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Concierto para violín y orquesta



Una de las obras que considero entre las más importantes dentro de mi producción —o, al menos, de las que me siento más satisfecho—, es mi Concierto para violín y orquesta, compuesto en 1987 por encargo del Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante. Me parece que resume a la perfección mis planteamientos estáticos de ese momento —vigentes, hoy, en su mayor parte—, así como supone un punto de encuentro de una serie de procedimientos que me son especialmente queridos. En mi catálogo, este Concierto supone una especie de balance general, en el que se dan cita una serie de inquietudes y obsesiones apuntadas en obras anteriores, que quedan definitivamente exorcizadas en ésta.
Lo que, en líneas generales, planteo en esta obra es un recorrido por un mundo estético deliberadamente carente de "uniformidad" —en cuanto a que ésta se entienda centrada en un único estilo o lenguaje—, pero no por ello de una coherencia que no viene dada tanto por la economía de los medios utilizados, como por la existencia de elementos de carácter tímbrico y armónico que contrastan entre sí en la misma medida en que se complementan.
El Concierto consta de tres movimientos claramente diferenciados. El primero de ellos plantea un juego de contrastes y oposiciones tímbricas entre el violín y la orquesta. Esta última produce únicamente ruidos —entendiendo dicho término a la antigua, como sonidos indeterminados, o no previamente determinados— por medio del empleo de golpes con los nudillos y tamborileos con los dedos sobre la tapa de los instrumentos de cuerda, junto con la utilización por parte de la percusión de instrumentos de membranas no afinadas (la parte de percusión es tan importante en esta obra que bien podría denominarse "Concierto para violín, percusión y orquesta"). Sobre esa atmósfera se desenvuelve el discurso del violín, generándose una oposición clara entre ruido y música, estando ésta concebida a lo largo de este movimiento en un lenguaje atonal libre, en el que se plantean diferentes ideas temáticas que luego reaparecerán a lo largo de la obra, en un claro tratamiento cíclico de las mismas.
El segundo movimiento, casi un rondó clásico en cuanto a la forma, hace las veces de scherzo de la obra. La sección principal está escrita dentro de los principios dodecafónicos más estrictamente académicos. A modo de estribillo aparece por dos veces, y en cada una de ellas se utilizan únicamente 24 de las 48 series dodecafónicas derivadas de una serie principal. Ahora bien, me permití una variante lúdica que hace que toda la aparente seriedad del método pierda su rigor y se desmorone. En cada intervención de la serie, ya sea en su forma original, invertida, retrógrada o retrógrada invertida, así como en todas sus transposiciones, he omitido deliberadamente una nota: el sol. Debido a ello, no hay dos series iguales, ya que todas se diferencian en el punto en que el sol deja su hueco, modificando por consiguiente todo el conjunto de la serie. Como detalle scherzante, el sol, destacado por su ausencia a lo largo de todo el estribillo, cierra ambas intervenciones del mismo, siendo su presencia esta vez enfatizada por presentarse en solitario y duplicado en toda la orquesta.
Ese juego de ausencia, primero, y presencia, despuás, de la nota sol, consigue poner énfasis en dicho sonido, tomándolo como base de la evolución estilística posterior del "Concierto". Tras una primera cadencia se reexpone el estribillo, utilizándose ahora las 24 series no utilizadas la vez anterior. La segunda copla corre a cargo de una sección dramática, en la que los sonidos más agudos del violín se superponen, en una dialéctica imposible, a los sonidos más graves de los fagotes, las trompas, los trombones y la tuba. Ese clima se rompe para dar paso a una coda, en la que se recupera el carácter scherzante de este segundo movimiento, y en la que empleé procedimientos repetitivos que van poco engullendo al solista, hasta llegar a anularlo por completo.
Tras esa coda tiene lugar una larga cadencia del solista, en la que el lenguaje se va aproximando de una atonalidad domesticada por el tratamiento serial a un modalismo que no tardamos en identificar como relacionado con el modo frigio que tiene por tónica precisamente la nota sol (la elección de esta nota tampoco es gratuita: recuérdese que es la nota más grave del violín). Esta cadencia da paso a una sección de transición hacia el tercer movimiento, en la que durante dos minutos orquesta y solista despliegan una única sonoridad estética, basada en el acorde de do mayor. Con ello se ha producido una nueva transformación: el sol, tónica frigia, ha cambiado de función, como diríamos en una clase de armonía, y ha pasado a comportarse como dominante, produciéndose una modulación al tono de Do mayor.
Esa entrada en el nuevo clima armónico generado por la presencia aparentemente estática, pero de un gran dinamismo interior, como ha podido apreciarse, de la armonía de Do mayor, no tarda en derivar hacia un amplio fragmento de música compuesta en un lenguaje francamente tonal, que atraviesa por una serie de secciones centradas respectivamente, en las tonalidades de Do mayor, si menor, do# menor y nuevamente Do mayor. Como es obvio, las dos tonalidades intermedias, si menor y do# menor, actúan con carácter de floreo o bordadura de la tonalidad de Do mayor principal. Al término del tercer movimiento, la música vuelve al clima inicial, recapitulándose el mundo tímbrico de la oposición entre ruido y música, dentro del mismo tratamiento atonal libre. En un acto final de humildad, el solista deja su arco y se integra, tamborileando y golpeando su instrumento, en el grupo orquestal, que desaparece paulatinamente, dejándole sólo en ese —para él, nuevo— clima sonoro.
El Concierto para violín y orquesta fue estrenado en Alicante, en septiembre de 1988, a cargo de Víctor Martín y la Orquesta Sinfónica de Tenerife, dirigida por Víctor Pablo Párez. Entre sus numerosas interpretaciones posteriores destaca la dirigida en 1990 en el Festival de Granada por Gennady Rozdestvensky, siempre con Víctor Martín como solista. Ha sido llevado al CD en grabación de Víctor Martín, la Orquesta Sinfónica de Tenerife y Víctor Pablo Pérez, y por Ara Malikian, la Orquesta de Córdoba y José Luis Temes.

José Luis Turina

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Primer movimiento
Segundo movimiento
Tercer movimiento




























Tanto si José Luis Turina está emparentado o no con su más famoso predecesor Joaquín, ambos compositores españoles participan de una fascinación común por la exploración de suntuosos colores instrumentales. En el caso de estos dos conciertos, compuestos entre mediados de los 80 y mediados de los 90, José Luis está igualmente interesado en los desafíos estructurales planteados al enfrentar un solista virtuoso contra el fondo de una orquesta profusamente instrumentada. En ambas obras utiliza un lenguaje musical altamente ecléctico que tiene en cuenta altos niveles de disonancia así como momentos de sencillez.
La franqueza de la expresión es inmediatamente evidente en el llamativo comienzo del Concierto para Piano. Un elemento rapsódico acaba llegando a la mano derecha con una sucesión de prolongadas cadenzas del piano, seguidas de una sección de carácter más scherzante. En una primera audición, la obra no resulta tan convincente como el más temprano Concierto para Violín, cuyos tres movimientos participan de un carácter musical claramente definido, particularmente notable por el estimulante diálogo entre el violín y la percusión sola.
Las magníficas interpretaciones de los dedicatarios originales de ambas obras, registradas con un sonido brillante, hacen de ésta una publicación fascinante.
Erik Levi

Interpretación: ***
Sonido: ****

BBC MUSIC MAGAZINE, enero de 2006




Primera página del Concierto para Violín y Orquesta




Primera página del segundo movimiento del Concierto para Violín y Orquesta




Primera página del tercer movimiento del Concierto para Violín y Orquesta