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El Arpa y la Sombra

Tres Preludios para Orquesta


Hacia 1986, cuando los actos conmemorativos del V Centenario del Descubrimiento de América empezaron a acaparar nuestro por entonces futuro próximo –hoy irreversible pasado-, comencé a acariciar un proyecto que, por lo ambicioso de su envergadura y por las enorme dificultades que hubiera supuesto su puesta en marcha, no tardé en desestimar: la composición de la música para un espectáculo –no me atrevo a llamarlo ópera- basado en la novela El Arpa y la Sombra, del escritor cubano Alejo Carpentier. Todo parecía darse cita para llevar a puerto una obra así: una música escrita por un compositor español, a partir de una obra literaria de un eximio autor hispanoamericano contemporáneo, basada en una personalísima visión del personaje y la aventura de Cristóbal Colón... Bueno será, para ilustrar a cuantos no hayan leído dicha novela, exponer no tanto su argumento como la declaración de los principios que llevaron a Carpentier a escribirla, a través de sus propias palabras:

"En 1937, al realizar una adaptación radiofónica de "El libro de Cristóbal Colón" de Claudel para la emisora Radio Luxemburgo, me sentí irritado por el empeño hagiográfico de un texto que atribuía sobrehumanas virtudes al descubridor de América. Más tarde me topé con un increíble libro de León Bloy, donde el gran escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de quien comparaba, llanamente, con Moisés y San Pedro. Lo cierto es que dos pontífices del siglo pasado, Pío Nono y León XIII, respaldados por 850 arzobispos, propusieron por tres veces la beatificación de Cristóbal Colón a la Sacra Congregación de Ritos; pero ésta, después de un detenido examen del caso, rechazó rotundamente la postulación. Este pequeño libro sólo debe verse como una variación (en el sentido musical del término) sobre un gran tema que sigue siendo, por lo demás, misteriosísimo tema... Y diga el autor, escudándose en Aristóteles, que no es oficio del poeta (o, digamos, del novelista) "el contar las cosas como sucedieron, sino como debieron o pudieron haber sucedido".

Como es lógico suponer, el Cristóbal Colón de Carpentier dista mucho de parecerse al que se nos presenta habitualmente: no es un personaje mítico, suma de virtudes, sino un personaje humano, suma de defectos que van desde la lujuria desaprensiva – que le lleva incluso a mantener relaciones íntimas con la Reina Isabel, como medio de obtener financiación para su empresa-, hasta la codicia: Colón recuerda arrepentido, en su lecho de muerte y mientras espera la llegada del confesor, como en su diario menciona "... sólo catorce veces el nombre del Todopoderoso en una relación general donde las menciones del ORO pasan de doscientas. Y aún así, el "Nuestro Señor" es usado casi –lo reconozco ahora con horror- como fórmula de cortesía...". Un personaje, por consiguiente, enormemente distinto, como centro de una novela absolutamente magistral.
Carpentier utiliza como preliminar del libro el siguiente fragmento de La leyenda áurea:

En el arpa, cuando resuena, hay tres cosas:
el arte, la mano y la cuerda.
En el hombre: el cuerpo, el alma y la sombra.

