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Concierto para piano y orquesta


El Concierto para piano y orquesta se sitúa dentro de un bloque de obras para solista y conjunto (el Concierto para violín y orquesta, el concierto para clave y orquesta de cámara titulado Variaciones y desavenencias sobre temas de Boccherini, y el Concerto da chiesa, para violoncello y cuerdas, a los que podrían sumarse Ocnos (Música para orquesta sobre poemas de Luis Cernuda, por el destacado papel que junto a un recitador, desempeña en dicha obra el violoncello solista, y los Cuatro sonetos de Shakespeare, para sopranista -o soprano- y orquesta) que, si bien no demasiado grande, va adquiriendo una cada vez mayor importancia dentro de mis obsesiones creativas.
Ello no tiene nada de extraño, o al menos así me lo parece, si se tienen en cuenta las peculiaridades de la forma concertante, especialmente la que opone uno o más solistas a un conjunto orquestal más o menos nutrido, en el sentido de condicionar un tipo de discurso que obliga, tanto a que el planteamiento de los problemas estructurales planteados, como a que las soluciones que se adopten para los mismos, sean de índole muy distinta a las habituales en aquellas formas y géneros en que todos los instrumentos participan por igual. Todo ello resulta especialmente seductor, por cuanto permite al compositor poner en juego procedimientos y recursos que, en condiciones normales, estarían fuera de lugar, así como explotar al máximo los contrastes de densidad de textura que la alternancia solista/orquesta permiten.
A todo ello cabe añadir, en el caso del concierto para piano y orquesta, el de la disparidad tímbrica irresoluble, derivada de la imposibilidad sinfónica del piano (lo que no se da en conciertos para instrumentos sinfónicos, en los que el timbre del solista puede confundirse con el del conjunto, y así integrarse y desprenderse de él a conveniencia), lo que suministra un inevitable protagonismo del solista en todas y cada una de sus intervenciones, independientemente de su relevancia, que puede resultar tan eficaz como peligroso.
En cualquier caso, en este Concierto para piano y orquesta ese protagonismo es ineludible, al estar sometido el solista a un tour de force que deriva por igual de su presencia casi constante y de la enorme dificultad de su parte, que, si bien concebida para su interpretación dentro de la más estrictamente clásica técnica pianística, plantea en algunos pasajes problemas de realización que obligan a la busca de nuevas soluciones.
El Concierto se articula en tres movimientos claramente diferenciados que se suceden sin interrupción, y a lo largo de su media hora de extensión aproximada está presente, de una manera u otra, el concepto de variación: desde el planteamiento de las secciones extremas, en que una misma sucesión de materiales contrastantes adopta fisonomías diferentes al ser asumido, bien por el solista, bien por la orquesta, hasta la práctica integridad de la sección central, en la que el piano actúa como consecuente variado de una serie de cánones cuyos antedecentes son los diferentes instrumentos de la orquesta, agrupados por secciones tímbricas homogéneas, y que se resuelve en una frenética y dificilísima stretta, organizada a partir de la acumulación progresiva de diferentes materiales cuyo carácter inicialmente ligero evoluciona paulatinamente hacia una contundente solidez. Y entre todo ello, como no podía ser menos, tiene lugar una sucesión de cadenzas cuya misión es tanto de enlace de unas secciones con otras como de aglutinante de las mismas, por cuanto corren a su cargo la presentación, unas veces, y la elaboración, otras, del material puesto en juego.
El Concierto para piano y orquesta fue compuesto entre diciembre de 1996 y julio de 1997 por encargo del Festival de Música de Canarias, en el que fue estrenado con gran éxito el 10 de enero de 2000 por su dedicatario, el pianista tinerfeño Guillermo González, a quien me unen por igual un inmenso afecto y una admiración sin límites por su ejemplar dedicación al repertorio pianístico contemporáneo español.

José Luis Turina




























Tanto si José Luis Turina está emparentado o no con su más famoso predecesor Joaquín, ambos compositores espaņoles participan de una fascinación común por la exploración de suntuosos colores instrumentales. En el caso de estos dos conciertos, compuestos entre mediados de los 80 y mediados de los 90, José Luis está igualmente interesado en los desafíos estructurales planteados al enfrentar un solista virtuoso contra el fondo de una orquesta profusamente instrumentada. En ambas obras utiliza un lenguaje musical altamente ecléctico que tiene en cuenta altos niveles de disonancia así como momentos de sencillez.
La franqueza de la expresión es inmediatamente evidente en el llamativo comienzo del Concierto para Piano. Un elemento rapsódico acaba llegando a la mano derecha con una sucesión de prolongadas cadenzas del piano, seguidas de una sección de carácter más scherzante. En una primera audición, la obra no resulta tan convincente como el más temprano Concierto para Violín, cuyos tres movimientos participan de un carácter musical claramente definido, particularmente notable por el estimulante diálogo entre el violín y la percusión sola.
Las magníficas interpretaciones de los dedicatarios originales de ambas obras, registradas con un sonido brillante, hacen de ésta una publicación fascinante.
Erik Levi

Interpretación: ***
Sonido: ****

BBC MUSIC MAGAZINE, enero de 2006




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