inicio > discografía > CD José Luis Turina. Exequias & Concierto para violín y orquesta















Lo tiene todo
(Crítica publicada en el nº 301 de la revista Scherzo, noviembre de 2014)


Como son contadas las grabaciones con música de los autores de la generación española de los años 50, cada novedad hay que recibirla con gozo. Ésta de José Luis Turina (n. 1952) supone un aporte importante en la fonografía, pues tiene el aficionado aquí la oportunidad de conocer de primera mano dos ejemplos del excepcional hacer de uno de nuestros autores más conspicuos. Y llama la atención que Turina lo hace desde el uso del lenguaje más ortodoxo, empleando géneros tan visitados como el del concierto con solista. Es tal la habilidad de Turina para vestir de nuevo, y habría que añadir, de agradable y refinado, el legado de la tradición (el canto gregoriano, en Exequias, el duelo entre violín y orquesta en el Concierto), que es muy difícil que no se dé, en su caso, una amplia recepción de su música. Turina lo tiene todo para que su obra cale hondo en el aficionado: un trazo ligero, en donde los elementos que conforman el homenaje a Zóbel, que es Exequias, no caigan en el pastiche, y una manera renovada, pero sin perder nunca el buen gusto, en el enfrentamiento entre solista y orquesta en el Concierto. Aquí, el uso de las percusiones convierte a la obra en una rara avis, pues muy pocas veces se habrá hallado el oyente ante un juego entre el solista, el que viene marcado por la tradicional línea del violín, y los timbres originados por las percusiones. La primera sección es sorprendente a tal efecto, pues la percusión domina el espectro sonoro y se crea en la escucha un especial encanto. Para el final, Turina reserva lo mejor: en lugar de cerrar la pieza de manera evidente, da protagonismo a las percusiones, que, en un tono apagado, dejan que la obra se diluya en el silencio.

Francisco Ramos



José Luis Turina: volviendo el oído a los 80
(Crítica publicada en el El arte de la fuga, 14 de octubre de 2014)


Tras dos entregas anteriores, concebidas como retrato orquestal (2008) y antología de su música de cámara (2013), vuelve Verso al ataque con la música de José Luis Turina, mostrándonos, con una Orquesta de Córdoba y Coro Ziryab entonados bajo la batuta del ubicuo José Luis Temes, la estatura orquestal que el compositor madrileño había ya alcanzado, apenas treintañero, en esa década de 1980 en que la "movida" también sobresaltó los acomodados cimientos de la vanguardia musical española.
De las dos obras incluidas, tan solo del Concierto para violín y orquesta (1987) contábamos con una grabación previa, poco difundida (Col Legno, 2005). Es, pues, Exequias, in memoriam Fernando Zóbel (1984) primicia absoluta y, como tantas obras encargo de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, merecedora de más amplio recorrido que el estreno que la comisión del festival asegura; fruto del encuentro y amistad personales de Turina con el pintor –una de cuyas bellas imágenes fluviales ilustra la portada del disco–, estas Exequias siguen de cerca el modelo litúrgico del Officium defunctorum, tanto en la forma (salvo por la supresión de la secuencia "Dies Iræ") como en la materia musical, ya que cada una de sus partes se encabeza con la puesta en música gregoriana del oficio. Actúa, a partir de esta premia estructural, la orquesta como "glosadora" del contenido semántico y sonoro del núcleo gregoriano, que sirve también al compositor como germen temático, como en el denso tejido inicial del "Introitus" o en la intensificación melismática del "Alleluia", dándose la mano a menudo con un concepto coral homofónico terso que contrasta llamativamente con la tensión armónica de la escritura instrumental. Se alumbran así momentos de enorme poderío climático (el citado "Alleluia"), convincente dramatismo ("Tractus") y capacidad de invención melódica ("Communio"), culminando en la "Processio ad cœmeterium" en un final abierto a la esperanza.
Por su parte, el Concierto para violín y orquesta, cuya parte solista asume con espectacular solvencia Ara Malikian, resume una postura estilística que, en su momento, cupo tachar (más que calificar) de posmoderna y que, a treinta años vista, certifica la intuición de Turina sobre la necesidad de un saludable eclecticismo: queda lugar tanto para la sorpresa tímbrica, caso del inicio del primer movimiento sobre sonidos puramente percusivos, como para el canto solista –en el imaginativo segundo movimiento, scherzante– o la reinvención de materiales tonales, anunciados en la cadenza que da paso al tramo conclusivo. Cuanto se deriva del "desmenuzamiento" y expansión de un arpegio de Do amenazado, incómodo en los resabios de dinámicas modernistas y en las tensiones armónicas superpuestas, se resuelve de nuevo en un pasaje percusivo súbito, objet trouvé que interrumpe la placidez del discurso antes de retornar al clima ensimismado del inicio de la obra: ratificación de la incertidumbre como motor de una propuesta estética, la de José Luis Turina, siempre alerta.

Germán Gan Quesada

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