Una línea recta imaginaria debió de cruzar ese terceto en diagonal en la mente del escritor en el momento de la gestación de la obra: así, la novela se divide en tres partes: I) El Arpa; II) La Mano; y III) La Sombra. En la primera no es colón el protagonista, sino el Pontífice Pío IX dispuesto a presentar a la Sacra Congregación de Ritos su propuesta de beatificación de Cristóbal Colón, proyecto acariciado en su imaginación desde que en su juventud, siendo sólo el canónigo Mastaï, efectuara un largo y peligroso viaje en barco por América del Sur, de resultas del cual consideró conveniente la existencia de un santo que "compactara la fe cristiana en el viejo y nuevo mundo, hallándose en ello un antídoto contra las venenosas ideas filosóficas que demasiados adeptos tenían en América...".
La segunda parte, La Mano, nos presenta la verdadera catadura del personaje al que Pío IX quería elevar a los altares, en el sentido expuesto. Constituye la parte central, la más amplia de la novela, aunque curiosamente, suponemos que por razones puramente literarias, Carpentier eludió su referencia para el título de la obra, quedando sólo los sustantivos que abren y cierran, respectivamente, el terceto de La leyenda áurea, a modo de extremos opuestos. Por último, en La Sombra se relata la ficticia sesión de la Congregación de Ritos –a la que el propio Colón asiste, en forma de invisible sombra- en que se desestima la causa de su beatificación. En un diálogo delirante exponen su parecer sobre la causa no sólo el Presidente, el Abogado del Diablo y el Postulador, sino también (y nada menos) León Bloy, Víctor Hugo, Julio Verne y Fray Bartolomé de las Casas. Cerrando la novela, a modo de coda, la sombra de Colón se lamenta de su infortunio, condenado a ser un hombre como los demás, a la sombra de Andrea Doria, en un último y fantasmagórico diálogo, sostenido entre la majestuosidad de la columnata de Bernini, en la Plaza de San Pedro de Roma.

Esta música titulada El Arpa y la Sombra no es otra cosa que una sucesión de tres preludios encadenados, que habrían de ser –y quizá lleguen a serlo algún día, si es que el proyecto ahora desestimado llega a cobrar cuerpo- los preludios con que se abrirían los tres actos del espectáculo más arriba mencionado, y cuyos títulos serían El Arpa, La Mano y La Sombra, natural y respectivamente.
Como dar aquí explicaciones técnicas sobre la partitura sería tan extenso como absurdo –por ello he preferido explayarme en el pretexto literario, que puede ayudar mucho mejor al oyente a centrar su atención sobre una obra nueva- me limitaré a decir que cada preludio pretende reflejar algo del carácter de cada parte de la novela: El Arpa se caracteriza por lo contemplativo y estático, a través de un desarrollo consistente en el crecimiento y posterior eliminación de una serie de células (armónicas, melódicas, tímbricas) que son continuamente transformadas, sin perder su identidad. La Mano evoca al personaje de Colón en su aspecto fundamentalmente humano, simbolizado en la sensualidad de amplios pasajes melódicos, eminentemente cantables, y de frecuentes estadios tonales. Por último, La Sombra es un movimiento vivo, en el que se suceden de forma muy cambiante diversas secciones, en una evocación de la vivacidad scherzante de la tercera parte de la novela. Una coda, majestuosa y no exenta de cierto patetismo, pone punto final a esta sucesión de Preludios de El Arpa y la Sombra. Como dato curioso, los acordes con que se abre el tercer preludio y que protagonizan la coda han sido calculados a partir de las diversas proporciones (masa, diámetro, distancia, etc.) entre los planetas del sistema solar conocidos en tiempos de Colón.
Por último, cabe señalar que, una vez rebasado el quinto centenario del Descubrimiento de América y descartada totalmente la composición de la ópera sobre la novela de Carpentier, los tres Preludios de El Arpa y la Sombra acabaron siendo los de cada uno de los tres actos de mi ópera D. Q. (Don Quijote en Barcelona). Por otra parte, entre Cristóbal Colón y Don Quijote es fácil encontrar muchos paralelismos.
La partitura de los Preludios de El Arpa y la Sombra, compuesta por encargo de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española, fue iniciada en Madrid a comienzos de 1991 y terminada en el Puerto de Mazarrón (Murcia) en el mes de julio de ese mismo año. Está dedicada a mis amigos Rosa Mª Molleda y José Luis Temes, y fue estrenada el 30 de abril de 1992 en el Teatro Monumental de Madrid por la Orquesta Sinfónica de RTVE, dirigida por Sergiu Comissiona.

José Luis Turina



Primera página de El arpa y la sombra




Página 16 de El arpa y la sombra




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