
En virtud de la ubicuidad temporal que nos ha proporcionado nuestra experiencia artística, hemos aprendido a extraer conclusiones éticas de lo que aparentemente no eran sino premisas estéticas. Los recién galardonados sabemos que este Premio, que desde ahora exhibiremos con orgullo, es tanto un reconocimiento a la labor realizada en el pasado, como un punto de no retorno con el que queda indeleblemente marcado nuestro futuro profesional, un nivel por debajo del cual seremos, de incurrir en ello, debidamente reclamados. Lo recibimos, por tanto, con la natural alegría que supone su concesión, pero también con la inevitable gravedad que implica la conciencia de las dificultades a que obliga.
En nombre de Teresa Berganza, en el de Cesc Gelabert y en el mío propio, muchas gracias.

José Luis Turina
Madrid, junio de 1997