Una actividad apasionante

Artículo publicado en el “ABC Cultural” del 22 de noviembre de 1986



De enormemente sugestivo calificaría yo el panorama de la composición actual, en nuestro país y fuera de él. Superada –que no olvidada ni concluida- la etapa experimentalista de las últimas décadas, la música parece querer volver a sus cauces “habituales”. Podría decirse que se está volviendo más serena, más contemplativa, más sensual. La especulación va cediendo el paso a otros factores más artísticos (en su sentido tradicional) que científicos o cibernéticos. Quizá sea aún un poco pronto para decirlo, pero es muy posible que la música de los próximos años busque una belleza sonora cercana a la de los cánones clásicos. De “nueva consonancia” se califican hoy algunos movimientos recientes.
Los hallazgos de todo tipo (tímbricos, rítmicos, armónicos, electrónicos) de los últimos años están siendo incorporados a un contexto muy diferente de aquél en que surgieron y se desarrollaron. Buena prueba de ello lo son las dos obras maestras recientemente escuchadas en Madrid, y que no dudo deben permanecer en el recuerdo del público: San Francisco de Asís, de Messiaen, y el Requiem Polaco, de Penderecki. Si hay algo en ellas por lo que merezcan ser destacadas de otras obras coetáneas, dejando aparte su maestría, es su inteligibilidad, que les permite llegar al público medio, no necesariamente iniciado, de una forma rápida y directa ya desde la primera audición. Y ello es, por supuesto, positivo. Puede bastar ese par de obras para despertar en el gran público un interés por la creación contemporánea que permanecía hasta ahora no ya latente, sino repudiado en muchos casos.
Ser músico en España es, generalmente, verse obligado a desplegar una actividad apasionante en un terreno hosco e inhóspito. Compositor, instrumentista, cantante, director de orquesta, profesor de conservatorio… cualquier faceta de la variopinta profesión musical lleva consigo el luchar incesantemente contra una infraestructura casi inexistente que nuestro país arrastra, como una rémora, sin decidirse a darle la forma adecuada. Esto ha sido así durante décadas, pero en los últimos años la demanda de música ha sido tan fuerte que ha desbordado las pocas posibilidades que las diversas instituciones tenían para atenderla.
Véase, como ejemplo, el grave problema que hoy día atraviesa el Conservatorio de Madrid, o la escasez de instrumentistas de cuerda españoles para cubrir las necesidades de nuestras orquestas… Se hace cada vez más necesaria una reforma que actualice nuestro panorama musical; reforma que, no nos engañemos, debe actualizar en primer lugar el capítulo que los presupuestos del Estado dedican a la música y sus consecuencias.